Claves sobre el 23-F 3

«La Acorazada Brunete resultó primordial en el fracaso del 23-F»

l «Quintana Lacaci y Sáez de Tejada tuvieron un papel clave en mantener en su sitio a la división más potente del Ejército»
l «Según avanzan las horas, vamos de sorpresa en sorpresa, por ejemplo, cuando parece que Armada está implicado»

 
«La Acorazada Brunete resultó primordial  en el fracaso del 23-F»
«La Acorazada Brunete resultó primordial en el fracaso del 23-F»  
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AGUSTÍN MUÑOZ GRANDES TENIENTE GENERAL, AYUDANTE DE CAMPO DE DON JUAN CARLOS DE 1979 A 1982 J. MORÁN Tan sólo 19 días antes del golpe de Estado del 23-F iba a producirse en el País Vasco un suceso que tensaría al máximo los ánimos de las Fuerzas Armadas españolas y que crisparía definitivamente al grupo de militares que planeaban algún tipo de insurgencia militar.


Pero aquel hecho, la algarada contra el Rey Juan Carlos en la Casa de Juntas de Gernika, el 4 de febrero de 1981, había sido objeto de meticulosos análisis previos en la Casa del Rey, e incluso su resultado, pese al tumulto, llego a producir cierta satisfacción en el entorno del Monarca.


Sin embargo, «se echó encima el 23-F», tal y como comenta hoy el teniente general Agustín Muñoz Grandes, que fue ayudante de campo de don Juan Carlos desde 1979 a 1982 y, por tanto, compañero directo del entonces secretario de la Casa del Rey, Sabino Fernández Campo, fallecido el pasado 26 de octubre.


Muñoz Grandes revisa para LA NUEVA ESPAÑA lo que va de un suceso a otro, de Gernika al golpe, y la labor de Fernández Campo tanto para anticipar las dificultades del duro momento político como para encarar sucesos tan graves como la intentona del 23-F.


En vísperas de aquella primera visita oficial del Rey al País Vasco «se habían estudiado los posibles sucesos, por ello no fue una sorpresa para el Rey y aguantó aquel abucheo». Don Juan Carlos llevaba «un repertorio estudiado de lo que podía pasar, un repertorio muy lógico que los días anteriores se preparó con colaboradores como Sabino Fernández Campo, o con Marcelino Oreja, que era delegado del Gobierno en el País Vasco».


Tras el suceso, protagonizado por 30 junteros de HB al entonar el «Eusko Gudariak» (himno al soldado vasco), «comimos en un restaurante típico, en un caserío, y percibí incluso en personas del PNV que se había dado un paso hacia la aceptación del liderazgo de la Monarquía».


Sin embargo, poco más de dos semanas después era ya el día 23 de febrero. «Yo había tenido servicio por la mañana; llegué a casa a comer y por la tarde pusimos la televisión», rememora Muñoz Grandes. «Cuando empezó el lío, cogí el coche y a los cinco minutos estaba en la Zarzuela. Allí estaba el Rey, en chándal, y con la gran sorpresa ante sus ojos». Se da entonces un hecho paradójico, ya que «cuando pudimos enterarnos de que había entrado la Guardia Civil con Tejero hubo un suspiro de alivio, porque aquello no era del GRAPO o de ETA, que era lo que en un momento dado se pensó y que podía ser una masacre».


A partir de ese momento, los sucesos se precipitan. «Sabino entraba y salía del despacho del Rey, o del mío, que estaba al lado; tenían que mantener sus conversaciones. En momentos dados, Sabino se iba a su despacho para hablar por teléfono. A veces cerraba la puerta, pero no creo que le importase que lo que dijese lo escuchásemos. Volvía después al despacho del Rey».


Muñoz Grandes vio a un Fernández Campo «oportuno en el maneja de los tiempos, que estuvo activo toda la noche sin el menor síntoma de cansancio, sin que decayese el ánimo ni un momento y sin el menor síntoma de catastrofismo». Al contrario, «transmitía, dentro de la preocupación, la seguridad de que aquello se resolvía».


Pero «según avanzaron las horas, fuimos de sorpresa en sorpresa, por ejemplo, cuando parece que Armada está implicado». Grandes señala que «a Armada lo conocía bastante y lo respetaba; era un hombre de categoría, de mucha categoría. Y también apreciaba mucho a don Jaime Milans, que había sido en aquella etapa del Ejército el militar ídolo, sobre todo cuando manda la División Acorazada Brunete». Jaime Milans del Bosch «había sido ya un capitán brillante en la División Azul, de la que mi padre fue general». En efecto, el entonces ayudante del Rey es hijo del general Agustín Muñoz Grandes (1896-1970), que combatió en la Guerra de Marruecos, en la Guerra Civil Española y en la Segunda Guerra Mundial; posteriormente fue ministro del Ejército y vicepresidente con Franco.


Sobre el general Alfonso Armada en particular, Muñoz Grandes destaca que «había producido satisfacción en las Fuerzas Armadas que fuera nombrado unos meses antes segundo jefe del Estado Mayor del Ejército; se decía entonces: "Bueno, viene Armada, que es un hombre que va a enderezar muchas cosas". Sin embargo...».


Durante la tarde del 23-F, «los que teníamos contactos con las personas que estaban implicadas hablamos con ellas y contribuimos en una pequeña medida a hacer de intermediarios del Rey», explica Agustín Muñoz Grandes, que habló ese día con varios compañeros, ya que «muchos de los que estaban en la División Acorazada eran muy amigos míos».


Esa división del Ejército, «la más potente y preparada» de las Fuerzas Armadas, y establecida en las afueras de Madrid, «iba a ser primordial en el fracaso del 23-F. El capitán general de Madrid Quintana Lacaci fue una figura clave para mantener el orden, junto con su jefe de Estado Mayor, Sáez de Tejada, que luego llegó a ser jefe del Estado Mayor del Ejército. Ellos tuvieron una postura clave en mantener la División Acorazada en su sitio». Y el oficial al mando de la División Acorazada, José Juste, «lo pasa mal porque por la tarde se encuentra en su despacho a Torres Rojas, cuyo destino estaba en La Coruña, hombre de prestigio, también apasionado y sometido un poco al carisma de Milans». No obstante, «Juste tiene una actuación correcta y hábil», indica Muñoz Grandes.


El ayudante del Rey redacta algunos textos, como el télex que el Rey le envía a Milans para que retire el Estado de guerra en Valencia. «Hay un momento en el que Milans seguía adelante. Entonces se le envía una orden muy concreta, que yo redacté y aprobó el Rey, con Sabino delante». No obstante, «esto de los textos que le preparábamos al Rey se ha malinterpretado, como si hubiera otros protagonistas y él se limitara a leer las cosas que le dábamos». En realidad «redacté los documentos por encargo del Rey».


Muñoz Grandes concluye con que «tuve el convencimiento toda esa noche de que el Rey estaba completamente ajeno al golpe y nunca dudó de lo que tenía que hacer». Para ello «el consejo de Sabino fue importantísimo, reforzando esa postura de don Juan Carlos».

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