Oviedo, Antonio LORCA
Jorge Egocheaga ha regresado a Nepal. En esta ocasión no ha sido para enfrentarse a un ochomil. Eran otras las motivaciones de este viaje, aunque quizás hayan sido las más profundas de cuantos haya emprendido el montañero ovetense. En esta ocasión se trataba de ascender al Ama Dablam, con una altitud de 6.800 metros, pero con una dificultad muy alta. El reto estaba en abrir una nueva vía. En esta empresa, para la que le ha brindado el apoyo económico necesario Cajastur, le acompañaban otros dos montañeros franceses: Fabian y Nicolas.
El ovetense, acompañado por los franceses, salió de España el 23 de octubre. «El 30 ya estábamos escalando. Fue posible porque en la ida tuvimos mucha suerte con el tiempo», explica Egocheaga. La idea inicial, la de abrir una nueva vía, no se pudo llevar a cabo. Sus dos compañeros enfermaron de gastroenteritis, Egocheaga intentó continuar solo durante dos días, pero no lo consiguió. Había llegado el momento de quedarse solo con una montaña que tenía algo especial para él. «En realidad era lo que buscaba, un poco de soledad, de calma. Ha sido una expedición muy emotiva para mí. Esta montaña la había intentando mi novia (Joëlle Brupbacher), que murió en el Makalu. En su día ella no consiguió ascender al Ama Dablam por el mal tiempo. Mi idea era completar la escalada que ella no pudo hacer», explica con pausa un pensativo Jorge Egocheaga.
Tras el intento de abrir una nueva vía, el asturiano ya estaba más que aclimatado y se atrevió a marcarse un nuevo reto. Hizo una primera ascensión a una velocidad normal. Vio que la podía hacer mucho más veloz y se fue a descansar para intentar hacer una ascensión rápida. «Hice la ascensión más rápida que se ha hecho a esta montaña. Tardé cinco horas y doce minutos. Lo normal para ascender al Alma Dablam son tres días». Este viaje iba de homenajes a personas importantes en la vida de Egocheaga que se le habían quedado en el camino, en la búsqueda de una cima. Esta ascensión rápida fue también «un homenaje a Iñaki Ochoa. Todas las montañas que subo rápido las dedico a su memoria, porque a él también le gustaba hacer este tipo de ascensiones», explica el montañero.
«Nepal y Pakistán son los países que elegiría. Por las montañas, pero más por las gentes». Era allí, en Nepal, donde Egocheaga necesitaba estar en ese momento. «Era un viaje que necesitaba hacer, algo que tenía que llevar a cabo». En el país asiático, rodeado de amigos, pero convenientemente en soledad, Egocheaga llevó a cabo el homenaje que el quería rendir a la memoria de su novia y de su amigo.
En el regreso, para volver de la zona del Khumbu, donde se encontraba, hasta Katmandú, donde debía coger el avión de regreso a España, el tiempo empeoró y la suerte que tuvieron en la ida no les acompañó para la vuelta. Pero donde otros ven un problema, Egocheaga encontró una oportunidad. Decidió emprender el camino de vuelta a Katmandú andando. «No conocía la zona y no me apetecía quedarme esperando un avión. Tarde cinco días, caminando ocho horas cada uno, y llegue a mediodía del día que tenía que coger el avión por la tarde». Fueron cinco días más de soledad para poner todos los recuerdos en su sitio.