07 de agosto de 2016
07.08.2016

Mira qué cosa más linda la gran fiesta brasileña

Maracaná cantó, bailó y protestó en una ceremonia de intensos contrastes

07.08.2016 | 06:14
Mira qué cosa más linda la gran fiesta brasileña
Rafa Nadal al frente de la delegación española.

País de contrastes, Brasil se lució en su puesta de largo olímpica enlazando espectáculo vistoso pero austero (casi íntimo a ratos) y reivindicaciones para evitar la catástrofe que acecha a la Naturaleza. Abucheos y música, éxtasis de colores y denuncias ecologistas, belleza en un solo cuerpo de mujer y miles de bailarines en danza nada macabra. Contagiosa.

La ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos en el estadio Maracaná agitó en una fiesta sincronizada al máximo imágenes de gran belleza en las que mandó la imaginación sobre el alarde tecnológico. Nada que ver con el arrogante despliegue de los británicos. La humanidad por encima de las máquinas. Latidos profundos del Brasil mestizo por cuya sangre cruzan culturas, pueblos y sentimientos de muy distinto pelaje y paisaje. Honesto mensaje, necesario siendo los primeros Juegos que organiza un país sudamericanos: ojito, mundo ciego y cruel, que nos estamos cargando nuestro futuro, repasen y vean lo que ocurre con el Amazonas. Por eso el pebetero que encendió el atleta Vanderlei de Lima es pequeño y ecológico. Qué menos que dar ejemplo.

Dirigía el cotarro el director Fernando Meirelles y eso marca las distancias. Tipo de talento punzante y talante inquieto. El cineasta que entró a saco en las favelas para mostrar con estética feroz toda la miseria en Ciudad de Dios se puso las botas denunciando atrocidades contra la Naturaleza pero también usó guante de seda para mostrar la belleza de su tierra. La gente que llenaba el estadio formó un coro para bramar contra el presidente interino Michel Temer como representante abochornado de una clase política que luchó por tener una fiesta olímpica cuando hay tanta gente sin platos en la mesa. Pero luego cantó y bailó y lloró y sonrió como solo saben hacerlo los brasileños. "Aquel abrazo", el himno de la nostalgia encerada por la vitalidad de Gilberto Gil, fue una forma de pasar el testigo al pueblo, dejemos que hablen los brasileños sin voz y con voto maltrecho. Ecos de la historia resonaron en el escenario: los colonizadores portugueses que dieron a Brasil su nombre de árbol generoso, los aborígenes del Amazonas sediento, la lacra de la esclavitud (cuatro siglos: de ahí las cadenas bien visibles), el réquiem cotidiano de las favelas con sus niños en el alambre, la revolución del asfalto, el frenesí de las escuelas de samba... Las coreografías eran precisas. Preciosas. Masas conducidas con gusto y elegancia bajo efluvios de luz. Qué ritmo. Brasil a tope, ruido y furia con poso de melancolía: el himno cantado por Paulinho da Viola se dejó de monsergas y fanfarrias y sonó suave y apaciguador, casi una plegaria con toque de protesta y complicidad. Sin Beatles o Rolling a los que invocar: la música brasileña obedece a las reglas de lo popular, hunde sus raíces en la calle, en los caminos, en la arena.

Antes del agotador desfile de deportistas, solo apto para insomnes, el Maracaná vibró (y esto no es una crónica de fútbol) con una catarata musical en la que hubo de todo para todos. Samba caliente, funk en volandas, forró en cantidad, rap sinuoso y pasinho para dar y bailar. Gilberto Gil y Caetano Veloso en su salsa, poniendo los oídos de punta la final con Anitta cantando la samba "Isso Aqui, o que É?.. Ah, y Río se rió de los mensajes de Donald Trump: vivan los cruces de razas y fuera corazas sexuales: la modelo Lea T, hija del ex futbolista Toninho Cerezo, fue la primera transexual en desfilar en la apertura de unos Juegos. Con orgullo. Y las palmas echaron humo para aplaudir al equipo de los refugiados.

Voló una réplica del aeroplano 14-bis de Alberto Santos Dumont para reivindicar al brasileño como el padre de la aviación (para escarnio de los norteamericanos, que le dan ese honor a Wilbur y Orville Wright). El gigantesco lienzo blanco que alfombraba el césped se convirtió en la pantalla más grande del mundo para proyectar un peliculón sobre las bellezas brasileñas, pero también hubo tiempo para levantar una favela con inmensos bloques por los que se movían los bailarines. Y, claro, no podía faltar La "Garota de Ipanema". ¿Quién podía encarnarla mejor que la modelo Giselle Bündchen, luciendo andares mágicos a lo largo de cien metros con siluetas de Niemeyer y embrujados por la canción de Tom Jobim, interpretada por su nieto Daniel.

Maracaná se puso al rojo vivo recordando que es el "País tropical" cantado por Jorge Ben Jor y al mundo le llegó el mensaje urgente de socorro para que el calentamiento global, el deshielo de los polos y la subida del nivel del mar no hagan realidad las impactantes imágenes exbibidas en las que se podía ver cómo Amsterdam o Florida desaparecían del mapa. Predicando con el ejemplo, Río 2016 puso en manos de los atletas el encargo de sembrar una semilla que crezca en el parque olímpico de Deodoro. Cada uno metió la semilla en unos tiestos enlos que nacerán 207 especies diferentes.

Cuando el presidente Temer declaró inaugurados los Juegos, la pitada fue épica. Se acalló cuando la Llama Olímpica llegó al estadio con el tenista Gustavo Kuerten. De él pasó a la baloncestista Hortencia antes de recogerla Vanderlei de Lima.

Fue el Maracaná una jungla misteriosa, un mar cargado de exploradores, playa de pieles sensuales y gran pista de baile para la bossa nova. Brasil tropical y atormentado que sabe montar fiestas pero también recordar que, sin el Amazonas, nos quedaremos sin aire. Y qué mejor forma de sellar la súplica que el poema Carlos Drummond de Andrade: "La flor y la náusea", recitada por las actrices Fernanda Montenegro y Judi Dench. "Es fea. Pero es una flor. Ha roto el asfalto, el tedio, la náusea y el odio". Qué belleza.

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