ALVARO FAES
Por si quedaban dudas, otra demostración. Las aficiones no ganan partidos. Veinte mil y pico en el Carlos Tartiere, que habrían sido más de no mediar precios de escándalo. Empujaron lo que pudieron y más pero si lo del campo no funciona no hay nada que hacer. Pablo Alfaro, que fue un futbolista de esos de dar leña, de los que pellizcan al delantero en los balones por alto, montó en el Pontevedra un sistema sencillo, sin alardes, pero insuperable para la tropa de Pichi Lucas.
Cuatro tipos fuertes atrás -el asturiano Vázquez al mando-, un centro del campo compacto y un matador arriba, Igor, la pesadilla de la tarde en Oviedo. Con eso bastó para desmontar la armada azul, para silenciar gritos, para convertir pancartas en papel mojado, para hacer jirones el trabajo de toda una temporada y poner el signo de interrogación (otra vez) sobre los planes de futuro en un club que se agarraba a lo deportivo para no mirar al desastre administrativo.
Al Pontevedra no se le puede poner ni una pega. Jugaron el partido a su manera, de la única que podían. Cuando primero se quedaron con diez y después con nueve, cada caída de un futbolista suyo era un drama. Segundo a segundo le fueron robando tiempo al reloj mientras la soga se iba ajustando al cuello del Oviedo.
Santi Amaro escupió a Curro y se fue a la ducha antes del descanso. Ahí falló Alfaro. O le falló su futbolista, porque el entrenador montó la trifulca perfecta con Armando Invernón sin contar que su jugador se iba a pasar de frenada. Ya ganaba el Pontevedra 0-1. Hacían falta dos goles pero la superioridad durante 45 minutos era un buen aval para pensar en positivo. Y luego cayó Orlando. Dos amarillas.
¿Qué hay que hacer con media hora por delante y dos futbolistas de ventaja? Dice el catón del fútbol que en ese caso hay que tirar de paciencia. Jugar a todo el ancho del campo, combinar con rapidez y buscar el dos contra uno en las bandas. O que los delanteros bajen a buscar balones para dejar hueco a sus espaldas y, otra vez, propiciar una bonita entrada por el costado. Pues de eso nada. Ni una sola vez tiró el Oviedo de manual. Y así no hay manera.
Hasta quedó anulada la opción épica de los últimos minutos porque Igor castigó por segunda vez la portería de Aulestia.
Adiós al sueño de una tarde (que parecía) de verano. No puede haber más reproche para los futbolistas que la incapacidad. Que no vale sólo con querer, hay saber, y que con la voluntad no es suficiente para luchar por el salto a la Liga de Fútbol Profesional.
Así que el oviedismo se llevó otro palo y encontró al Pontevedra para engordar la lista negra donde ya están el Arteixo y el Caravaca. Desgraciado destino el del Oviedo, que antes de todo esto -descenso administrativo, penuria en Tercera, barrizales y demás- sufría buscando en la memoria aquella triste noche en el Luigi Ferraris de Génova. Aquello era otra historia, UEFA y fútbol de salón.
De tantos años lejos de la élite sólo sale reforzado el amor a los colores, el vestir con orgullo la camiseta del equipo. Oviedo fue ayer muy azul. Por arriba, con un cielo luminoso e imponente, pero también a ras de suelo.
Desde el Rosal, hasta el Fontán, de Miguel Traviesas a Pedro Miñor y de allí a La Ería. Las calles eran ríos del color del equipo. Las terrazas a rebosar y las cervezas en la mano camino del estadio, despojados miles de ovetenses gracias al fútbol del pudor de todos los días. El mar que buscaban era el Carlos Tartiere, teñido de azul de cabo a rabo.
En la calle Ricardo Vázquez Prada, ya a los pies del coliseo, apareció la excepción con el granate del Pontevedra. Buena rivalidad antes de la mancha de unos pocos exaltados fue la que les llevó a descender al campo por la escalinata en más o menos correcta convivencia. De la barandilla a un lado, todos azules; al otro, zamarras granas. Ahí todos sonreían pero la fiesta sólo podía quedarse en un lado. Y escogió a los gallegos.