Oviedo, Nacho AZPARREN
«Il Cavaliere» pierde lustre a ritmo de procesos judiciales. No corren buenos tiempos para Silvio Berlusconi. La crítica afilada de Enric González en «Historias del Calcio» resume en pocas palabras lo que muchos piensan del italiano: «De Silvio Berlusconi pueden decirse muchas cosas buenas: nunca ha sido procesado por homicidio». Sin embargo, ha existido en los últimos años un reducto en el que el primer ministro transalpino sí ha gozado de alabanzas: el futbolístico.
Berlusconi cumple hoy 25 años al mando del Milán. Un cuarto de siglo en el que ha recuperado al conjunto «rossonero» de los abismos para volver a situarlo en la élite. Aunque en los últimos tiempos el deambular milanista haya sido evidente, el fútbol le debe bastante. Con él en el poder estos 25 años (sólo interrumpido en la temporada 2005-06), el Milán ha conquistado siete ligas, una Copa, cinco Supercopas de Italia, cinco Copas de Europa, cinco Supercopas europeas, un Mundial de clubes y dos Intercontinentales.
La llegada de Berlusconi al sillón presidencial se consumó un lejano 20 de febrero de 1986. La eliminación milanista aquella temporada en la Copa de la UEFA por el modesto Zulte Waregem belga supuso el adiós del presidente Giuseppe Farina. El Milán atravesaba por entonces los años más duros de su historia, con dos descensos a la Serie B incluidos. El dominio de Juventus y Roma marcaban el campeonato.
Entonces llegó el rayo de esperanza. El empresario Berlusconi, sin las cotas de popularidad actuales pero respetado en el mundo de los negocios, anunciaba su deseo de adquirir el club. Tras la presidencia provisional de Rosario Lo Verde se hizo con el poder.
Una de sus primeras decisiones fue contratar a Arrigo Sacchi, desconocido entonces técnico del Parma. Sería su mejor legado. La aparición fulgurante del Milán de finales de los ochenta y primeros noventa supuso un torrente de ideas novedosas que transformaron el fútbol.
El mérito de «Il Cavaliere» es incuestionable. Fue él quien apostó por Sacchi. También quien sació los caprichos del puntilloso entrenador. Tres nombres marcaron el estilo de aquel Milán. Los holandeses Van Basten, Gullit y Rijkaard pusieron la nota diferencial en un equipo que se movía con la precisión de un reloj suizo. Los Baresi, Costacurta o Tasotti obedecían órdenes de una forma concienzuda. Los tres tulipanes ponían el toque de improvisación. Capello supo después seguir una línea continuista para sumar un nuevo entorchado europeo. El goteo de títulos continentales continuó en el nuevo siglo de la mano de Ancelotti. Berlusconi supo aprovecharse del influjo del éxito. Le sirvió para crear el partido Forza Italia y ser primer ministro del país transalpino.
Su paso por la presidencia del Milán también supuso un cambio drástico en la idiosincrasia de los equipos de la ciudad. El Milán, históricamente ligado a la clase proletaria de una ciudad que se nutrió a finales de los cincuenta de los movimientos migratorios del Sur, pasó entonces a manos del más genuino representante de la derecha. En contraste, el Inter, nacido de una escisión y favorito de la burguesía, ha estado en los últimos años presidido por Massimo Moratti, reconocido progresista y amante de las causas sociales.
Tras sus años dorados, el club «rossonero» busca de nuevo su sitio en Italia y Europa. A pesar de dominar esta temporada la Liga, los milanistas llevan varios años lejos de los focos. Esta semana han sumado un nuevo fracaso en la Liga de Campeones. La imagen de Gattuso arremetiendo contra el segundo entrenador del Tottenham tras la derrota en San Siro no debe tomarse como algo fortuito. Es cierto que el currículum del protagonista (apodado por los «tiffosi» como «Ringhio», gruñido en castellano) puede servir de aviso, pero la escena ejemplifica la impotencia de un club que fue el más grande no hace tanto.
Corren malos tiempos para «Il Cavaliere». El «caso Ruby», por el que será juzgado en abril por un supuesto abuso de poder e incitación a la prostitución de menores, es el último escándalo que le amenaza. Berlusconi tampoco parece obtener consuelo en su Milán, con pie y medio fuera de la Copa de Europa, su competición preferida. La mítica orejuda que tantas satisfacciones le dio.