JAVIER CUARTAS
La entronización de Rodrigo Rato Figaredo (Madrid, 1949) como nuevo presidente de Caja Madrid, la cuarta entidad financiera y la segunda caja de ahorros española, devuelve a la familia asturiana Rato al centro del sector financiero y abre una nueva etapa como banquero de quien en 1979, con 30 años, optó por la vida pública atendiendo a una vocación muy temprana.
Tras un cuarto de siglo de actividad política en primera fila, que lo catapultó al Ministerio de Economía y a la vicepresidencia del Gobierno, y tras tres años al frente del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de otros dos como asesor de varias entidades financieras (Lazard, Criteria, La Caixa, Santander y Unespa), Rato acaba de convertirse en el cuarto financiero más importante de España.
Al frente de Caja Madrid deberá sortear numerosos retos: los de una economía aún en recesión, los de una entidad que acaba de mostrar sus primeros números rojos trimestrales y que exhibe algunas ratios por debajo de la media, los de un sector muy expuesto al riesgo de una elevada morosidad, los de una reestructuración y reordenación del subsector de cajas en el que aún se espera que Caja Madrid mueva ficha, y los de un partido, el suyo, que está lejos de haber cauterizado todas las heridas.
La división entre gallardonistas y aguirristas sigue al rojo vivo, y la frase que se le escapó a la presidenta madrileña ante un micrófono inoportunamente abierto no ha hecho más que constatarlo con toda su crudeza. Ahora Rato, que hasta su marcha a Washington tenía una gran influencia sobre el PP madrileño, se dispone a dirigir uno de los mayores centros de poder e influencia económica del país, sin haber consolidado más que una frágil apariencia de pacificación en el seno del partido que le da respaldo.
El mundo financiero no es nuevo para los Rato. En realidad, todos sus ancestros por unas u otras ramas familiares, todos los parientes colaterales -directos e indirectos-, varios abuelos y bisabuelos, tíos y primos, varios cuñados, su hermano y su padre han estado ligados a la banca española desde el XIX de forma constante e ininterrumpida.
Al extremo de que no hay una sola de las dinastías que convergen en el nuevo presidente de Caja Madrid que no haya estado implicada durante la última centuria y media en una o varias entidades de una larga nómina de bancos y cajas, tanto regionales como nacionales, ya sea como accionistas, como consejeros o como gestores y directivos.
Aún hoy algunos primos viven de la banca, y ese rasgo común alcanza a parientes incluso lejanos: un cuñado de su hermano es consejero del Santander; en el consejo del Bilbao se sienta un primo de varios primos carnales suyos y en Caja Madrid acaba de cesar como consejero, por finalización de mandato, un cuñado de otro primo.
Su padre, Ramón Rato Rodríguez San Pedro, que fue empresario, banquero, escritor y político apasionado, soñó con el Ministerio de Economía para el menor de sus hijos, y aún alcanzó a verlo sentado al frente de ese departamento, pero no vivió lo suficiente para ser testigo de cómo el menor de sus vástagos se erigía en el cuarto financiero del país sin que él hubiese previsto ni prefigurado jamás ese futuro para su hijo, por más que sí lo hubiese soñado para sí mismo, cuando, a partir del dominio de los Bancos de Siero y Murciano, se expansionó por Europa y acabó condenado a tres años de prisión en las cárceles franquistas por fuga de capitales.
La llegada de Rodrigo Rato a la presidencia de Caja Madrid tiene, sin embargo, un origen político. La presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, había dado protección a los «ratistas» (también a la ex mujer de Rodrigo) cuando quedaron desamparados, una vez que José María Aznar descartó a Rato para la sucesión al frente del partido y que el nuevo presidente del PP, Mariano Rajoy, evidenció que no contaba con Rodrigo salvo como diputado, y, aún más, cuando Rato dejó España y logró refugio en Washington como director-gerente del FMI.
Ya de vuelta en España, tras su dimisión precipitada en el Fondo Monetario, Rato fue sondeado por Aguirre, tras la segunda derrota electoral de Rajoy (marzo de 2008), para ofrecerle su apoyo si osaba disputarle la presidencia del partido a Mariano. Rodrigo eludió el envite, pero a finales de ese año invirtió la propuesta y se ofreció a Esperanza para presidir Caja Madrid, una vez que ya era público que ésta había puesto fecha de caducidad al mandato de Miguel Blesa, el ex compañero de Aznar en los años de oposición a la Inspección de Hacienda.
Aguirre aceptó -al menos, en apariencia- el ofrecimiento de Rato, al que la unían empatía y complicidad políticas, pero lo supeditó a su aceptación por Rajoy. En junio se había celebrado el congreso del PP en Valencia sin que nadie le hubiera disputado el liderazgo a Rajoy (el «ratista» Juan Costa amagó, pero no se decidió) y Aguirre temía levantar suspicacias que arruinaran aquella apariencia de pacificación interna, en la medida en que Rajoy pudiera interpretar como un desafío la candidatura a la presidencia de la caja de quien fuera su contrincante en la sucesión de Aznar. Rajoy escuchó el nombre de Rato, pero no se pronunció. Y Aguirre interpretó el silencio como una negativa.
Cabe también la duda de si Esperanza puso suficiente entusiasmo en defender la causa de Rato ante Rajoy, dado que en su guerra abierta con Ruiz-Gallardón es probable que para Aguirre no fuera suficiente un tibio al frente de Caja Madrid. Hacía tiempo que Rato aspiraba a ser una figura indiscutida en el PP, un hombre de consenso, el único líder con posibilidades de aglutinar a todos y de no generar rechazo alguno, y por ello era previsible que no iba a asumir una posición de ariete contra el alcalde de Madrid.
A partir de ahí, descartado Rato y temerosa de que Ruiz-Gallardón tratara de recuperar el control de Caja Madrid -a Blesa lo había promovido el ahora alcalde de Madrid cuando era presidente de la comunidad, aun cuando hubiese sido por sugerencia de Aznar-, Aguirre forzó la máquina: planteó una reforma normativa que reducía el peso del Ayuntamiento en los órganos de la caja y apostó fuerte por el vicepresidente de la comunidad y persona de su extrema confianza, Ignacio González. Ambas decisiones desencadenaron una lucha titánica en el PP madrileño que acabó salpicando a la dirección nacional y sometiendo a la entidad financiera a un grave desgaste.
Se vivieron meses de gran tensión. Gallardón recurrió la norma ante los tribunales, y los dos dirigentes del PP escenificaron un nuevo pulso frontal y sin tapujos. Y todo ello, en medio de acusaciones de espionaje y en pleno estallido del «caso Gürtel», de supuesta corrupción, con epicentro en Madrid.
A ello se sumaba que la opción de Ignacio González, «sin pedigrí» económico ni probada ejecutoria en el mundo de las finanzas, acabó por alarmar a la cúpula del PP.
Para entonces seguían sonando los nombres de Rato, Luis de Guindos y Manuel Pizarro como alternativas, pero Aguirre ni estaba dispuesta a ceder ante sus rivales internos -que rechazaban a su vicepresidente - ni a desmontar un acuerdo al que ya se había llegado con PSOE, IU, sindicatos, impositores y patronales para que Ignacio González fuese presidente por consenso y aclamación.
El golpe de mano lo dio Rajoy cuando abandonó su indefinición e impuso que fuese Rato el candidato de la comunidad. En agosto de 2009 Rato había visitado a Rajoy para pedirle su apoyo. No se conocen más detalles del encuentro, pero se da por supuesto que el asturiano le debió garantizar que en ningún caso utilizaría la presidencia de Caja Madrid para lanzarse por el control del partido.
A Aguirre la enfureció el cambio de posición de Rajoy, porque había sido su indefinición lo que la hizo descartar a Rato. Por añadidura, estos cambios de posición habían tenido dos efectos adicionales indeseables para ella: haberles hecho aparecer a Aguirre y a Rato como rivales, cuando eran viejos aliados, y, aún más, presentar a Rato como el candidato de Rajoy que le era impuesto a Aguirre, cuando Rodrigo había sido su primera opción.
Rajoy comunicó a Aguirre la decisión del partido como un ultimátum durante un desayuno en Copenhague el 2 de octubre, en los días en que ambos asistieron a la elección de la sede olímpica de 2016, a la que aspiraba Madrid.
A partir de ahí arranca un proceso, que llega hasta enero, para urdir un nuevo pacto de consenso de todas las fuerzas políticas, sindicales y empresariales, y de todos los estamentos de la caja (instituciones, impositores y trabajadores) con el fin de dotar a Rato del consenso unánime que ya se había hilvanado para Ignacio González.
Para garantizar la unanimidad en el seno del PP en torno a Rato, el comité de garantías del partido anunció la víspera de la votación en Caja Madrid la propuesta de sanción (un año de suspensión de militancia, aunque revisable) a Manuel Cobo, vicealcalde de Madrid y «número 2» de Gallardón, tal como exigía Aguirre. Cobo había calificado «de vómito» lo que personas cercanas a Aguirre hacen con Rato.
La unanimidad fue, además, una exigencia del propio Rato: quería ser presidente de Caja Madrid por encima de banderías y sin votos en contra. Lo ha logrado.
A partir de ahora se verá si es capaz de perpetuar esa general aprobación en el desempeño de un cargo en el que ha de afrontar graves desafíos. Unos son de orden político: un día después de su nombramiento la presidenta de Madrid ya recabó a Ignacio González, su segundo, que hiciese recuento de «las armas» con que cuenta la tendencia aguirrista dentro de la caja. Pero los otros son financieros.
Caja Madrid entró en pérdidas en el cuarto trimestre de 2009 y redujo su beneficio en el conjunto del año en el 68,4%. Tiene por delante, además, un ejercicio que se presenta dificultoso en extremo para el sector financiero. Tendrá que redefinir el papel de Caja Madrid en plena reordenación del sector y cuando casi todas las cajas están protagonizando alianzas, fusiones o absorciones para fortalecerse frente al deterioro de la morosidad y posibles quebrantos inmobiliarios. Blesa sondeó posibles fusiones con La Caixa (que ésta descartó), con Caixa Galicia y la valenciana CAM (que ambos gobiernos autonómicos, del PP, vetaron), y hasta una eventual absorción de Caja Segovia y Caja Ávila. Se da por hecho que si no se fusiona Caja Madrid tendrá que reducir su tamaño para contener pérdidas.
Sigue pendiente la salida a Bolsa de su «holding» de participadas Cibeles, a semejanza de lo que hizo La Caixa con Criteria. Y tiene que recomponer las ratios de solvencia -inferior a la media de las cajas- y reconducir su morosidad, algo superior al promedio.
Y queda una última duda. No faltan quienes creen que Rato es, sobre todo, un político de raza y que no sabrá desoír las voces que lo seduzcan para volver a la primera línea. Frente a esta tesis, algún analista financiero ha dicho estos días que Rato no se habría metido en Caja Madrid «si no es para hacer algo grande». Pero más grande era el FMI y se fue sin finalizar el mandato. Fue el reinado más breve en toda la historia del Fondo Monetario Internacional. Y este estigma aún lo perseguirá, como una sombra de duda, durante algún tiempo.