29 de agosto de 2016
29.08.2016
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El Naranco fue de la gente

La cima ovetense, abarrotada, con un ambiente festivo y familiar, rinde tributo al pelotón

29.08.2016 | 04:28
El Naranco fue de la gente

El ciclismo por televisión enseña, para bien y para mal, las bondades y miserias de las tierras por las que transita. Oviedo tiene, en el Naranco, algo de lo que pocas ciudades del mundo pueden presumir. Una montaña en su casco urbano. Razón de peso para que los organizadores de La Vuelta a España decidieran recuperar esta cumbre mítica. El Naranco, urbanita y prerrománico, de postal, vibró como pocas veces al paso de los ciclistas.

El ciclismo visto desde las veredas humaniza al ciclista profesional y engrandece, por comparación, las gestas anónimas que nunca llegarán a las páginas de los periódicos. Las de los aficionados que, sin dorsal en el lomo, tomaron las carreteras de Asturias en pacífica invasión. Desde Llanes, los integrantes del Club Ciclista Altitud se pegaron una buena paliza para ver in situ la carrera. "Hicimos los 120 kilómetros, por el interior, a 29 de media", afirmaron orgullosos. A escasos 200 metros de donde estaba ubicada la línea de meta, les esperaba un nutrido almuerzo.

No quisieron decir quién se ocupó de la intendencia pero se puede intuir que algún sacrificado familiar supo en su niñez del Kas y de Fuente, o del Clas y de Rominger, e intuye ahora que aquellos campeones, igual que los que tiene en casa, siempre necesitaron un entregado auxiliar para acometer labores de equipo.

Llegó la Vuelta 2016 a Asturias tras una semana en Galicia y una breve incursión en la áspera Castilla y León de agosto. En San Isidro había tanta niebla que la Guardia Civil tuvo que usar los reflectantes para guiar a los corredores puerto abajo. Una vez en Las Cuencas, mientras la escapada enlazaba las suaves cumbres, y el pelotón sesteaba, en el Naranco la parroquia barajaba el nombre del posible ganador. Bien podría ser Samuel, Valverde o Contador. "¡Que gane uno del Orica!", exclamó con acento de Melbourne Rafael García, que portaba orgulloso la bandera de la Cruz del Sur para animar a la escuadra de sus compatriotas australianos.

A medio camino hasta el alto, donde turistas despistados pretenden la paz austera del prerrománico se desata, en cambio, la fiesta y ya huele a espicha. Más arriba, a golpe de riñón, las bicicletas, cientos de bicicletas, miles de bicicletas... descansan junto a sus amos. También descansa a brazos de su abuelo Xiana, una niña de cinco meses que da rápida cuenta del biberón del avituallamiento. Orgulloso, el abuelo, recuerda también viejas escaramuzas de otros tiempos en los que los ciclistas menguaban bajo las camisetas de lana y los pedales se clavaban en la piel con las tiras de los rastrales.

En esa curva donde la carretera vuelve a empinarse, no mucho, pues el monte no es tan fiero por este lado como por el del imposible Violeo, David de la Cruz ataca. "Han subido 'despacio', jugando al ratón y al gato", sienta cátedra un entendido. Por atrás, el ramillete de favoritos tampoco parece que quiera forzar la máquina porque mañana llegarán a Los Lagos. Y a su paso el gentío anima con lo que tiene más a mano. Se oyen "aúpas" junto a una caravana coronada con ikurriñas, mientras a otros se le escapa un "allez" y es imposible no distinguir el español de Colombia para animar a Nairo y al resto de "escarabajos".

Los campeones bautizan y datan a las cumbres con sus proezas. El Naranco de Fuente fue el de 1974. El de la apoteosis del Clas el de 1993. El de 2016, en cambio, se recordará como el día en el que miles de ovetenses, en familia, en bicicleta, armaron una fiesta en sus laderas.

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