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Escámez, el banquero que encontró apoyo en Asturias

El financiero recién fallecido empezó de botones de la mano de un asturiano y mantuvo relevantes vínculos con la región

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Alfonso Escámez.
Alfonso Escámez. 

JAVIER CUARTAS Alfonso Escámez, decano de los banqueros españoles, fallecido el pasado domingo y prototipo de un modelo de financiero hecho a sí mismo -sin fortuna personal ni estudios fue capaz de convertirse, por la vía de la meritocracia, en el presidente de uno de los siete grandes bancos históricos del país-, mantuvo una discreta pero relevante relación con Asturias. Arrancó en el momento de su llegada al sector y no terminó hasta su retirada.

El capitalismo asturiano fue determinante en la biografía profesional de Escámez. Fue a las órdenes de un banquero asturiano de origen leonés, Ildefonso González-Fierro Ordóñez (el histórico Ildefonso Fierro), como Escámez se introdujo en el negocio bancario en su Águilas natal, cuando en 1928, con sólo 12 años, entró como botones en el Banco Internacional de Comercio, que presidía el banquero de Soto del Barco y Muros de Nalón. Fue allí, y a la sombra del viejo Fierro, donde Escámez emprendió una trayectoria que le habría de llevar al Olimpo de la banca española.

La absorción en 1943 del Banco Internacional de Comercio por el Banco Central fue el segundo hito capital en el que Asturias impulsa la ejecutoria de Escámez, porque la negociación entre Ildefonso Fierro y el entonces todopoderoso presidente del Central, el legendario Ignacio Villalonga, permitió al joven bancario murciano incorporarse a aquél de los grandes bancos del país en el que acabó colmando su carrera profesional. La operación fue la primera de las dos veces en que los Fierro tomaron asiento en el consejo del Central y las dos fueron muy afortunadas para la carrera financiera de Escámez.

Villalonga, sin hijos varones y que se vio forzado a descartar como eventual sucesor en el banco a un famoso yerno muy controvertido, encontró en Escámez al vástago que no tuvo y, tras una concatenación de ascensos, lo encaramó a la vicepresidencia, abriéndole así la puerta para que lo relevase como presidente. La sucesión ocurrió en noviembre de 1973 y supuso que Escámez pasara a ser, en tanto que presidente del Central, un banquero con presencia industrial en Asturias.

El banco era accionista de la compañía minera leonesa MSP y de su filial gijonesa Mina La Camocha, y tenía además una participación en Unión Fenosa, dueña de la central térmica de Soto de la Barca. Pero, además, Escámez pasó a ser competidor directo de Asturiana de Zinc (Azsa), porque el Central era el banco titular de Española de Zinc, que entonces pugnaba por liderar la metalurgia nacional del cinc con la compañía de San Juan de Nieva.

Escámez, implicado a su vez en una titánica batalla por el liderazgo de la banca en España, en competencia con Banesto e Hispano Americano, y que conocía a los Fierro desde los tiempos del Banco Internacional de Comercio en Murcia, dio el golpe de mano en el «ranking» financiero cuando, nada más llegar a la presidencia del Central, absorbió el Banco Ibérico, propiedad de los Fierro, tras una negociación que permitió a esta estirpe de navieros, banqueros y empresarios volver al Central como uno de sus mayores grupos accionariales y como titulares de una vicepresidencia.

Aquellos años de crisis económica internacional, desencadenada por los dos «shoks» sucesivos del petróleo, dieron la oportunidad a Escámez para establecer otra relación fecunda con el empresariado asturiano. Un rumor difundido por una compañía de reaseguros puso en jaque a El Corte Inglés, sobre el que se filtraron informes que cuestionaban su solvencia. Escámez, sagaz y atento al quite, llamó al presidente de los grandes almacenes, entonces el asturiano Ramón Areces, y le ofreció toda la liquidez que precisara.

Hasta donde se sabe, El Corte Inglés no llegó a retirar cantidad alguna de aquella cuenta, pero el respaldo explícito del Banco Central fue suficiente para atajar los rumores. Allí nació una amistad profunda entre Escámez y Areces, que no se rompió nunca. Areces compró acciones del Central y en las juntas generales de accionistas siempre puso su paquete de títulos a disposición de Escámez para respaldar su gestión y sus propuestas.

De aquella relación entre Escámez y Areces nació un vínculo que fue decisivo luego en el final más amargo del banquero. Los hombres de El Corte Inglés introdujeron a los «Albertos» en las reuniones mensuales que celebraban las cúpulas de El Corte Inglés y del Central. Los primos y cuñados Alberto Alcocer y Alberto Cortina (casados con las hermanas Koplowitz, de las que Areces había sido tutor desde que quedaran huérfanas en 1968) consiguieron cumplir su sueño de ser banqueros merced al asesoramiento de los hombres del Central. Entraron así en el Banco de Fomento y en el Banco Zaragozano.

Pero, en plena etapa especulativa de finales de los años ochenta, en lo que se conoció como un «capitalismo de casino», en medio de una refriega de opas y contraopas, asaltos al poder, luchas intestinas y guerra de «dossieres» en el mundo de la banca, los Albertos emprendieron el asalto al Central en 1988, con la compra masiva de títulos sin conocimiento del banco.

Escámez, educado a la vieja usanza en una banca oligopolística y fundamentada en el respeto mutuo y cierto reparto del mercado, no daba crédito a este nuevo estilo de navajeo por sorpresa, traiciones y pactos antinatura. Que los Albertos se volviesen contra él fue una de las mayores decepciones que hubiese vivido jamás. Apenas le alivió el apoyo indesmayable de Areces, quien, entre sus pupilos (los Albertos) y Escámez, optó por el segundo y puso sus acciones a disposición del murciano.

Aquella guerra atroz y frenética forzó a Escámez a lanzar un órdago: pactó la fusión del Central con el Banesto de Mario Conde. El acuerdo con Banesto, que también tenía a los Albertos infiltrados en su capital a través de la sociedad Cartera Central, fue una alianza contra un enemigo común, pero también el abrazo de dos tambaleantes bancos para intentar mantenerse en pie.

El proyecto de fusión volvió a poner en relación a Escámez con la burguesía asturiana porque éste era el origen de algunos de los colaboradores de Conde en el consejo de Banesto. Pero la unión fue abandonada: el reparto futuro de poder, las desgravaciones fiscales solicitadas y otras cuitas abrieron diferencias entre ambas organizaciones.

El divorcio (en 1989, el mismo año de la ruptura matrimonial de los Albertos) puso a ambos bancos en el disparadero. Sus debilidades les acosaban. Banesto fue intervenido en 1993. El Central, que quería librarse de los Albertos y que precisaba una macrofusión para intentar resolver sus problemas, optó por unirse a otro histórico: el Hispano Americano. La fusión que Franco había vetado en los sesenta se materializó ahora, en 1991. Con ello Escámez volvió a conectar con Asturias.

El Hispano Americano había sido una entidad fundada por capital asturiano, que aún seguía presente en su accionariado, y además aún conservaba una significativa presencia industrial en Asturias: el Hispano seguía siendo accionista de referencia de algunas compañías de la región, fundamentalmente Duro Felguera. Pero, tras la fusión, el nuevo BCH entró en un acelerado proceso de desinversiones para generar recursos con los que sanear su balance. En 1992, el BCH vendió el 6% de Duro a Metallgesellschaft y poco después se deshizo del 2,5% restante.

Con todo, el empeño de Escámez y de su sucesor, José María Amusátegui (un hombre del Hispano) fue insuficiente. El BCH fue absorbido por el Santander de Emilio Botín en 1999.

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