Mario D. BRAÑA
Parecía imposible, pero Messi se superó ayer en La Romareda. Logró su segundo «hat-trick» consecutivo y provocó el penalti que acabó con la sequía de Ibrahimovic y las esperanzas del Zaragoza de protagonizar una gesta. Porque, en plena elevación a los altares de Messi, el asturiano Adrián Colunga hurgó en la relajación de los centrales del Barça y puso a su equipo a tiro de piedra. Por un momento, el Barça se expuso a un ridículo de los grandes. Pero Messi no estaba dispuesto a estropear otra noche estelar con un empate. Cogió el balón, mareó a toda la defensa y provocó el penalti de Contini. El argentino se echó a un lado y dejó que Ibrahimovic, negado hasta extremos incomprensibles, rompiera su sequía.
Messi va a más. Marcó un gol al Málaga, dos al Almería, tres al Valencia y ayer, en La Romareda, pareció un jugador de otro mundo. Repitió «hat-trick», provocó el cuarto y dejó un montón de detalles hasta coronar uno de los partidos más espectaculares de su carrera. Y ya van unos cuantos. Anoche, además, mostró todos sus registros. Marcó de cabeza, tras un «slalon» tipo «barrilete cósmico» y con un cañonazo desde la frontal.
Acostumbrado a trabajarse la victoria, el Barcelona agradeció el regalo que le hizo Diogo a las primeras de cambio. Le entregó el balón a Ibrahimovic, que abrió a Pedro y Messi resolvió el centro con un cabezazo orientado, sin despegar los pies del suelo. Con un 0-1 tan rápido, el que más y el que menos se imaginó a un Barça decidido a pelear el liderato a base de goles. Pero mediado el segundo tiempo, tras unos cuantos fallos ante la puerta de Ibra y Touré, todo seguía igual. Así que Messi pidió la palabra. Peleó un balón con Ander Herrera, se lo llevó por ganas y después dejó sentados a Jarosik y Contini. Entonces, en el pico izquierdo del área, armó su zurda y batió a Roberto. Hasta la afición maña aplaudió aquella obra de arte.
El Zaragoza, que hasta ese momento se había ilusionado ligeramente con el empate, acusó el golpe. Le costaba alcanzar el área del Barça y no encontraba antídoto para Messi. Apenas le pudo frenar su compatriota Ponzio en el primer tiempo, cuando se pegó a la banda derecha. Y tampoco los centrales aragoneses le cogieron el tranquillo. Entonces sí que el partido parecía encaminarse hacia la goleada. Poco importó que Ibrahimovic, casi a puerta vacía, desaprovechase una contra de Pedro. Un minuto después, Messi le dio al sueco una clase práctica de remate mortal.
A esas alturas, Guardiola había cambiado a sus dos centrales, seguro que dando el partido por cerrado. Fue el mejor trampolín para el asturiano Adrián Colunga, especialista en aprovechar la mínima oportunidad. En cuatro minutos ganó dos veces la espalda de Márquez y de Puyol, para batir con toda la sangre fría del mundo a un desamparado Valdés. A falta de dos minutos para el descuento, el Zaragoza creyó en el milagro. Al Barcelona le bastó creer en Messi. Movió con frialdad el balón para que el argentino entrase como un cuchillo en el área y, ante la inminencia del cuarto, Contini le derribara.
Ibrahimovic, al que La Romareda ya empezaba a tomarle a chirigota por sus increíbles y repetidos fallos en el remate, pidió el balón para lograr de penalti lo que se le negó de mil maneras. Con esa concesión, Messi perdía la oportunidad de igualar a Rooney en la carrera por la «Bota de Oro» (25 por 26), un trofeo que, junto al «Pichichi», se ha convertido en la nueva motivación del argentino. Un futbolista que no encuentra su techo.