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Toca cambio de modelo

Los especialistas demandan un gran acuerdo PSOE-PP para reconducir la economía española hacia la productividad y el conocimiento, con reformas profundas que requieren «sacrificios»

 
Toca cambio de modelo
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Oviedo, Luis GANCEDO

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Si fuera posible cambiar el modelo productivo de un país por decreto, con una maniobra política, «todos seríamos Suecia», envidiada economía europea que, aunque también está pasando lo suyo en esta crisis, es presentada a menudo como ejemplo de desarrollo equilibrado y de alto valor. La reflexión es de Emiliano Carluccio, economista italiano afincado en España, y en lo esencial es compartida por los expertos a los que este diario preguntó sobre la tarea que últimamente se ha comprometido a poner en marcha el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero: revisar los cimientos del crecimiento español y sustituirlos por otros de mayor calidad para el tiempo que vendrá después de esta crisis.


¿Cómo se hace algo así? Suele contar Juan Velarde, economista asturiano versado en grandes transiciones económicas precedentes (el plan de estabilización de 1959 o los pactos de la Moncloa en 1977), que siempre que se reúnen políticos y economistas los primeros acaban riñendo en una esquina y los otros, poniéndose de acuerdo en otra. Los testimonios recabados entre economistas de generaciones distintas y sensibilidades ideológicas también dispares coinciden en aspectos sustanciales como los siguientes: el modelo sobre el que España ha crecido en los últimos quince años está agotado, es insoslayable que el país se desarrolle en direcciones más productivas e innovadoras que hasta ahora y conseguirlo va a requerir mucho tiempo, reformas de hondo alcance y sacrificios.


l El acuerdo. Los citados Juan Velarde y Emiliano Carluccio, así como Florentino Felgueroso (profesor de la Universidad de Oviedo y experto en el mercado laboral) y Ángel de la Fuente (también asturiano y prestigioso economista), coinciden, asimismo, en el punto de partida: aun siendo sólo parcial la importancia de la clase política ante una transformación como la que se plantea, en España no será posible si no se produce un gran acuerdo que, sobre todo, comprometa a PSOE y PP. «Tienen el deber de ponerse de acuerdo, porque cambiar el modelo productivo va a exigir decisiones impopulares», resume De la Fuente. «Cambiar el modelo no es cosa de cuatro años, requiere generaciones», añade Felgueroso. Sin un pacto político que saque de la contienda electoral las grandes cuestiones por abordar -mejora de la educación y de la innovación, reforma del mercado de trabajo, actualización del Estado del bienestar, planificación energética...-, los esfuerzos pueden resultar estériles, como insuficiente puede ser, según las mismas opiniones, el acuerdo con el que quiere arrancar Zapatero con empresarios y sindicatos. «No empezamos bien», dictamina Ángel de la Fuente.


l Modelo agotado. «¿Qué es lo que tenemos que cambiar? Un modelo que nos ha permitido crecer durante quince años y crear mucho empleo, pero con baja productividad», resume Florentino Felgueroso. Quince años del ciclo más largo de crecimiento de la historia de España que arrancó después de la última recesión (1993) y que, en lo político, se reparte entre siete años de gobiernos del PSOE y ocho de ejecutoria del PP. Bajo el Gobierno de unos y de otros, los economistas subrayaron los éxitos, pero advirtieron también, sobre todo a partir del año 2000, acerca del «cortoplacismo» y los riesgos de la forma de desarrollo de España, muy pegada al consumo, a la construcción y al endeudamiento.


Enfrentar los programas electorales con las estadísticas puede poner en aprietos a los partidos y, en este caso, lo hace con algunas de sus posiciones sobre el modelo productivo. En el programa del PP para los comicios de 2004 se subrayaba que, tras ocho años de la política desplegada por el tándem Aznar-Rato, la española era una economía «abierta, estable y sin desequilibrios», que había creado 4,5 millones de empleos y asombrado a Europa por su rigor. No se reparaba en que en los años inmediatamente anteriores una de la taras del patrón de crecimiento, su déficit por cuenta corriente (a la postre, el endeudamiento fuera de casa) ya estaba disparado; tampoco en que los españoles se hipotecaban sentados sobre una burbuja especulativa que había encarecido la vivienda un 70 por ciento en cuatro años o en que el gasto en investigación y desarrollo seguía a mucha distancia de los países más modernos.


También en 2004, el programa del PSOE, el vencedor electoral, esgrimía la urgencia de abordar grandes reformas. En los años posteriores se mantuvo intenso el avance del PIB y del empleo. Y se agrandó el endeudamiento de familias y empresas, la mejora de la productividad fue tan mediocre como en los años del PP y la tasa de temporalidad laboral no bajó verdaderamente del 30 por ciento, hasta que la recesión mandó al paro, entre 2008 y 2009, a un millón largo de españoles, la gran mayoría trabajadores eventuales.


l La productividad. Asumida la necesidad de un gran pacto político y reconocibles también las carencias del modelo anterior, ¿hacia dónde debe virar el rumbo económico de España? En la esquina de los economistas hay otro consenso: una de las grandes lagunas del país es la productividad. Habiendo sido, junto a Irlanda, la nación europea donde el producto interior bruto (PIB) ha crecido de una forma más vigorosa, el avance de la productividad del trabajo (PIB por empleado o por hora trabajada) ha sido de los más bajos.


«España se ha dedicado mucho a actividades con modesto valor añadido», reflexiona Florentino Felgueroso. «Nos hemos inclinado hacia la construcción y hacia los servicios a las personas, e impulsado menos los servicios avanzados a las empresas y la industria», comenta otro de los expertos consultados, que formula otra premisa de consenso: la economía española necesita una mayor base industrial para ser más rica y saludable.


El presidente Zapatero ha adelantado ya que en su oferta de cambio económico una de las apuestas será la industria vinculada a las energías renovables. Nada que objetar dicen tener los economistas sobre las posibilidades de negocio que ya rentabilizan numerosas empresas españolas dentro y fuera del país. Ahora bien, hay un aviso unánime entre los encuestados que resume así Emiliano Carluccio, investigador del Instituto Flores de Lemus: «Un Gobierno puede incentivar y retirar obstáculos, pero no puede ser quien diga los sectores que deben crecer. Eso es distorsionar el mercado y tratar de manejarlo para que vaya en una dirección concreta está condenado al fracaso».


Juan Velarde expresa la misma idea, que remata con un refrán castellano: «Es el mercado, son los empresarios quienes al final deciden; lo otro es volver a la ineficacia del INI. El Gobierno tiene que disponer unas condiciones objetivas y, después, el que más chifle, capador». Donde sí deben intervenir el poder ejecutivo y el legislador, precisa el premio «Príncipe de Asturias» de Ciencias Sociales a la luz de las raíces de esta última crisis del capitalismo, es en el sistema financiero, «para que sea transparente, sin cuentas absurdas ni locuras».


l Hacia afuera. El profesor Felgueroso ve a España en el sitio donde estaban los países europeos más avanzados hace unas cuantas décadas. «Hemos acortado distancias, pero crecimos sobre todo en base a la demanda interna», a los bienes y servicios consumidos puertas adentro. Resolver las seculares carencias del comercio exterior es la etapa que España, con una historia contemporánea en la que menudearon los episodios de aislamiento y autarquía, no ha conquistado todavía. Vender fuera lo que más ha enriquecido a las mejores economías europeas, rematan los expertos.


José Manuel Campa


El economista asturiano, recién nombrado secretario de Estado de Economía, afronta el reto de modernizar el modelo productivo español.

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