LUIS M. ALONSO
Los rebeldes vestidos de naranja no fueron esta vez los hijos de Justino de Nassau en el asedio de Breda. No rindieron la plaza como héroes sino como un hatajo de hampones pendencieros dispuestos a dejar sembrado el terreno de juego del Soccer City de tibias, peronés y costillares. Holanda, sustentada quizá por lo que queda de su leyenda y por una serie encadenada de victorias, había provocado espejismos. Pura quimera, como se ha comprobado, porque ni Japón, Camerún, Dinamarca o Eslovaquia eran equipos fiables donde medir las posibilidades; el partido con Brasil fue el más extraño que se recuerda, otras diez veces que se celebrara tendría un resultado distinto, y a Uruguay la ganaron los holandeses con ayuda arbitral. De modo que Van Marwijk, consciente de la superioridad técnica del adversario, en vez de recurrir a un planteamiento táctico defensivo ordenado como hicieron de modo lógico y lícito otros rivales de la selección de Del Bosque, echó mano de la pandilla basura.
Cuando Bill Shankly dijo aquello de si eres el primero eres el primero y si eres el segundo eres nada, no se podía imaginar un equipo dispuesto a practicar el karate en una final de un Campeonato del Mundo. Esta selección holandesa pasará a la historia como un equipo bronco e infame. Jamás he visto a nadie en un partido de fútbol pegar tantas patadas y de manera tan flagrante ante la permisividad de un árbitro nefasto. Ni el Estudiantes de La Plata de Bilardo, de los años sesenta; ni aquel "Crazy Gang" de Vinnie Jones, que producía temblores de tierra a la hora del té en Wimbledon, ambos exponentes del juego sucio, eran tan evidentes como este grupo de futbolistas de los Países Bajos que intentó cerrar el paso a una España sublime empeñada en hacer del infierno un camino de rosas hasta lograr su objetivo y en luchar hasta la extenuación contra los elementos. Van Bommel quedará para los restos como el sacamantecas y De Jong tiene un futuro asegurado en el cine de artes marciales que se hace en Hong Kong, pero incluso un estilista, Robben, buscó la patada alevosa en esa Naranja tan alejada de glorias pasadas. Holanda, la Holanda de Van Marwijk, quedará en nuestras memorias como el segundo o subcampeón más infame de la historia del fútbol de todos los tiempos. Hasta en los balones que por cortesía estaba obligado a ceder al rival intentó sacar ventaja
Esta es una de esas pocas veces en que resulta imposible ser generoso en la victoria. Los rufianes no merecen consideración.