27 de agosto de 2017
27.08.2017

El pulso proteccionista persiste como opción en la táctica de repliegue

27.08.2017 | 03:20

El sistema financiera opta así también por la cautela y la gradualidad en la reactivación -que ya comenzó- de la actividad prestamista, atemperando la ampliación del crédito a la recomposición de la solvencia del sector y a la visibilidad de umbrales de rentabilidad que los bajos tipos de interés en vigor dificultan.

Tipos de interés e inflación. Las bajas tasas de interés no sólo emanan de la discrecionalidad de los banqueros centrales. Son también la expresión tangible de las fuerzas del mercado y la evidencia tanto de un exceso de ahorro e insuficiencia de inversión como de la prolongación del débil crecimiento de la productividad, lo que, como explicó el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su informe de octubre pasado, reduce la tasa de rendimiento del capital y da origen a un tipo de interés real más bajo.

La ausencia de un escenario suficientemente despejado que haga confiar en las posibilidades de una fase expansiva, y la búsqueda en su lugar de fuentes endógenas e intestinas de crecimiento, se ponen de manifiesto en el arraigo de la creencia -muy extendida- de que el nivel de equilibrio que precisarían alcanzar los tipos de interés para hacer posible el pleno empleo (la tasa de interés natural) se sitúa por debajo de la cota cero.

Tipos de cambio. Aunque el activismo sin precedentes de los bancos centrales se justifica por la necesidad de combatir la anomalía de una inflación muy baja, en la ultrarrelajación monetaria subyace la pretensión no reconocida de depreciar las monedas, que es otra forma de búsqueda del crecimiento introspectivo para ganar competitividad externa. Lo verbalizó de forma explícita el presidente de EE UU con sus críticas a China, Japón y Alemania, lo están promoviendo el Banco de Inglaterra y las fuerzas del mercado en el Reino Unido para contrarrestar el efecto del Brexit, lo persigue el yen con la expansión monetaria japonesa y con la reacción espontánea del mercado cambiario a las pretensiones proteccionistas de EE UU, y lo han evidenciado las últimas actas del BCE, en las que su consejo de gobierno expresó la inquietud por el fortalecimiento del euro a consecuencia del mejor tono del PIB de la zona, las dudas sobre la capacidad de Trump de cumplir sus promesas de estímulo y la interpretación de las palabras de Draghi en Sintra el 28 de junio como antesala de una inminente normalización de su política monetaria.

Proteccionismo. La adopción de barreras arancelarias y no arancelarias en 55 países en los últimos ocho años, el proteccionismo de Donald Trump en EE UU, el secesionismo británico de la UE, el ascenso de fuerzas euroescépticas en el continente, las proclamas de Marine Le Pen y en la última semana de Silvio Berlusconi en demanda del restablecimiento de monedas nacionales que convivan en sus países con el euro, las pulsiones independentistas en algunos territorios e incluso la propuesta de Alemania, Francia, Italia y España de reordenar la UE mediante la reconcentración de un "núcleo duro" constituyen reenfoques que caminan más hacia la contención que a la propulsión.

Demanda interna. Esta perspectiva de repliegue es la que también predomina en la actual fase de salida de la crisis, la que, tras el fin de la segunda recesión, en 2013, se está afianzando -como indicó el BCE en su primer boletín de este año- en la demanda interna, a diferencia de lo que había ocurrido al término de la primera -entre fines de 2009 y el segundo trimestre de 2011-, cuando fue el sector exterior el que ejerció la fuerza tractora como primera opción. Incluso en países que acrecentaron su capacidad exportadora durante la crisis, el fundamento crucial del dinamismo procede hoy del mercado interior. Y hasta la UE, un bloque con superávit comercial, sería deficitaria de no concurrir la contribución excepcional de Alemania. El comercio internacional, muy débil desde la crisis, aún se desfondó más el año pasado, lo que fue efecto -y a la vez causa- de que las economías buscasen escapatorias nacionales. Los datos disponibles y las previsiones indican un repunte este año de los intercambios globales tras dos ejercicios consecutivos de caída.

Devaluación salarial y ajuste. La demanda interna ha crecido apoyada en la reducción del paro y en la mejora de la renta disponible por la caída de los tipos de interés al 0%, el abaratamiento del petróleo y la baja inflación. Estas circunstancias aliviaron las reducciones salariales, las devaluaciones de las condiciones laborales y el prorrateo de la carga de trabajo mediante el fraccionamiento de contratos y jornadas.

La estrategia de la "austeridad expansiva" trató de generar ahorros para cerrar la brecha de los déficits fiscales mientras las ganancias de competitividad a través de las devaluaciones internas persiguieron la generación de excedentes para reducir la deuda exterior.

Es difícil aventurar el éxito de estas políticas (propias de un régimen de tipos de cambio fijos e irrevocables como los existentes en la eurozona) de no haber mediado las excepcionales condiciones de una expansión monetaria sin precedentes, tipos de interés ínfimos y abaratamiento del crudo. En todo caso sí se conocen algunas consecuencias que pueden amenazar el futuro.

Todas estas medidas (como ocurre con el proteccionismo) pueden ser expansivas a corto plazo y contractivas a largo. Las estrategias de miniaturización generan efectos coherentes y los empequeñecimientos tienden a empequeñecerlo todo, salvo las deudas, que siguen al alza. Las tensiones sobre la viabilidad del Estado de Bienestar y el sistema de pensiones guardan relación con el envejecimiento de la población pero también con la devaluación salarial y la merma de la población activa. Estos factores, junto con los recortes en educación, en investigación y otras partidas de gasto, también frenan -de perdurar- el potencial de crecimiento futuro. Y cuando se opta por la vía del reduccionismo, la tendencia es que todo se simplifique. El ascenso de los populismos y las reacciones aislacionistas son opciones simplificadoras que emanan como reacción a las estrategias introspectivas y a la depauperación y reducción de las clases medias. Por estas y otras razones, a la economía le urge entrar en una fase decididamente expansiva.

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