RAFA QUIRÓS
Los calendarios de Liga deberían tener un baremo como el de los concursos hípicos, con la modalidad de «elija sus puntos». Hay obstáculos en el recorrido que un jinete tiene la opción de descartar para su caballo, y partidos que un entrenador debería poder ahorrarle a su equipo para economizar esfuerzos. Antes de que el Sporting saliera el sábado rumbo a Mallorca, en el ambiente de Mareo flotaba cierto aroma a trámite prescindible, que al día siguiente se perfiló en una pizarra de la caseta de Son Moix, donde se escriben las alineaciones del cuadro visitante.
De haber podido cancelar el viaje, y firmado el marcador final para enviarlo por fax desde la oficina, al menos habríamos colaborado con la política de contención del gasto público y secundado las reiteradas llamadas de Medio Ambiente en favor de la sostenibilidad. Con lo que contamina la amenazada atmósfera el queroseno que queman las turbinas de un vuelo chárter.
Sobre el partido de Mallorca hay que escribir abrazado a la doctrina de un conocido dramaturgo escocés, mentor de la obra de Ibsen, para quien la primera cosa que un crítico debe aprender es la manera de dormir en el teatro sin que nadie lo detecte. A mí me traicionó ante el televisor el primero de una serie de ronquidos, al filo del minuto trece, cuando la afición balear se disponía a celebrar el catorce y se le acumuló el trabajo de aplaudir, viendo a Juan Pablo aceptarle un envite de órdago al mismísimo Iker Casillas. Si se trata de ver quién recibe más veces el mismo gol absurdo, el cancerbero rojiblanco toma ventaja de 2-1 tras un fin de semana de encarnizado duelo. Lo más prudente que se aconseja hacer a un portero cuando le mandan un balón al área es que no lo pierda de vista. No valen excusas como que Xabi Alonso hizo ademán de saltar delante, que la pelota era de Botía o que a Sara Carbonero le tocaba ese día inalámbrico a pie de campo.
Sucesivas tandas de ronquidos son el proceso reactivo ante los partidos que a veces le salen al Sporting a domicilio, cuando flota un ambiente distendido. El crítico irlandés Vivian Mercier respondía de manera más expeditiva. Una noche debió de quedarse dormido en el estreno de «Esperando a Godot» y decidió vengarse al día siguiente publicando la reseña: «Se trata de una obra en la que no sucede nada, dos veces». Hay domingos en los que parece como si el Sporting saltara al campo a esperar a Godot, y en efecto lo espera, dos veces, con un descanso de por medio.
Cuando me hayan despertado de la siesta, por ejemplo tras algún marcador favorable que ahuyente el fantasma del oportunismo, tengo que preguntar por las funciones que el sistema de juego del Sporting asigna al jugador que por turno debe acompañar a Rivera en el medio centro, un asunto de debate recurrente que podría dar pie a la convocatoria de un congreso internacional, con ponencias relativas al oficio de robar balones y al arte de no perderlos. Algún experto expondría el caso del Real Madrid de Pellegrini, que tiene al (probablemente) mejor mediocentro del mundo, ese que amaga sus despejes para confundir a Casillas. El secreto de su gran talento se asemeja al que confesaba un veterano actor de Broadway para triunfar en la escena: habla con una clara y fuerte voz e intenta no tropezar con los muebles.