ÁNXEL VENCE
Tras sobrevivir a dos azotes electorales y muchas más conspiraciones dentro de su propio partido, Mariano Rajoy acaba de hacer bueno, al tercer intento, el lema heráldico que popularizó su paisano Camilo José Cela: «El que resiste, gana». Algo le habrá ayudado a coronar la cima de la Moncloa su conocida devoción por el ciclismo, que es deporte de fondo y resistencia donde los haya.
El escalador Rajoy sobrevivió a su primera y más inesperada derrota en el puerto de montaña de las elecciones de 2004, cuando fue arrollado en su camino hacia la Presidencia por unos trenes de cercanías. Sus críticos -y aun muchos que no lo son- le atribuyen una cierta propensión a la indolencia, pero lo cierto es que el ahora presidente in pectore siguió pedaleando hasta caer derrotado de nuevo cuatro años más tarde.
La suya parecía una clara vocación de Poulidor -aquel eterno segundón del Tour que siempre iba a rueda de Anquetil-, pero el impasible Rajoy porfió en desmentirla. Cuando casi todos daban por hecho el final de su carrera, el por dos veces derrotado candidato volvió a dar pedales para enfrentarse a las varias revueltas que los aspirantes a tomarle el relevo se animaron a encabezar dentro de su partido. Supo entonces hasta qué punto llevaba razón Churchill cuando proclamó la conveniencia de distinguir entre los adversarios, los enemigos a muerte y los tal vez más peligrosos compañeros de escaño; pero una vez más salió milagrosamente airoso. A fuerza de mantenerse en el sillín resistiendo todos los empujones de dentro y de fuera, el coriáceo Rajoy ha obtenido por fin el maillot amarillo de una mayoría absoluta con registros de récord. En España, el que resiste, gana.
Muchos atribuyen esa extraordinaria capacidad de supervivencia al talante entre galaico y british que es marca de la casa en Rajoy: un político convencido de que la mejor palabra es la que queda por decir. Ni siquiera en campaña electoral hay manera de sacarle un pronunciamiento tajante -como bien se acaba de demostrar- a quien pasa por ser un alumno adelantado de la escuela política de su paisano Pío Cabanillas: aquel ministro multiusos que en los últimos años del franquismo sentó plaza de ambigüedad en Madrid. Si Cabanillas era el paradigma de gallego astuto, socarrón y de humor mordaz con el que el tópico -tan inexacto como todos- suele retratar a los políticos del Noroeste, Rajoy ha fatigado aún con mayor frecuencia los despachos de casi todos los ministerios y, al igual que su aparente guía y maestro, se ha ganado en la corte una bien fundada fama de gallego profesional.
Cabanillas alcanzó el cenit de la galleguidad cuando en la víspera de ciertas elecciones pronosticó -con total acierto- que «vamos a ganar, eso es seguro; aunque todavía no sé quiénes». Rajoy le dio réplica años más tarde al responder a la pregunta de una periodista que se interesaba por sus posibilidades de suceder a Aznar: «Sobre eso», aclaró, «estoy pensando lo que usted cree que pienso». Retruécanos como ése en los que tanto abunda el próximo presidente del Gobierno han edificado su fama de político ambiguo tras la que unos ven indecisión y otros un mero propósito de despistar a la audiencia.
Lo cierto es que el propio Rajoy se ha esmerado en cultivar la imagen que lo define. La mayoría de los gallegos cree que es de Pontevedra y esencialmente se trata de un PTV o pontevedrés de toda la vida, lo que no entra en contradicción alguna con el hecho de que en realidad naciese en Santiago de Compostela. Pero aún hay más. Rajoy ha conseguido hacer creer a los deportivistas que es hincha del Deportivo, y a los celtistas que tifa por el Celta, aunque el equipo de sus amores seguramente sea -por razones generacionales y de crianza- el histórico Pontevedra que se acogía al lema: «Hai que roelo». No es improbable que ahora lleve a los madridistas a la convicción de que es un ferviente seguidor merengue, sin que por ello deje de dar la impresión de que el Barça le cae bien.
De toda esta casuística parece desprenderse que Rajoy es un prototipo clásico del gallego que por un lado ya ustedes ven y, por el otro, qué quieren que les diga. Puede que así sea, pero acaso su perfil responda más bien al de un hombre ubicuo -o, si prefiere, versátil y polivalente- que lo mismo vale para un roto que para un descosido. Su ya larga carrera política avala esa impresión.
Pocos otros políticos han desempeñado carteras tan distintas como las de Presidencia, Interior, Educación, Administraciones Públicas y tal vez alguna otra en su profuso trasiego de ministerio a ministerio. Previamente, se había entrenado como diputado autonómico en Galicia, presidente de la Diputación de Pontevedra y vicepresidente de la Xunta, puesto este último en el que ejerció por primera vez de bombero para apagar el incendio desatado por la insurrección de Xosé Luis Barreiro en el Gobierno de Gerardo Fernández Albor.
Esa habilidad en el uso de la manguera ha sido probablemente una de las claves que explican la escalada -trabajosa, pese a su extraña fama de remolón- que finalmente le ha llevado a la Moncloa. Hombre orquesta de la política, Rajoy dio la cara por el Gobierno (con riesgo cierto de que se la rompieran) en el peliagudo asunto del «Prestige» y en la aparentemente imposible defensa de la postura de Aznar en lo de Irak, pero ya antes había asumido la dirección de las dos campañas electorales de 1996 y 2000. Dos confrontaciones que su partido ganó y luego consolidó con una inesperada mayoría absoluta.
Bien pudiera ocurrir que la ambigüedad y la tendencia a la galbana que los caricaturistas le atribuyen no sean sino simples maniobras de distracción para confundir a público y crítica. Más que en el multiministro Cabanillas, Rajoy parece haber buscado inspiración en Theodore Roosevelt, aquel presidente americano de principios del pasado siglo que recomendaba «hablar suavemente y llevar un buen garrote en la mano» si uno quiere llegar lejos en la política. Perito en la aplicación de tal método, Rajoy se ha ido deshaciendo a silenciosos garrotazos de todos cuantos -y cuantas- pretendieron hacerle la cama dentro de su partido o, meramente, eran un lastre de trajes para su ascensión a la cumbre de la Presidencia.
Ahora que ha alcanzado la meta, al acreditado grimpeur Rajoy le queda aún por delante la subida al temible puerto de la crisis: un Tourmalet azotado por los vientos de la deuda, la recesión y los cinco millones de espectadores sin empleo que van a vigilar muy de cerca su carrera al borde de la ruta. Todo un reto para este corredor de fondo acostumbrado a manejar suavemente la estaca.