ENRIQUE RODRÍGUEZ DE LA RUBIA
El alto el fuego decretado ayer por ETA se produce tras más de un año sin atentados mortales y con una banda terrorista muy debilitada y acosada en todos los frentes, policial, judicial y político, no sólo en España, sino también en Francia y en Portugal, donde pretendía reeditar su antiguo «santuario» francés.
Desde la ruptura del último alto el fuego, con el atentado de la T-4 en diciembre de 2006, ETA ha sido descabezada en seis ocasiones, la última el pasado 20 de mayo, con la caída de Mikel Carrera, «Ata», y de su lugarteniente en el aparato militar, Arkaitz Agirregabiria.
Uno tras otro han sido detenidos todos sus jefes, desde el histórico Francisco Javier López Peña, «Thierry», el 20 de mayo de 2008, hasta el más duro de los duros, el responsable de la ruptura de la última «tregua», Garikoitz Aspiazu, «Txeroki», arrestado en noviembre de 2008.
Sin pausa, la banda ha sufrido golpes en toda su estructura, con más de 400 etarras detenidos desde 2007, 68 de ellos en 2010, lo que ha dejado muy maltrecha su capacidad de atentar. De hecho, el último atentado mortal fue el 30 de julio de 2009 en Mallorca, sin contar el asesinato del policía francés Jean-Serge Nerin en un tiroteo el pasado 16 de marzo en Francia.
El desmantelamiento de su fábrica de bombas en la localidad portuguesa de Óbidos el pasado febrero también supuso un durísimo golpe para la banda, que confiaba en poder escapar del acoso policial en España y Francia.
«Si ETA no ha atentado es porque no ha podido, no porque no haya querido», resumía hace unas semanas el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, que ya advertía a la banda de que ya no valen «treguas» temporales, sino el abandono definitivo de las armas. Ante los rumores insistentes sobre el inminente anuncio de un alto el fuego, el titular de Interior descartaba cualquier tipo de diálogo y reiteraba la estrategia del Gobierno: «detener, detener y detener hasta que esto acabe».
En el frente político, el cerco policial y judicial también se ha cerrado un poco más, con la detención en octubre de 2009 de siete destacados miembros de Batasuna, entre ellos Arnaldo Otegi, cuando planeaban «renovar» su mesa nacional. Con Batasuna entre rejas, la llamada izquierda aberzale ha intentado buscar algo de oxígeno firmando un acuerdo con EA en el que establecen como objetivo común la creación de un Estado vasco independiente y reclaman a ETA «un alto el fuego permanente y con verificación internacional».
El sábado mismo, el secretario general de EA, Pello Urizar, aseguró que a la banda no le iba a quedar «más remedio» que responder positivamente cuanto antes a la demanda de alto el fuego de su partido y de la izquierda aberzale.
Entretanto, en las cárceles la disidencia de los presos etarras ha ido también en aumento y han sido muchos los reclusos que han roto la disciplina de la banda o que directamente han sido expulsados de la organización.
En los últimos meses, el Ministerio del Interior ha ido agrupando en las prisiones de Zuera (Zaragoza), Villabona (Asturias) y Nanclares de Oca, en Álava, a un nutrido grupo de presos que, de una forma u otra, se han alejado de la banda. El caso más paradigmático es el de la sanguinaria etarra Idoia López Riaño, «La Tigresa», que fue trasladada a finales del mes de junio a la prisión de Nanclares, después de que firmara un escrito en el que se desmarcaba de la organización terrorista.
Al aumento de la disidencia en las cárceles ha ayudado sin duda la detención en el mes de abril pasado de una decena de abogados del entorno de la banda que se encargaban, entre otras tareas, de mantener una férrea disciplina sobre el colectivo de presos.