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Las crisis también son una oportunidad

Muchos negocios asturianos crecen en épocas de recesión y los grupos empresariales más intuitivos y aguerridos plantean sus mayores órdagos en pleno derrumbe de los mercados

 
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José Antonio Sánchez y Mario Bedialauneta.
José Antonio Sánchez y Mario Bedialauneta. 
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Oviedo, Javier CUARTAS
Las crisis económicas afectan a todos pero no a todo el mundo por igual. Los perjuicios de estos procesos recesivos nunca son uniformes y, en algunos casos, determinadas actividades y emprendedores salen reforzados frente a negocios alternativos o a competidores de su mismo sector. Inclusive hay quien es capaz de obtener ventajas en las crisis y logra aumentar sus patrimonios o la dimensión de sus emporios justo en las circunstancias más difíciles. Porque las crisis son también oportunidades al alcance de los mejor situados, de los más capaces y de los mejor dotados.

Cuando el mercado se hunde, quienes sobreviven se supone que son siempre los más sólidos y los más competitivos, y que lo hacen a costa de los menos eficientes, que son expulsados del mercado por su incapacidad para afrontar las dificultades. Pero los supervivientes no sólo ganan en tamaño al anexionarse la cuota de mercado de sus oponentes caídos en el campo de batalla, sino que también salen de la crisis más fortalecidos por el hecho mismo de haber sabido superar momentos críticos y de extraordinaria complejidad.

Según esta percepción, las crisis actuarían como mecanismos correctores y depurativos porque, al tiempo que permiten purgar los excesos perpetrados en las fases alcistas del ciclo económico (corrigen los desequilibrios y sanean los fundamentos del crecimiento económico tras años de euforia y de espiral especulativa o de fortísimos endeudamientos), posibilitan una implacable criba selectiva de empresas, negocios e inversores, orillando a los menos eficaces y dejando mucho más expedito el camino a los más virtuosos.

Las crisis operan así al igual que las innovaciones técnicas y económicas, en las que los nuevos productos desplazan a sus antecesores, empresas de nueva creación revolucionan el mercado y desalojan a las vetustas organizaciones que no se hayan adaptado a los tiempos y nuevos modelos de negocios arrinconan a otros más obsoletos. Es lo que el economista Schumpeter definió como la «destrucción creativa», una suerte de versión de la teoría darwiniana de la selección de las especies adaptada a la economía y que, según este teórico, forma parte de la esencia misma del capitalismo y de su intrínseca capacidad de adaptación y de supervivencia frente a otros modelos que han fracasado estrepitosamente en su vano empeño por ocupar su lugar.

Las crisis cíclicas de la economía son también oportunidades excepcionales para los más intrépidos y para aquellos inversores a los que la recesión -y sobremanera cuando va acompañada, como en este caso, de un colapso crediticio mundial- les sorprende en una posición de fortaleza financiera, de liquidez o con suficiente respaldo de grupos prestamistas. Porque, cuando se da alguna de estas circunstancias, estar en posición y disposición de compra es una oportunidad de oro cuando la recesión derrumba los precios de los activos.

No hay mayor negocio que comprar barato y vender caro. O haber vendido caro y recomprar luego barato. Y estas oportunidades nunca son tan diáfanas ni tan intensas como en los períodos de mayor recesión. En la Gran Depresión de 1929 -ayer se cumplieron 80 años del «jueves negro»- proliferaron los inversores que se arruinaron, pero hubo otros que supieron y pudieron aprovechar aquella magnífica oportunidad para acrecentar sus imperios y amplificar sus ganancias. Les bastó con estar en el momento oportuno con la posición de liquidez sobrada como para adquirir negocios o bienes que salían al mercado con cuantiosos descuentos porque sus propietarios estaban urgidos por la necesidad imperiosa de generar dinero al coste que fuese.

Por lo mismo, la caída de las bolsas en las fases críticas del ciclo económico abaratan las operaciones de dominio mediante el lanzamiento de ofertas de adquisición.

Sólo la recesión mundial, el hundimiento de los valores bursátiles y las dificultades financieras del propio grupo hicieron posible que la familia asturiana Cosmen, en alianza con el grupo de capital-riesgo CVC, pudiera aspirar a lanzar una opa para hacerse con el dominio completo de una multinacional que, como National Express (NX), opera en seis países de tres continentes. La ambiciosa operación, a la que la estirpe acabó por renunciar por el deterioro de determinadas expectativas, sólo pudo concebirse, siquiera como intentona, merced al fortísimo abaratamiento de las empresas cotizadas. Hoy NX vale la mitad que en 2005, cuando los Cosmen se integraron en ella aportando Alsa. Y ello aun cuando hoy NX es un imperio mayor que entonces. En 2009 los Cosmen vendieron caro Alsa a NX y ahora la pretensión era comprar todo el grupo pero barato.

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