Oviedo, Á. F.
Era Madrid, pero en realidad era el reflejo del sentimiento de toda España. Una fiesta desbordada, sin contención, sin miedos ni complejos. Pasaba ya de la medianoche cuando al ritmo del «We will rock you» de Queen, los 23 futbolistas de la selección se despedían después del gran homenaje. Sin cambiar de intérperte, atronó el «We are the Champions». Besos, abrazos y alguna lágrima, futbolistas de rodillas ante una muchedumbre que abarrotaba la explanada de Puente del Rey, junto al Manzanares. Algo más de 30.000 metros cuadrados en los que no cabía un alfiler. Hasta el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, tuvo que pedir a media tarde que dejase de acudir gente, que podía comprometerse la seguridad.
Allí, frente a miles de seguidores, Pepe Reina redondeó el show. Si cuando la Eurocopa enseñó sus dotes para la animación en la plaza de Colón, ayer se coronó. Pero antes del número del portero había unos segundos reservados para una de las estrellas. Iniesta quedará para siempre en la historia como el autor del gol definitivo pero también harán falta páginas para Villa.
El Guaje tiró del ritmo goleador del equipo cuando más falta hizo. Cuando nadie encontraba la portería allí estuvo el de Tuilla, al frente de la producción, laborioso, discreto, silencioso, sólo con el gol en la cabeza. Tomó el micrófono y habló. Breve pero directo. «Todo este esfuerzo merece la pena. Que sepáis que estamos orgullosos de veros a todos aquí, de ver a tante gente ilusionada. ¡¡Viva España y viva el fútbol, que somos los mejores!!». La multitud estalló.
El de anoche era un escenario nuevo, distinto al de la fiesta de la Eurocopa. Mejor, más brillante, de mayor gloria, un lujo irrepetible. Y el portero suplente, Reina, el que no pudo jugar ni un minuto, se coronó. Evitó el número del «¡camareroooo!», pero se colgó los galones de maestro de ceremonias y presentó uno por uno a sus compañeros. Llamó padre a Marchena, de Puyol dijo que era el hombre que comía tibias. Los radiografío uno por uno: Xavi: «el que lleva la batuta»; Valdés, «la pantera de Hospitalet»; «Juanín Mata, el hombre del tobillo mágico»; Y a Ramos le llamó el indio de Camas. Así siguió con los 23 seleccionados. Hasta que llegó una de las emboscadas de la noche. Se la prepararon a Cesc Fábregas. A ninguno le había pedido un paso adelante en el escenario. Sí lo hizo cuando llegó el número diez, que avanzó tímido.
De inmediato, Piqué, Puyol y Xavi le rodearon y le colocaron una camiseta del Barça. Fábregas, futbolista del Arsenal, se resistió pero pudo hacer más bien poco ante la fuerza de los otros tres. Ayer valía todo.
No se ha visto otra igual en España. Incontables las banderas rojigualdas, también asturianas a cada esquina, y emoción, mucha emoción y agradecimiento sincero para el grupo de futbolistas que ha firmado con letras de oro la mejor página de la historia del deporte en España. Era el colofón a un día muy largo, que había empezado en el Palacio Real, continuado en La Moncloa y desembocado después en la calle. Todo Madrid se volcó. «Impossible is nothing (nada es imposible). El poder de La Roja conquista el mundo». Era el gran lema que se leía en el autobús descapotable de color negro con el que recorrieron la capital. Fue un periplo de cerca de dos horas, en el que cada jugador sorprendió con su atuendo. Villa no se despegó de su bandera de Asturias; Ramos dio la nota con un sombrero de gangster con los colores de España. Hicieron lo que les vino en gana mientras despachaban latas de cerveza. Y al fondo del todo, camisa blanca y corbata roja, Vicente del Bosque, tranquilo, satisfecho del deber cumplida. Su España es campeona del Mundo.