Oviedo, Mario D. BRAÑA
Fútbol, atletismo, automovilismo, tiro olímpico, motociclismo, boxeo, rugby, kárate y, por supuesto, piragüismo. Pepe Rubiera ha tocado casi todos los palos en el deporte y, finalizada la etapa de practicante, se ha quedado en el mundo de la piragua. Impulsó desde la nada un club, el Oviedo Kayak, que se ha convertido en un modelo para bastantes. Le ha costado muchos disgustos y dinero, ha amagado con irse varias veces por la falta de ayudas, pero ahí sigue porque es su gran pasión. Para suerte de un puñado de palistas que, gracias a la insistencia de su presidente, tienen por fin un sitio digno donde entrenarse y cambiarse.
José Rubiera Cuervo (Oviedo, 20 de septiembre de 1948) empezó, como casi todos los niños de aquella época, jugando al fútbol. Pronto, con tan sólo 15 años, lo compaginó con el boxeo, incluso en Berna (Suiza), donde vivió un tiempo por el trabajo de su padre. De regreso a Asturias llegó a disputar siete combates como profesional y se retiró invicto. Después pasó al kárate, que tuvo que dejar por una lesión de rodilla jugando al rugby.
Las circunstancias le llevaron al piragüismo, en el que coleccionó numerosos trofeos, y después al automovilismo (récord de la Vuelta a España con un Renault 12 TS), tiro olímpico, motociclismo (trial) y, finalmente, al atletismo. «Terminé maratones y medias maratones, pero no pude ir más allá porque ya era muy veterano». Cuando su cuerpo dijo basta, Rubiera traspasó la pasión deportiva a sus hijos, María y José Carlos. Ellos fueron su principal motivación para crear el Club Oviedo Kayak.
En 1998, con ellos y otros cinco críos, Rubiera empezó a capitanear una aventura marcada por dificultades de todo tipo. Puso dinero desde el principio para comprar material y una furgoneta: «Arrancamos en Soto de Ribera, donde tocábamos a 50 metros de río por club. Dejábamos las piraguas en un prado, hasta que nos echaron, aunque estamos muy agradecidos a Avelino, un vecino que nos ayudó mucho». La siguiente parada fue en Las Caldas, donde hicieron una caseta y una escalera de hormigón para bajar al río. «Como entrenaban en 500 metros, los críos se aburrían. Por eso nos marchamos a los Alfilorios».
En el embalse hubo un poco de todo. Desde las innumerables trabas de los organismos oficiales, por considerar el piragüismo una actividad nociva, al apoyo de los vecinos: «Estamos agradecidos especialmente a Marcelo, que nos dejó una casa para hacer un vestuario y un poco de gimnasio». A esas alturas, el Oviedo Kayak ya era el equipo que tiraba por el piragüismo en la capital, combinando el trabajo con la base (escuelas municipales) con palistas de élite como Jana Smidakova y Fran Llera.
«Feve fue nuestra salvación», resalta Pepe Rubiera, que encontró en el patrocinio de la empresa ferroviaria el apoyo que casi siempre se le negó de los organismos públicos: «Por eso en Asturias casi todos los clubes tienen mejores instalaciones que las nuestras». Cansado de trabas y de multas, Rubiera cambió los Alfilorios por San Pedro de Nora (Trubia), donde también contó con la generosidad de un vecino (Manolo) mientras se liaba la manta a la cabeza para contar con una «casa» propia.
Con la ayuda de directivos del club, como José Antonio González y Dámaso López, y tirando de amistades en varias empresas, Rubiera construyó un hangar, gimnasio, vestuarios y colocó un pantalán para sus chavales. Aun así, habla de «un gasto impresionante», buena parte asumido por él. Con todo asegura que «merece la pena», tanto por dar a los niños la posibilidad de hacer deporte como por los buenos resultados. «Una vez alguien me dijo que en el deporte hay listos y tontos. Si los tontos nos marchásemos, esto se acabaría».