MATÍAS VALLÉS
Antes de ser nombrado ministro de Aviación, título pertinente, dado que aeropuertos y controladores monopolizan su trabajo, José Blanco volaba habitualmente en clase turista, junto a la ventanilla y con su escolta en el asiento adjunto. El detallismo en la liturgia aérea corrobora que el avión no es un medio de transporte corriente. Al amparo del más excepcional de los atrevimientos humanos, los ingresos y prebendas de los controladores que gobiernan el vuelo desde tierra se han multiplicado con mucha mayor intensidad que los beneficios de los comandantes, supuestos artífices del reiterado pero siempre sorprendente milagro de volar. La última película de Michael Moore revela la precaria situación económica de los pilotos estadounidenses, que «Capitalismo, una historia de amor» retrata condenados al pluriempleo. El diálogo entre un piloto español y un pasajero recién ingresado en la cabina sintetiza la modestia que todavía alberga ese gremio.
-Ponemos nuestra vida en sus manos.
-Pero sólo por un rato.
En cambio, el paraíso de los controladores aéreos, fortificados en las torres inexpugnables que hoy asedia un ministro, recuerda un convenio laboral redactado sin parte contratante, y ahí radica la responsabilidad del Gobierno. El personaje del año es el controlador que ganó cerca de un millón de euros en 2009, convirtiéndose así en el empleado público mejor pagado de la historia de España. Conforme se iba cimentando una cifra que requiere de un infierno de horas extra, y que se engrosaba al ritmo de tres mil euros diarios, ni Aena ni Fomento interceptaron el despropósito. La situación contra la que hoy clama Blanco ha sido tolerada y alentada por su gabinete, por no hablar de los anteriores. ¿Quién controla a los controladores?
El controlador del millón de euros ganó más en un mes que Zapatero en un año. Y trabajando, lo cual acentúa el mérito. Los controladores tienen los sueldos por los aires, y disfrutan en España de una estructura feudal que opera con leyes propias y viene reforzada por los presuntos arcanos de su misión trascendental. También el mundo del cine ha relativizado la omnipotencia del control que ejercen. La película «United 93», sobre el único avión que no coronó su destino en el 11-S, relata la suma de despropósitos que cuestiona la calidad de la vigilancia aérea, y que ya figuraba en el trabajo de la comisión que investigó los atentados.
Se diría que los controladores son el colesterol de Fomento, pero Blanco se manifiesta desde la grandilocuencia que atribuye la salvación de Aena, que pierde un millón de euros diarios, y una rebaja del precio de los billetes, cuando uno de los problemas de la aviación son las tarifas minúsculas, a un mero recorte salarial. El conflicto con el Ministerio interesa como precedente, porque es el primer enfrentamiento de Zapatero con un colectivo privilegiado a sus órdenes. Por orden de remuneraciones, debería haber empezado por los notarios. O por los registradores de la propiedad, en un aviso a Rajoy. Los banqueros son intocables, porque suministran al Gobierno el mismo crédito que niegan a los particulares.
Blanco puede sucumbir a la soberbia de equipararse a Ronald Reagan, que en su primer año de mandato reprimió a los controladores desafiantes. Un millar de ellos enfermaban simultáneamente, aunque la baja de una profesional obliga a cerrar una pista de Barajas. La militarización a precio de ganga que llevó a cabo el presidente americano es tentadora, pero las huelgas del sector han sido catastróficas. Durante el conflicto laboral de 1973 en Francia dos aviones españoles se estrellaron sobre Nantes en pleno vuelo, con 68 muertos.
En los aviones no hay ateos, son el último templo de la religiosidad contemporánea. Una persona que vuela a diez mil metros de altura y a 900 kilómetros por hora desea que el controlador y los pilotos estén bien pagados. Ahora bien, si esos sueldos comportan la exigencia de trabajar un exceso de horas con la consiguiente merma de sus facultades, el salario desproporcionado se transforma en una doble amenaza para el pasajero.