Oviedo, Mario D. BRAÑA
Sin Julio Muñiz Silva (Oviedo, 13 de junio de 1962) cuesta imaginar un núcleo de luchadores como el que se ha consolidado en el Palacio de los Deportes de Oviedo desde 1986. Muñiz ha tocado muchos palos deportivos y se ha quedado con la especialidad más antigua, en la que sólo echa de menos dos cosas: marketing y buenos dirigentes. Muñiz empezó en las artes marciales de la mano de Juan Cecchini y se decantó por la lucha por la complicidad que crea entre sus practicantes: «Entras en una sala de lucha y no distingues quién es el entrenador y los alumnos». Gracias a Muñiz Oviedo es, además de leal, noble, buena y benemérita, una ciudad de luchadores.
Como buen alumno de los Dominicos en la década de los 70, Julio Muñiz encauzó su pasión deportiva hacia el hockey sobre patines. «Fui campeón de Asturias benjamín», precisa sobre su palmarés. También, por supuesto, hizo sus pinitos en el fútbol, primero como extremo y al final en la portería, en el Juventud Estadio. Pero una demostración de los hermanos Cecchini en el colegio cambió su destino deportivo e incluso vital. «Esto es lo mío», pensó Muñiz tras las primeras clases de judo.
Juan Cecchini era «una persona adelantada a su tiempo», un entrenador que le descubrió los entresijos del judo, primero, y más adelante de la lucha grecorromana y sambo. «La personalidad de Juan me deslumbraba», recalca Muñiz, que por si fuera poco vio muy pronto los resultados de un trabajo que le llevaba tres días a la semana al gimnasio de la conocida familia ovetense: «En 1976 fui al Campeonato de España de luchas olímpicas en Zaragoza y conseguí una medalla de bronce».
Tantos alicientes fueron arrinconando al hockey y al fútbol, al tiempo que experimentaba nuevas sensaciones en el montañismo y la espeleología. Dispuesto a convertir su pasión en profesión, Julio Muñiz se matriculó en Magisterio por Educación Física y completó su formación en el INEF de Madrid. Todo ello mientras seguía subiendo peldaños en el mundo de las artes marciales. De esa etapa guarda alguna que otra anécdota, como su peripecia con el golpe de Estado de 1981.
«El 23-F me pilló concentrado en Madrid, en la Residencia Blume, donde me preparaba para el Campeonato del Mundo de sambo», explica Muñiz, que temió perderse esa oportunidad por una llamada del Ejército, ya que estaba cumpliendo el servicio militar como voluntario. Otra faceta de la agitada vida de este hombre, que ahora es oficial de la Reserva y se dedica a la formación, especialmente para el combate cuerpo a cuerpo y la defensa personal policial.
«Siempre me llenó la enseñanza», expone Julio Muñiz para justificar su temprana inclinación a realizar cursos de entrenador de balonmano, voleibol, atletismo y, por supuesto, lucha. Por eso no resultó en absoluto traumático el precipitado punto y final de su trayectoria como luchador: «Me rompí siete veces el dedo meñique de la mano izquierda y en 1988 decidí retirarme porque me limitaba mucho».
El colegio público de Tudela Veguín fue su primer destino como entrenador, con resultados inmediatos: «Aquellos chavales se convirtieron en la base de la selección asturiana que fue al Campeonato de España escolar». Dos años antes , junto con Joaquín García había fundado el Club de Lucha Oviedo, que tiene en el Palacio de los Deportes el punto de encuentro de los aficionados a esta modalidad: «Empezamos enseñando sambo a quince alumnos procedentes del judo».
A diferencia de otros entusiastas de actividades minoritarias, Muñiz no tiene quejas de los apoyos institucionales: «El Ayuntamiento de Oviedo nos dio facilidades desde el primer momento, con una subvención anual para licencias y adquisición de material». Eso ha permitido que Julio Muñiz lleve 24 años iniciando o perfeccionando a una media de veinte luchadores por temporada.
Muñiz procura ser un entrenador comprensivo con las circunstancias personales de sus pupilos: «La gente trabaja, estudia y tiene sus problemas. Por encima del deporte está la vida de las personas». Durante las dos horas de entrenamiento, tres días a la semana, el técnico intenta inculcar la trilogía que él considera básica para un buen luchador: «Inteligencia como en el ajedrez, velocidad como en el atletismo y coraje para marcar la diferencia en el combate». Y con un buen gancho para las mujeres: «Es el deporte que más calorías gasta».
En todo este tiempo, Muñiz nunca ha tenido la tentación de dejarlo: «No me canso de la lucha porque este ambiente me motiva. Yo también aprendo mucho de los alumnos. No soy sólo un entrenador. Hago de padre o, más bien, de un amigo con experiencia». Ni siquiera tiene que preocuparse de la presión familiar por la cantidad de horas que le dedica a la lucha: «Mi mujer, Amaya, ya me conoció en este mundillo. Y mi hija Marina, de 7 años, ha empezado a practicar kárate».
Julio Muñiz trabaja en el Patronato de Deportes de Langreo y, aparte del club, tiene que sacar tiempo para sus obligaciones como árbitro nacional de judo y directivo de las federaciones asturianas de judo y lucha. «Como más a gusto me encuentro es entrenando», aclara, una actividad sin contraprestación económica: «Los alumnos no tienen que desembolsar ni un euro, pero me exijo como si me estuvieran pagando». Incluso, por el cambio de hábitos de los más jóvenes, asegura que en los últimos años «hay que tirar más de ellos para cumplir los objetivos».