TONI FIDALGO
Florentino Pérez ha vuelto a tropezar en la misma galaxia. Eso dicen en el foro y eso es lo que, de momento, celebran en Las Ramblas. Lo incuestionable es que se ha producido de nuevo, por sexta temporada consecutiva, la eliminación del Real Madrid en la Liga de Campeones a las primeras de cambio, como quien dice. Pérez consideraba un baldón, una afrenta, que el club que lleva «en sus señas de identidad» la europeidad futbolística no hubiera sido capaz de pasar esa frontera en las últimas campañas, y por ello su reaparición en escena para corregir esos copernicanos desajustes y devolver el éxito, la democracia y probidad a la casa blanca después del cuestionado mandato de Ramón Calderón.
Pero el éxito en el fútbol, como en el amor, no lo asegura, necesariamente, matemáticamente, el dinero. Parece un juego sencillo, pero es imprevisible. Los resultados son caprichosos y nadie puede asegurar la gloria por muy cristiano que parezca, sea jeque del petróleo o dueño ruso de los grifos del gas. Brasil no conquistó el Mundial del 50 en el manicomio de Maracaná, ni los magiares de Puskas el de Austria, ni la naranja mecánica de Cruyff pudo con Alemania, ni generaciones de brillantes futbolistas españoles hicieron nada en las grandes citas del planeta porque se cruzó la ruleta del penalti, algún Cardeñosa, el egipcio Al Ghandour y también porque los medios de comunicación crean muchas veces falsas expectativas que derivan en círculos de ansiedad y agobio general. (Hablando de medios de comunicación, no deja de resultar asombroso que algunos hayan hecho en los últimos tiempos argumento único del fútbol el acontecer madridista, deriva sectaria, monocultivo digital terrestre, sobre todo en sus pintorescas y vocingleras tertulias que están dejando atrás los espacios de la basura rosa. No es posible que caigan en la ciclotimia y el trastorno bipolar. La euforia y la depresión, el arriba y abajo. Que afirmen hoy lo que mañana niegan. Que un día -domingo- sacralicen al entrenador y al siguiente -miércoles- lo fusilen al amanecer).
En el primer florentinato -y pagó por ello el bienintencionado presidente teniendo que irse a mitad de temporada- el Madrid se pasó tres años en blanco, algo inaudito en su historia, por una sucesión de errores de concepto y de administración deportiva y humana. Y salvo por restarle protagonismo y portadas veraniegas al hexacampeón del Camp Nou, carecía de sentido que Florentino volviera a la misma política del show business en su aclamado retorno al Bernabeu. De esa experiencia anterior debió de colegir que un equipo no se puede estructurar con una desordenada acumulación de egos, que en el fútbol muchas veces las aves de presa se transmutan en pavos reales y los tuareg en autistas. Que antes de fichar compulsivamente, avariciosamente, insensatamente -250 millones- y darle la dirección al chileno de la triste figura, que llegó con todo hecho y sin mucho convencimiento en su auctoritas, había que tener en la pizarra un diseño previo de juego, un dibujo aproximado, una idea futbolística, y en cuenta las consecuencias de tanto gallo en el mismo corral y la coincidencia con un Barça en el mejor momento de su historia. Que los títulos, como las venganzas, son platos que se sirven fríos, por los que hay que esperar y que no caben los atajos. En el inextricable planeta del fútbol, en el territorio universal de las aficiones y los sentimientos deportivos, tampoco resulta conveniente avasallar, ofender con ostentaciones. El fútbol es sentido común e intangibles y ambas cosas, como las mejores pasiones, no siempre están en venta ni son fáciles de comprar por mucho fajo rechoncho que se tenga en la faltriquera.