FLORENCIO FDEZ. FERNÁNDEZ E IGNACIO GARCÍA CIPITRIA
PROFESORES MERCANTILES
Vivir por encima de nuestras posibilidades se acabó, comprar pisos sobre plano para que antes de finalizar la promoción «darle el pase» y ganar el 30% es una historia pasada; endeudarse con el banco hasta límites insospechados porque la entidad financiera, prácticamente, nos regalaba el dinero nos hizo creer que éramos ricos; tener cinco millones de inmigrantes y ser el país de la Unión Europea que creaba el 40% del empleo de toda la Unión, aunque el más precario y el de más baja cualificación, fue bonito mientras duró.
Como el gobierno de turno no quiere asumir su cuota de responsabilidad, entre otras motivos por dejación en sus funciones o haber tomado medidas erróneas de política económica, ahora les resulta muy fácil manipular la información económica, echar la culpa al mercado, al capitalismo, al liberalismo y a la crisis financiera internacional -siempre hay que tener un enemigo exterior.
Es urgente volver a la economía real, eficiente y que genera valor añadido. El principio económico de que el ahorro es igual a la inversión nunca estuvo obsoleto aunque no haya estado de moda, ni se haya fomentado fiscalmente en los últimos años. El modo en el que la sociedad, al igual que un individuo, pueden enriquecerse es produciendo más de lo que consume. En otras palabras, ahorrando, no endeudándose. Parece obvio y por ello es en lo que más hay que insistir, pero las personas, las empresas y las naciones no se vuelven ricas gastando y consumiendo, sino produciendo y ahorrando.
La inflación impulsa a la gente a endeudarse porque esperan devolver la deuda que obtuvieron en su día más barata. La inflación anima a las personas a hipotecar su futuro y es el peor impuesto que pueden tener que soportar las clases medias y bajas. Existe una falacia económica que establece que un nivel alto de consumo es bueno. Pues bien, el consumo por sí solo no es ni bueno ni malo, el problema es incentivar a la sociedad a que el consumo sea financiado con préstamos en vez de con ahorro, pues tarde o temprano conducirá, como estamos viviendo, a la bancarrota. No cabe la menor duda de que es mucho mejor enfatizar y promover que la producción y el consumo sean financiados con el ahorro.
Los organismos reguladores, de control y supervisión (todos ellos dependientes de los gobiernos, no del mercado) fueron cómplices por su dejación de funciones y por la inadecuada política monetaria que originó este exceso de crédito que era muy fácil obtener y que daba la sensación de que no había que devolver. También las entidades financieras relajaron el control interno de los riesgos, por lo que se asignaron recursos a negocios ineficientes y al consumo desaforado que, además, no provenían del ahorro interno español sino del exterior, fundamentalmente, alemán. Ahora esas entidades financieras deben comenzar a devolver ese ahorro prestado y vamos a pagarlo entre casi todos. Algunas de las equivocadas medidas económicas que se están tomando, como las de estimular el consumo con más préstamos aduciendo que con ello se logra que el sistema funcione, son altamente cuestionables.
La destrucción de riqueza en el mundo, incluida España, es de las más severas desde la Gran Depresión y, lamentablemente, debemos ir mentalizándonos de que cuando salgamos de esta depresión seremos alrededor de un 30% más pobres patrimonialmente. Concretamente, en España donde más nos afectará será en el sector inmobiliario, que es tradicionalmente donde los españoles hemos «guardado» nuestros ahorros.
No existe empresa, familia ni Estado que pueda vivir indefinidamente por encima de sus posibilidades. La frase tristemente célebre de que «el dinero público no es de nadie», para hacer creer que el dinero es como el maná que cae del cielo, refleja el sentimiento patrimonialista de cierta clase política con el dinero de los impuestos que pagamos los ciudadanos al Estado, comunidades y ayuntamientos. Nuestros padres y abuelos decían, y no eran economistas, que había que ahorrar y que no había que pedir prestado para gastar. Por tanto, lo que menos se necesita actualmente es que los gobiernos creen programas u otorguen subvenciones para fomentar el consumo. Animar a consumir con más préstamos o con subvenciones es como tratar de ayudar a un drogadicto que está en fase de recuperación dándole droga para que tenga menos dolor.
Para que una sociedad progrese los ciudadanos y el Gobierno deben ahorrar. El ahorro puede entonces ser empleado para invertir eficazmente en activos a largo plazo que incrementarán el empleo, la riqueza de la nación y la de sus ciudadanos. Pero quizás en los tiempos que corren hablar de largo plazo, riqueza y nación no sea políticamente correcto.