Oviedo
La última vez que la banda terrorista ETA actuó en Asturias fue el 15 de agosto de 2004. Aquel día, a la una y media de la tarde, un artefacto artesanal de escasa potencia explotaba junto al puerto de Llanes, a doce metros de distancia del lugar que ocupaban el delegado del Gobierno en Asturias, Antonio Trevín, y varios agentes que dirigían el desalojo de la zona. Los terroristas habían avisado una hora antes de la colocación del explosivo «junto al puerto de los cubos», mediante una llamada de teléfono a LA NUEVA ESPAÑA. Era el tercer atentado de la organización terrorista en un plazo de ocho días, tras la explosión de sendos artefactos en Ribadesella y Gijón, con más de 200 gramos de amosal.
La particular «campaña de verano» etarra se saldó sin heridos, pero pilló desprevenida a una región donde ETA no actuaba desde hacía siete años. Concretamente, desde el 21 de julio de 1997, cuando intentaron lanzar cinco granadas contra el cuartel del Cuerpo Nacional de Policía de Oviedo. Tres de ellas no llegaron a estallar debido a un fallo en los temporizadores, mientras que las otras dos se desviaron de la trayectoria prevista y cayeron una, en la avenida de Galicia, hiriendo a una vecina; la otra, en un patio de luces de la avenida de Buenavista, causando sólo daños materiales de escasa importancia.
El blanco que fallaron los etarras eran los más de cien agentes que, en el momento de las explosiones, había en la sede policial. El entonces delegado del Gobierno en Asturias, Fernando Fernández Noval, lo vio claro: «Buscaban hacer el mayor daño posible». El presidente del Principado, Sergio Marqués, mostró su «desprecio» por «la barbarie de las fieras». En noviembre de 1996 la banda ya había hecho estallar dos artefactos en Gijón sin causar daños personales, uno en el Palacio de Justicia y otro frente a una farmacia propiedad de la familia de la ex secretaria de Estado para Asuntos Penitenciarios y actual alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso, que mostró su «indignación» y su «alivio» por que no hubiera víctimas.
Con ese atentado, que la Policía atribuyó a un comando itinerante con «apoyo estable» en el Principado, los etarras pretendían la reagrupación de los presos en el País Vasco, una de las reivindicaciones fundamentales de la banda. Supusieron, además, un cambio en la estrategia de ETA en Asturias, que había estado marcada por el sabotaje desde que la banda hizo su primera aparición en la región, en verano de 1979. Ese año, varios activistas de ETA político-militar se llevaron del Banco Herrero de Oviedo 130 millones de pesetas, 90 de ellos, destinados a pagar parte de la nómina de Hunosa. Era el mayor atraco de la historia de España, un robo casi de película en el que el comando retuvo al personal de la entidad, abrió la cámara acorazada y huyó a tiros. La operación había comenzado el día anterior, con los etarras haciéndose pasar por fontaneros que buscaban una vía de agua en el edificio.