El volumen total de crédito mengua pese al aumento del préstamo bancario nuevo

03.01.2016 | 01:08

El grueso de los beneficios proceden no de la operatoria propiamente bancaria sino de actuaciones no repetibles (venta de activos y de carteras, y enajenación de participaciones empresariales), por lo que se trata de resultados no recurrentes y que tienden a menguar a medida que se vende lo vendible. Y derivan a su vez no tanto de la parte alta de la cuenta de resultados (que sería lo más óptimo en términos de sostenibilidad y crecimiento del negocio) como de la parte baja (recorte de gastos, menores provisiones tras el gran esfuerzo de dotaciones realizadas en años precedentes, créditos fiscales por pérdidas en anteriores ejercicios... y reducción de costes con el mayor ajuste de empleo y oficinas que se haya hecho en la UE), lo que también tiende a agotarse. Parte de la mejora de los resultados del sector provino a su vez del negocio en el exterior, dijo en noviembre el gobernador del Banco de España, Luis María Linde, lo que ahora se está dando la vuelta, como evidencia la penalización a algunos grandes bancos por su exposición a países emergentes, sobre los que se ciernen las mayores incógnitas, mientras que otros bancos están expandiéndose a países menos cuestionados para evitar una excesiva dependencia del mercado español y sus debilidades.

Efecto bañera. En el primer semestre del año pasado los ingresos por créditos menguaron el 14% respecto al mismo periodo de 2014 y casi el 50% sobre los generados en 2012. Esto obedece a lo que cabría definir como efecto bañera. Aunque el crédito está creciendo (del grifo mana más agua que en pasados ejercicios: hasta octubre había aumentado el 11% en tasa anual), por el sumidero se va mucha más como consecuencia del elevadísimo volumen acumulado durante la etapa de la euforia. El elevado "stock" de crédito acumulado se está amortizando a mayor ritmo del que se generan nuevos préstamos y esto, que es bueno para el país -que figura entre los que tienen las familias y empresas más endeudadas de Europa y que precisa por ello desapalancarse-, supone un reto para la banca dado que esa merma (en parte, forzada por la insuficiencia de la demanda solvente de crédito) entraña una reducción del volumen de negocio en tiempos además en que los tipos de interés ínfimos estrechan los márgenes financieros.

A esta realidad se suma que el BCE, al tiempo que con una mano exige saneamientos y solvencia crecientes a las entidades financieras, con la otra las fuerza a asumir riesgos. Desde el 5 de junio de 2014 el BCE no remunera sino que cobra a los bancos que en vez de dar créditos depositan sus excedentes de liquidez en las cuentas que tienen en el banco central, lo que por el momento las entidades han trasladado sólo parcialmente a sus depositantes: apenas les remuneran el ahorro pero no han dado el paso de establecer tipos negativos y cobrarles por dejar su dinero en manos del banco.

Para salir del atolladero, el Banco de España y uno de los banqueros españoles (Ángel Ron) demandaron el año pasado subida de salarios en España para favorecer, dijeron, el dinamismo de la demanda interna, y en consecuencia del crédito. En el fondo también se busca generar inflación para obligar al BCE a subir los tipos y normalizar su política monetaria. A este mismo fin respondió que mientras el Fondo Monetario Internacional pidió a la Reserva Federal de EE UU que no subiera aún sus tipos para evitar distorsiones y recaídas en la economía global, el Banco Internacional de Basilea, que actúa como coordinador de los bancos centrales, reclamó la subida inmediata y gradual de las tasas para evitar la inestabilidad financiera.

Un banquero (José Sevilla) se quejó en los últimos meses de que España tiene las hipotecas más baratas de Europa. Y otros dos (Francisco González y José Oliu) denunciaron que algunas entidades, necesitadas de ganar cuota y volumen de negocio, están dado crédito a pérdidas y -como antes de la crisis- sin una suficiente evaluación de riesgos.

Exigencias de capital. Los requerimientos crecientes de capital y de solvencia por las autoridades regulatorias presionan a su vez a la baja la rentabilidad para el accionista, al igual que el recurso al pago de dividendos con la entrega de acciones. La banca trata de zafarse de esta presión con el cobro de comisiones (como se acaba de ver con los cajeros automáticos) o aumentando los diferenciales que aplican sobre los préstamos.

Los movimientos de la banca en busca de rentabilidad por estas vías choca con la impopularidad de las acciones que emprende con este fin, y más tras el fuerte deterioro reputacional que arrastra el sector por la acumulación de controversias a causa de los desahucios durante la crisis, las quitas a los tenedores de participaciones preferentes, las cláusulas suelo y techo, los rescates estatales de antiguos cajas, otras ayudas públicas al conjunto de la banca, los fracasos de algunas salidas a Bolsa y los escándalos por las elevadas remuneraciones de los altos dirigentes y sus blindajes, las autoindemnizaciones y las tarjetas opacas al fisco como remuneración oculta de alguna entidad a consejeros y directivos.

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