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La petición de independencia para Canarias causa indignación Don... sin «don»

n El dueño de «El Día», de educación nacional-católica, se cree el tramoyista de las «fuerzas vivas» de Tenerife

 
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La petición de independencia para Canarias causa indignación Don... sin «don»
La petición de independencia para Canarias causa indignación Don... sin «don»  

JOAQUÍN CATALÁN DIRECTOR DE «LA OPINIÓN DE TENERIFE» Santa Cruz de Tenerife

La petición de independencia para Canarias del diario «El Día» de Tenerife ha provocado una ola de indignación en las islas. El periódico de José Rodríguez Ramírez dedicaba su primera página el pasado viernes a pedir la independencia con el titular de «Libertad para Canarias» y el subtítulo de «Canarios sí, pero sin jaula». Y todo ello ilustrado con dos fotos, una de un canario en libertad y otra de unos supuestos guanches primitivos felices alrededor de una pieza de caza.

Las reacciones no se hicieron esperar. Santiago Pérez, portavoz socialista canario, resalta que «el periódico se hace eco de unas actitudes sociales que permiten imaginar perfectamente cómo sería la sociedad canaria en un estado independiente. Sería una sociedad profundamente autoritaria en la que se practicarían actitudes xenófobas». Ramón Trujillo, coordinador de IU en Canarias, señaló que es «una muestra del caciquismo y el servilismo que siguen imperando en las islas» y resaltó que «los comentarios racistas son de tal bajeza intelectual que no merecen más que un profundo desprecio».

Las webs de «La Opinión de Tenerife» y «La Provincia» de Las Palmas, del mismo grupo editorial de LA NUEVA ESPAÑA, mostraban la indignación de sus lectores con numerosos comentarios.

Quienes eludieron opinar fueron los líderes de Coalición Canaria y del PP alegando que no hablan de la línea editorial de los diarios y que todo el mundo conoce sus ideas sobre la españolidad de Canarias.

1925 no tiene la culpa, pero fue el año en el que José Rodríguez Ramírez, editor y director del periódico tinerfeño «El Día», vio la luz. Tiene hoy 84 años. Cualquier mortal, hace ya mucho tiempo, hubiera preferido vivir la vida y «aparcar» las ilusiones perdidas. ¿Qué jeroglífico es éste? Es sencillo. «Don Pepito» llegó a este mundo y tuvo la fortuna de ser sobrino de un periodista y escritor de prestigio -nunca ponderado con exactitud, aunque elogiado- llamado D. Leoncio Rodríguez, fundador de «la Prensa», periódico matriz de «El Día», que el próximo año saboreará el centenario. Sí. Estudió en la Escuela de Comercio, se empleó en el Instituto Nacional de Previsión, y, por arte de magia, y por familia, heredó dos periódicos -«El Día» y «Jornada Deportiva»- a los cuales, hace pocos años «casó», con campaña al uso incluida, para ofrecer al público unas páginas arrodilladas al poder, y viceversa -en su línea editorial, ojo, y plenas de profesionalidad de sus empleados, de todos los departamentos- para disfrute de no se sabe quién. Pero vende, por tradición y por costumbre, que es lo mismo.

Conocedor de sus limitaciones, buscó la «envoltura coloreada» del insípido caramelo para disfrazar su frustración: a petición propia y por encargo, se tradujo y traduce en medallas, calles, plazas y plazoletas, metopas, títulos, honores, insignias? ninguna, por magnífica que sea, alimenta su inmensa vanidad. «Si quien la otorgó no se pliega, me la pagará, peor para él», o así, pero muy similar, solía decir. Nunca pudo empachar su vanidad, pero tampoco su celo, su desconfianza «natural» ante todo -sobre todo ante su círculo más apegado y más fiel- y sus ansias de explotar su mediocridad, traducido en «poder virtual», con lo mejor y lo peor, para quien lo quiera entender. Es lector habitual de novelas y ensayos, posee una magistral memoria histórica de la alta sociedad tinerfeña -no de los desarrapados ni de los contrarios a «su» régimen-, enamora con su falsa caballerosidad -de frente se asusta y en la soledad castiga- y se cree el tramoyista de las «fuerza vivas» -sic- de la sociedad tinerfeña y, lo que es peor, el líder de una masa de lectores que odian a Gran Canaria y al resto de las islas y que, lógicamente, lo reprochan y se carcajean en privado y se «amaneran» en la esfera pública. Así es, pese a quien pese, y todos saben que así es.

Lo peor, y lo más ininteligible, es su pensamiento actual, o su intento último de erigirse en el «salvapatrias», en el adalid de la imposible independencia de las islas: su educación, fíjense, es conservadora -la almidonada, no la actual-, nacional-católica, y su ideal, su modelo de convivencia, es carca, antiguo, apolillado. No en vano se forjó durante una larga etapa, previa al control accionarial del periódico, en que fue funcionario público del franquismo y adorador sin condiciones del poder militar del Estado. En buena parte de aquella etapa, el medio hoy separatista ostentaba en su cabecera el yugo y las flechas, sin que el ahora editor/director tuviera reparo en dedicarle la mitad de su jornada laboral tras el horario del Instituto Nacional de Previsión.

Por presiones, por consejo mal enfocado, se ha tornado, con la edad, en un alegato independentista que se deslizará por un barranco muy a su pesar. Ha pedido la independencia de Canarias el mismo día en que la Corona, el Gobierno del Estado y los gobernantes canarios se reunían -en el primer caso, debido al funeral por el fatal fallecimiento de un soldado canario- para inyectar la economía necesaria para que el archipiélago pueda afrontar un futuro, ajeno a politiqueos, y para pasear el nombre de las islas por todo el mundo con la cabeza bien alta. Ha «bombardeado» la oficialidad -siglas fuera, porque en el plan Canarias se han involucrado las ideologías más variopintas-, la seriedad, la nobleza de un pueblo, la decencia, la sensatez y el desarrollo de su gente. Se ha querido reír de todos, pero no lo ha conseguido.

Canarias es mucho más, es la unión de un pueblo que, con esfuerzo y sorteando miles de dificultades, se empeña en prosperar y en acariciar el horizonte, muy a pesar de personajes de cómic que lo evitan con insultos, reproches, algaradas y separatismos.

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