Don Tancredo, en la Moncloa

Si Calvo-Sotelo hubiese convocado elecciones tras el 23-F, habría arrasado, según opinan analistas próximos al ex presidente fallecido

 
Por la izquierda, Leopoldo Calvo-Sotelo, Matías Rodríguez Inciarte y Cosme Sordo Obeso, en 2001, en Madrid.
Por la izquierda, Leopoldo Calvo-Sotelo, Matías Rodríguez Inciarte y Cosme Sordo Obeso, en 2001, en Madrid. efe

Calvo-Sotelo estaba a punto de ser investido presidente del Gobierno cuando Tejero irrumpió en las Cortes a tiro limpio. Restablecida la normalidad, le aconsejaron convocar inmediatamente elecciones, según indicaron ayer a LA NUEVA ESPAÑA analistas entonces próximos al político de Ribadeo. Podría haber arrasado, aseguran. Pero no lo hizo, quedó atrapado entre la falta de empuje y la duda. Año y medio después, el PSOE fue el que logró una abultadísima victoria. Por algo a Calvo-Sotelo lo motejaron de don Tancredo: el toro de la crisis recorría España, y el presidente, quieto.

Oviedo, Javier NEIRA

Finales de febrero de 1981: Leopoldo Calvo-Sotelo hace su discurso de investidura como presidente del Gobierno. Unas semanas antes había dimitido por sorpresa Adolfo Suárez. Una sorpresa relativa porque la situación política era insostenible entre descontentos generalizados -la crisis económica llevaba dos años azotando sin piedad- y conspiraciones golpistas que apenas nadie se molestaba en disimular.


Un discurso de puro trámite porque en su partido, la UCD, tan dividido, no había, sin embargo, suscitado mayores problemas la sucesión de Suárez por Calvo-Sotelo; así que contaba con suficientes apoyos parlamentarios. Pero cuando en la tarde del día 23 de febrero se estaban contando los votos de la investidura, irrumpió Tejero y, entre disparos y amenazas, la historia de España dio un giro radical.


Después de las primeras horas de zozobra y tras la resolución del trance de forma favorable para la causa de la democracia, el ministro Pío Cabanillas dijo a Calvo-Sotelo: «Ahora tomas posesión como presidente e inmediatamente disuelves las Cortes. Dentro de dos meses, elecciones generales y ganamos por mayoría absoluta».


Sin embargo, Calvo-Sotelo se inclinó, como llegó a decir abiertamente, por seguir el llamado cuento de la madre Margarita, cargado de consejas de dudoso éxito: «Cuando murió la madre Margarita, su sucesora optó por seguir rezando como hacía la madre Margarita, seguir con las mismas labores de la madre Margarita, seguir con los mismos proyectos de la madre Margarita... y así hasta cambiar toda la vida del convento». Vamos que decidió modificarlo todo sin que se notase.


Pero lo cierto es que no cambió apenas nada. Año y medio después, la UCD registraba un fracaso electoral como no se veía en Europa. ¿Por qué?


No tenía la suficiente ambición. Le hicieron presidente del Gobierno y pensó: ya he llegado. En vez de dedicarse a poner el convento de la UCD y del Gobierno patas arribas -o mejor patas abajo porque de tan deteriorados estaban casi del revés a como debieran- en vez de optar por una revolución interna o al menos por los consejos del cuento del cambio prudente de la madre Margarita, que él mismo declaraba como su mejor estrategia, se decidió por el dulce paladeo del poder.


«Sí, le faltaba ambición para mantener la tensión necesaria, para desempeñar la presidencia del Gobierno».


¿Cómo era realmente Calvo-Sotelo? La respuesta de las fuentes ayer consultadas, próximas política y personalmente al ex presidente, es inmediata: «Tranquilo, culto y poco luchador».


No convocó elecciones anticipadas, no dio el golpe democrático que habría despejado cualquier posibilidad de un nuevo golpe de Estado porque, entonces, su Gobierno tendría un amplio apoyo parlamentario, y año y medio después todo se vino abajo.


Mejor convidar a los amigos a la Moncloa y disfrutar del poder que convocar elecciones y pasarse dos meses de dura campaña. Dura e incierta porque Cabanillas era muy inteligente, pero no infalible.


Esa actitud conformista que delataba pasividad le valió que los medios de comunicación le adjudicasen el mote de don Tancredo. El toro de la crisis política, engordado con la paralela crisis económica, se paseaba amenazante por la arena de España mientras Tancredo Calvo-Sotelo permanecía inmóvil en la Moncloa, centro simbólico del coso nacional.


Como toda regla tiene su excepción, en un caso, y no precisamente fácil, Calvo-Sotelo se mostró como un gobernante con determinación. Y es que, efectivamente, capitaneó el ingreso de España en la OTAN contra los vientos y mareas de la oposición de izquierdas, que se las gastaba con mucha rotundidad aunque años después, ya se sabe, donde dijeron digo añadieron «de entrada, sí». De todos modos, fue un ingreso con peros y matices quizá para no desmentir la leyenda del gobernante indeciso.


Inteligente, culto, irónico... «después de dejar la Presidencia del Gobierno mejoró», indican ahora quienes entonces estuvieron en su entorno. «Se hizo más accesible, menos estirado, mejoró su calidad humana». Con un grupo de amigos «Los Ruiseñores del Eo» cantaba habaneras en Ribadeo acompañados de guitarras. «Le gustaban mucho las habaneras, la poesía y los buenos chistes».


Como para gustos se hicieron los colores, desde otra perspectiva se indica que nunca llegó a estar verdaderamente enraizado en Ribadeo: «por eso perdió las elecciones de 1967, no logró salir procurador. Pero, bueno, entonces Franco lo hizo presidente del sindicato nacional de Industrias Químicas, cargo que llevaba implícito el de procurador, y así lo consiguió».


Si no respondió a las expectativa de quienes lo auparon a la Presidencia del Gobierno ¿por qué había sido el sucesor indiscutido de Suárez? «No hay duda: por su apellido. Era un Calvo Sotelo. Había riesgo de un golpe de Estado, como en seguida quedó demostrado y para eso el apellido contaba. El golpe del 23-F se paró en buena medida porque muchos militares no se sumaron ya que, según se afirma, decían: «A un Calvo Sotelo hay que darle una oportunidad»». Suárez, «que no tenía un buen concepto de Leopoldo, fue, sin embargo, quien lo propuso para sucederle. Lo dicho, contaba mucho el apellido».


Suárez criticaba de Calvo-Sotelo «su falta de reprís político. Sí, le gustaba mucho hablar, pero de todo menos de las cosas de su Ministerio. Esa afabilidad fue determinante en su vida. Siendo estudiante, participó en una huelga; pero en vez de ser detenido se acabó casando con la hija del ministro de Educación. Era uno de los líderes de la huelga, el Ministro lo invitó a comer, sirvió la mesa Pilar, la hija del Ministro, Leopoldo empezó a hablar -era un brillante conversador- y, en vez de ir a la cárcel, fue al altar».


Calvo-Sotelo, concluyen, «era un hombre de calidad, de minorías y, por eso, despegado del pueblo».

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