Que nadie piense tampoco que lo de ayer fue una exhibición del Sporting. El dominio fue siempre aragonés y quizá algunas de las mejores ocasiones. El partido se le puso de cara a los de Preciado gracias al tanto de Bilic, que llegó como consecuencia de la inmensa fe con la que Lora disputa cada balón. Esa jugada fue clave. El público de La Romareda se remontó, la tomó con su portero -que terminaría por darles la razón- y al equipo le entraron las prisas.
El Sporting aguantó el tirón hasta el descanso sin demasiados rasguños y hasta De las Cuevas tuvo en su pierna izquierda dos oportunidades para haber doblado la ventaja. La consigna para el segundo tiempo quedó clara en seguida. El Sporting se había adelantado en Tenerife, Valladolid y Almería, pero siempre terminó perdiendo. El objetivo, por tanto, era guardar la ropa. Eso y confiar en el talento de la línea de mediapuntas, a la que el propio Preciado dio una colleja pública el viernes.
Al verse por debajo en el marcador, Gay enloqueció. Cambió varias veces de sistema, adaptó futbolistas a posiciones para las que no están dotados y a otros los amontonó en la zona de ataque. El Zaragoza del segundo tiempo fue un desastre táctico. El Sporting aguantó con solvencia el arreón inicial. Adrián Colunga y Jorge López tuvieron las ocasiones más claras. Una vez que el rival se desfogó, los rojiblancos decidieron estirarse. Siempre al ritmo que marcaba De las Cuevas. Y así fueron llegando, una tras otra, un puñado de ocasiones clarísimas que pudieron completar una goleada de escándalo.
Pero el partido estaba vivo y tuvo que ser Luis Morán quien asumiese la responsabilidad de darle la puntilla. A partir de ahí, el Sporting empezó a gustarse, a pesar de que el Zaragoza nunca le perdió la cara al partido. Uno nunca puede fiarse de un equipo en el que juegan Adrián Colunga, Suazo, Lafita o Jorge López. El tanto local llegó en el descuento. Demasiado tarde para le heroica. Por si acaso, al Sporting se le apareció Barral.