Palma de Mallorca, I. MOURE / B. PALAU
Federico, un argentino vecino de Palmanova, es el hombre que aparecía ayer en las fotos publicadas por LA NUEVA ESPAÑA intentando reanimar, junto al coche en llamas, a uno de los dos guardias civiles asesinados a primera hora de la tarde del jueves por ETA, mediante una bomba lapa, en el corazón turístico de Mallorca.
De repente, un ruido ensordecedor. Después, la confusión. Y cuando el desastre se hizo evidente, la contemplación del horror. La secuencia de los acontecimientos se produjo a toda velocidad. El resultado, el esqueleto de un vehículo carbonizado, dos cadáveres, nervios, gritos, lágrimas y miedo.
El horror tuvo testigos directos, que tardarán mucho en olvidar lo vivido ese jueves negro. Uno de ellos fue Federico, un argentino residente desde hace unos años en Calvià y con experiencia en cooperación internacional. La desgracia salió a su paso cuando paseaba sobre las 13.30 horas cerca de la Sala Palmanova.
«Yo estaba a unos 30 metros del lugar de la explosión. Cuando escuché el estallido me acerqué corriendo. Lo primero que vi, un coche en llamas y un cuerpo destrozado. Estaba fuera del coche. Vi que le faltaba una pierna. El otro guardia ya estaba muerto», cuenta.
Entre otros guardias civiles y él lo alejaron del vehículo que acababa de explosionar. «Lo movimos hacia una pared para estar más protegidos. Eran momentos de desconcierto. Había alguna mochila sospechosa y los agentes pensaban que podía haber más bombas en la zona», explica Federico.
Cuando lo atendieron, el agente todavía respiraba. Tenía pulso, aunque sangraba «por todas partes». «Soy socorrista y lo estuve reanimando, trabajando para recuperar su pulso y su respiración. Lo atendí durante unos diez minutos, hasta que llegaron los servicios de emergencia y los Bomberos», añade. Federico prefiere acabar aquí su relato. Dice que aún está conmocionado.
Las instalaciones de la Guardia Civil que sufrieron el atentado comparten espacio con otras dependencias. Entre ellas, un centro de salud. Aquí trabaja el doctor Pilco. Su relato es el siguiente: «Primero escuchamos un ruido tremendo. Al principio pensamos que se trataba de una explosión de gas. Pero después salimos a la calle y vimos el humo que salía del coche. Olía a pólvora. Trajeron extintores, pero el fuego era demasiado grande para controlarlo. En ese momento entraron los guardias civiles en el centro y nos dijeron que nos fuéramos de allí. Dentro del edificio había restos de coches».
El doctor Pilco confirma que un vecino (Federico) ayudó a arrastrar el cadáver a una distancia prudencial del coche en llamas. «Lo empezamos a reanimar, pero ya vimos que no se podía hacer nada para salvar su vida. Tenía unas heridas gravísimas», declara.
«Yo estaba con mi madre en el médico», cuenta un joven londinense llamado Ian. «Cuando escuché la explosión corrí hacia la ventana y pude ver el coche incendiado y mucha gente llorando. Era una situación de pánico. Entonces he visto a un grupo de médicos alrededor de una persona que tenía el cuerpo carbonizado».
«Durante unos ocho o diez minutos lo han intentado reanimar», agrega este ciudadano inglés durante una pausa de una de sus continuas llamadas telefónicas.
En las historias relatadas por los trabajadores del centro de salud destaca la alusión a un elemento salvador: un camión de bebidas que hizo de improvisado parapeto. Un escudo con ruedas que posiblemente salvó más vidas al detener la onda expansiva de la deflagración.
Otra residente en la zona, Inma, cuenta lo que sintió: «Yo pensaba que había caído una pared o un mueble. O que había habido un fuerte pelotazo en las puertas de metal. Pero en seguida he visto que nada de eso. Sobre todo cuando he visto a un hombre gritando "¡qué catástrofe, qué catástrofe!". Los turistas no paran de preguntarme por lo que ha pasado».
Pero no todos los turistas parecían interesados en lo sucedido. Al margen del trasiego de policías, un gran número de visitantes chapoteaban el jueves despreocupados en las piscinas o en las playas.