Egocheaga: prefiero morir en la montaña

El montañero asturiano quiere completar los catorce ochomiles como homenaje a los fallecidos Iñaki Otxoa y Joëlle Brubpacher

07.06.2013 | 05:20
Egocheaga: prefiero morir en la montaña

La ascensión al Lhotse (8.516 metros) dejó en Jorge Egocheaga la satisfacción de completar su decimotercer ochomil y un dedo dislocado en su mano izquierda. Lo peor vino después, cuando no pudo completar la operación de rescate del montañero ilerdense Juanjo Garra, que murió poco después de su llegada cerca de la cumbre del Dhaulagiri.

Cada vez que coronaba un «ochomil», Jorge Egocheaga decía en que no le animaba un interés especial en completar las catorce cumbres más altas de la tierra. Ayer, al regreso a Asturias tras ascender el Lhotse, la decimotercera etapa del desafío, desveló la única razón que le mueve: «Existe un interés por un sueño compartido con otros. Con Joëlle Brupbacher y con Iñaki Otxoa de Olza, que se murieron sin poder completar ese sueño. Sería una alegría lograrlo por ellos. Se lo regalaría». Para Egocheaga supondría una recompensa a tantas expediciones que, como en este caso, se han visto marcadas por la tragedia.

Como siempre, la incursión primaveral por el Himalaya de Jorge Egocheaga hubiese pasado desapercibida de no ser por su coincidencia en el Lhotse con otras expediciones y, sobre todo, por su papel en el rescate del montañero ilerdense Juanjo Garra, que falleció en el Dhaulagiri. Por eso ayer, a la hora del balance en la sede de Cajastur, tenía sensaciones encontradas: «En el Lhotse fue todo bien, salvo por el dedo que se me dislocó por la caída de una piedra. Lo peor fue la muerte de dos amigos. El cuerpo de uno de ellos, Alexei Bolotov, lo tuvimos que recuperar destrozado cerca del campo base. Y cuando ya creí que podía dedicarme a proyectos de SOS Himalaya, pidieron mi colaboración en el rescate de Juanjo Garra, atrapado en el Dhaulagiri».

«Desgraciadamente llegamos tarde», explica Egocheaga, el único montañero occidental que alcanzó la posición de Garra y su sherpa, Keshab, tras una peligrosa operación con un helicóptero que le dejó a unos 700 metros de los accidentados. «Cuando llegué, Juanjo estaba vivo, pero inconsciente. Tenía constantes vitales, pero no respondía a estímulos. Se murió diez o quince minutos después. Los sherpas intentaron cargar con él, pero esa parte del Dhaulagiri es complicada técnicamente, una travesía de hielo y roca. Bajarlo sin que él pudiera hacer nada para ayudarte era complicado. La esperanza era que yo pudiera inmovilizarle el tobillo y que, aunque fuera arrastrándose, nos ayudara a bajar».

El sherpa Keshab, que acompañó a Garra durante los cuatro días que permaneció en la pared del Dhaulagiri, tuvo más suerte. Jorge Egocheaga le inyectó en vena un medicamento que le salvó la vida, aunque el ovetense aclara: «No fui solo yo, sino sobre todo otros sherpas. Son las personas claves en los rescates. Es gente muy fuerte, acostumbrada a vivir en condiciones muy duras. En este caso pudimos bajar a Keshab, que es el héroe de esta historia porque permaneció al lado de Juanjo hasta el último momento, con mucho riesgo».

Casos como el de Keshab contrastan con episodios que se han vivido recientemente en el Himalaya entre sherpas y montañeros occidentales, en algún caso con agresiones y amenazas. Egocheaga aclara que «ese problema se da únicamente en el Everest, que es un negocio, un circo, donde hay gente que paga cien mil dólares para que le suban. Por eso hay ciertos sherpas y otras personas a las que no les interesa que vaya gente pagando dos o tres mil dólares. Les estropea el negocio. Hay mucho dinero y, por tanto, mafias, entre comillas, a las que les molesta que haya gente que no siga el juego que quieren marcar. Pero la montaña está ahí para todos, no sólo para las grandes expediciones comerciales, o multimillonarios».

Jorge Egocheaga aclara que él solo contrató un sherpa en su expedición al Everest, «pero conozco a muchísimos y con alguno tengo una relación muy especial. En algún caso, pocos, he notado agresividad por su parte hacia los montañeros occidentales. Quizá no se sientan reconocidos socialmente, cuando su trabajo es fundamental, pero el mayor problema es de tipo económico».

Reconoce Egocheaga que siente «impotencia» ante desenlaces como el de Juanjo Garra: «He tenido que participar en varios rescates y en la mayoría he fallado. Pero a esa altura sabemos a lo que nos exponemos, sobre todo cuando vamos sin oxígeno. Subir un ocho mil, especialmente cuando pasa de 8.300 metros, supone someter al cuerpo a un stress y un esfuerzo exponencial. Es una barbaridad. El cuerpo va al límite y posiblemente deje algún tipo de secuela. Por ejemplo, atrofias cerebrales, aunque después se revierten. Es un poco lo que buscamos: explorar nuestros límites, saber hasta donde podemos llegar».

Cuando le preguntan por los motivos, Egocheaga suelta que «escalamos porque es nuestra pasión y las pasiones están ahí para vivirlas. Cuando uno se muere haciendo lo que le gusta y le apasiona, no es que esté bien, pero al final todos nos vamos a morir. Prefiero morirme haciendo lo que me apasiona que en una cama, muerto de asco, haciendo lo que no me gusta. Prefiero vivir menos tiempo, pero más intensamente. Es algo pasional. Las montañas nos atraen, no sabemos muy bien por qué».

Jorge Egocheaga no se pone plazos para completar sus catorce ochomiles, entre otras cosas porque el que le falta, el Kamchenjunga, se le resiste. «Ya lo he intentado dos veces y he fallado. Es una montaña muy complicada. Tengo que ir cuando me sienta fuerte y con la gente adecuada. Martín Ramos, que este año no ha podido venir, es un compañero perfecto para mí. Gracias a que íbamos juntos salvamos la vida en el Kamchen».

Buscador de deportes

Enlaces recomendados: Premios Cine