El clásico

En esta ocasión al partido entre Barça y Madrid nadie lo llamó el partido del siglo

10.04.2016 | 05:41
El clásico

Una suma de razones tan lógicas como extravagantes derivó el sábado en una consecuencia nefasta: no pude ver el encuentro que disputaron el FC Barcelona y el Real Madrid. El viernes, cuando le hablé a mi novia del partido que se jugaba al día siguiente y en el que seguramente centraría mi entrega semanal, ella me preguntó: ¿Qué es, Champions? Yo, con imperdonable, aunque tal vez inevitable, condescendencia le dije: No, Liga. Y ella, amablemente, me replicó que podrían enfrentarse en Champions, que ya había pasado, no hacía mucho, cuando jugaban casi a diario y cada vez que lo hacían alguien decía que era el partido del siglo. Yo reí. Y me puse a pensar en eso, en que en esta ocasión nadie le había llamado de esa manera, el partido del siglo. Sino el clásico. Por fin. Sólo eso. El clásico. Si nadie le había llamado el partido del siglo, ni siquiera los medios deportivos, es porque incluso para ellos la evidencia era tan flagrante que cualquier expectación estaba fuera de lugar. Por decirlo de otra manera: No se puede avivar un fuego que no existe. Di por supuesto el empate. La urgencia que imaginé mayor en los blancos se vería contrarrestada por la incuestionable superioridad que últimamente parecían mostrar los blaugranas, no ya sobre los madridistas, sino sobre todas las escuadras del continente. La balanza estaría equilibrada. Un empate no dejaría satisfecho a nadie, pero sobre todo no haría un daño excesivo a ninguno de los contendientes. Me equivoqué. Y ahora me pregunto si los azulgranas que, salvo hecatombe y con permiso del Atlético, podrían haber finiquitado prácticamente la Liga, no acabarán pagando las dudas que este resultado adverso e inesperado pueda haber despertado en ellos a la hora de afrontar las otras dos competiciones en las que todavía aspiran al título y me pregunto también si los blancos dieron ese arreón que les reportó los tres puntos como un último, desesperado y orgulloso intento de no descolgarse definitivamente del primer puesto de la tabla o simplemente se encontraron con una puerta abierta, que esperaban cerrada y porque estaba abierta, como si no les quedase más remedio, terminaron cruzando. Quién sabe. Tal vez de haber visto el partido no me haría ahora estas preguntas. O quizá sí, reforzadas. Es decir, más que argumentadas, apoyadas en los hechos, lo concreto, la verdad a posteriori. Las semanas venideras dirán si la derrota azulgrana fue un tropiezo aislado o el comienzo exacto de una caída.

Ningún culé desea perder por un gol de Cristiano. Ningún merengue desea perder por un gol de Piqué. Eso está claro. Así que, por un momento, tanto unos como otros fueron felices. Y desgraciados. La rivalidad, el fundamento de todo derbi o clásico, consiste en eso, en alegrarse igualmente del triunfo propio como de la derrota ajena. El jugador más querido es el más odiado por el rival. Y de él se espera o se teme que rubrique la victoria. ¿Qué hace que un partido sea el partido del siglo y por tanto el resto de partidos no lo sean, o no lo debieran ser? La posibilidad de alzarse con una competición, no, pues esa competición tendrá lugar la temporada siguiente y el resto de temporadas por llegar. Si no es el logro, por mucho que culmine una serie de logros en una temporada histórica, lo que lo hace merecedor de ser llamado así, sólo pueden serlo entonces los protagonistas, o sea, los jugadores, en este caso las estrellas, y no los clubes, que ahí estaban y ahí seguirán tras el partido. Probablemente no haya habido semejante acumulación de estrellas en un terreno de juego en mucho tiempo, y sin embargo este partido solamente ha sido merecedor del calificativo de clásico, lo que sirve de confirmación de algo que, a su vez, debería servir de recordatorio a quienes, al empeñarse en hacer del fútbol un espectáculo, han terminado convirtiéndolo paradójicamente en algo tedioso: que todo deporte se basa en la competitividad, en la resistencia como una variación de la fe, en la certeza inconsciente de la posibilidad de poder hacerle frente a cualquier rival y de que cualquier rival puede hacerte frente; que las estrellas, sin la tensión competitiva, sólo pueden dejar imágenes para la galería y que ninguna galería admite comparación con la memoria, donde sólo hay espacio no ya para lo interesante, sino para lo importante, lo que fue guiado hasta allí por la emoción. Por último, a quienes pretenden dirigir nuestra atención y dictar nuestras proclamas convendría recordarles también que no hay una palabra justa para cada momento sino un momento justo para cada palabra. Ahora, vuelta la Champions y cercano ya el tramo final de la Liga, veremos, nos digan lo que nos digan, si el clásico supuso una anécdota sin más o un punto de inflexión decisivo.

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