dardos en la diana

Misterios de la democracia: el 23-F

El asalto al Congreso, hace hoy 31 años, en el relato de un testigo directo. «El Rey me preguntaba, de vez en cuando, ¿no nos estaremos equivocando, Sabino?», confesó Fernández Campo en una comida privada al día siguiente de la asonada

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Sabino Fernández Campo, en su domicilio de Oviedo. | jorge peteiro
Sabino Fernández Campo, en su domicilio de Oviedo. | jorge peteiro 
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EUGENIO SUÁREZ Vivimos, en teoría, la época de mayor amplitud informativa de nuestra Historia, sin censuras aparentes ni cortapisas y, sin embargo, como negra nube, flotan en el ambiente misterios y secretos. Dicen que, al cabo del tiempo, todo se sabe y no es cierto. Con mayor o menor estruendo celebramos, en la vecindad de las carnestolendas, el episodio del asalto al Congreso de los Diputados, el ya famoso 23 de febrero de l981, del que se han ocupado los medios, con la minuciosidad dedicada a los acontecimientos pasados cuando urge tapar la podredumbre o la gravedad de los actuales. Cada año sabemos un poquito más, lo que significa ignorar aún buena parte del asunto.

Por razón del oficio, en aquellos tiempos dirigía el semanario «Sábado Gráfico», de mi propiedad, y quise entrar en lugares que no había visitado jamás, entre los que estaba el Palacio de las Cortes, con el nombre restituido de Congreso de los Diputados. Me acredité como informador y asistí a bastantes sesiones. El Hemiciclo es una visión familiar por las veces que ha salido reproducido en la tele y es fácil de ubicar la tribuna de la Prensa, porque está, enfrentándose a la Presidencia, en la parte derecha, el primer nivel, sobre el ruedo de escaños. Por deferencia de los periodistas que ocupaban la triple fila de bancos, me cedieron la silla que estaba en el pasillo que divide aquella especie de palco. La única vez que me arrebataron el puesto lo hizo la pintoresca jefa de prensa del PSOE y mandamás en el gabinete de Felipe González, una alemana llamada Helga Soto. Su apellido era Diekhoff, de padres nazis según declaraciones de ella misma, nacida en Kiel y llegada a España para aprender el idioma en 1966. Se casó con un señor apellidado Soto, que la liberó del nombre, difícil de retener. Creo que supe quién fue tal cónyuge, pero ha desaparecido de las referencias biográficas. En este acopio de menudencias la traigo por ser infrecuente, quizás imposible, que una persona de procedencia extranjera pueda convertirse en la más estrecha colaboradora del jefe del Gobierno, pero aquí ocurren las situaciones más pintorescas.

Resumiendo, yo era habitual del Congreso y aquella fría tarde de febrero acudí a mi puesto pronto, dispuesto a abandonarlo, pues la sesión se anunciaba soporífera. Comenzó el recuento, por parte del presidente de la institución, Landelino Lavilla, ante un aforo abarrotado. La transmisión de poderes, de Adolfo Suárez a Leopoldo Calvo-Sotelo, se puso en marcha y sonaba la voz aburrida del presidente y la respuesta de los solicitados: sí, sí, no, sí, no, no, sí, sí. El resultado se conocía de antemano, abandoné la silla y bajé para alcanzar la salida. Bastante gente en los pasillos y el bar, porque los asientos de la Cámara estaban ocupados por políticos, miembros del Gobierno, diplomáticos e invitados en las gradas superiores, o sea, el mundo político español, en su 80 por ciento.

En el salón de «los pasos perdidos», que es el espacio central del Palacio, el pasillo circular de accesos, conocido como la «M-30», entonces recién inaugurada carretera de circunvalación madrileña, salitas públicas y el bar, estaban cuantos no habían encontrado plaza sentada. Entre otros, el diplomático Ignacio Aguirre Borrell, tío carnal de la que ahora es presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, hombre jovial, gordo y avispado, en aquel momento secretario de Estado de Información. Olfateaba el cambio de partidos para seguir destinado en Madrid y ocuparse de negocios inmobiliarios que llevaba con la ayuda de su simpática esposa. El funcionario que desempeña un puesto relevante era pagado «en oro», como si estuviera destacado en el extranjero; quiero decir, el salario equiparado al valor de la peseta emparejada al valor del oro. Maniobró bien, pues le hicieron nada menos que secretario de Estado para el Turismo, una bicoca especialmente al esperar la autorización del juego en España -prohibido desde antes de la dictadura de Primo de Rivera- y controlar las oscilaciones en el precio del terreno próximo. Era un buen taurófilo e incluso, pese a su volumen físico, le gustaba dar unos mantazos en las tientas camperas. Murió hace poco.

Con él estaba charlando en el momento en que se escuchó un gran estrépito inusual. Un grupo de hombres, algunos de paisano y otros con uniformes verdes, cruzó el salón, precipitándose hacia el Hemiciclo, cuyas puertas estaban cerradas como se hace al encontrarse en plena votación. A su paso, aquella gente, armada de metralletas y pistolas, nos apuntaron, con la intimidación: «Al suelo, al suelo». Estaba yo apoyado en la pared y me dejé resbalar sobre la moqueta. Aguirre se tumbó boca abajo y ante mis narices quedó una de sus piernas. Estábamos en pleno invierno, cualquier tono moreno había desaparecido y, durante unos segundos, contemplé aquella pantorrilla gorda y blancuzca, con el calcetín bajado, y me vino a la mente una comparación estúpida: parecía una gran merluza cocida sobre el plato de la rica alfombra, como ya he escrito alguna vez.

A la vuelta de un pasillo se encontraban los teléfonos usados por periodistas y diputados. En el relativo silencio que se impuso, escuchamos un vozarrón que gritaba a la telefonista: «¡No me moleste nadie, si no es una llamada de Valencia!». El que hablaba era el jefe de la banda, sin duda, y le pregunté a mi compañero caído: «¿Sabes quién está de capitán general en Valencia?», pues yo ignoraba el dato: «Milans del Bosch», me informó. En eso, cruzó el espacio ante nosotros un teniente coronel de la Guardia Civil, a quien nunca había tratado, pero cuya efigie era conocida por el asunto «Operación Galaxia». Los grandes bigotes resultaban inconfundibles, los de Antonio Tejero Molina.

Supongo que mi espíritu reporteril hizo que me levantase y corriera hasta su lado: «Mi teniente coronel, soy de "Sábado Gráfico" y querría?». Me cortó secamente, sin detenerse: «Lo que tenga usted que ver lo puede hacer desde ahí». El guardia u oficial que le acompañaba me puso la metralleta en el antebrazo y me dio un empujoncito en aquella dirección, que era la bancada tapizada de terciopelo rojo rodeando la estancia. Me senté junto a un desconocido vestido de marrón. Por lo menos ya no estaba en el suelo. Discretamente le pregunté: «¿Qué hace usted aquí?». La desganada respuesta fue: «Soy policía de escolta y nos han obligado a todos a entregar la pistola y que esperemos». Debió de ser en ese momento cuando escuchamos los estampidos que se producían en el Hemiciclo. Tejero disparaba al aire su pistola y, por la trayectoria, una de las balas pasó rozando la balaustrada donde me apoyaba al ocupar mi silla en la tribuna.

Ignorábamos lo que estaba ocurriendo allí dentro, pues los guardias -ahora sabíamos que no eran de la ETA, sino de la Benemérita, en lo que hay un buen trecho- no daban explicaciones. Los tiros nos llenaron de zozobra, pero también sirvieron para que abandonara el banco y me dirigiera al bar, una instalación siempre provisional, pues la pared más amplia era un enorme tapiz que ocultaba las puertas de bronce que dan a la Carrera de San Jerónimo y se abren sólo al principio de las legislaturas o con ocasión de la visita del Rey.

Era nuestro lugar preferido, pero también se había instalado la confusión. Con cierto nerviosismo, creo que comprensible, intenté poner algo de orden y solicité de los camareros y bármanes que ocuparan sus puestos, sirvieran bebidas o cafés «pagando, naturalmente», dije buscando la complicidad del sargento que ocupaba la puerta del bar. Me hizo un gesto de asentimiento; aquello era orden y concierto.

No teníamos noticias ciertas de lo que estaba ocurriendo a unos metros, veíamos salir a alguien y el tráfago de guardias y oficiales, que se abrazaban con la euforia de los conjurados al comprobar que los planes se desarrollan según lo previsto. Tenían más conocimiento en cualquier casa con televisor o radio. Al cabo de un tiempo, hora, hora y media, un hombre requirió la atención de los presentes para decir que los periodistas y funcionarios que quisieran podían marcharse. Un extraño golpe de Estado sin muertos, sin heridos y con los cuatro o cinco disparos al techo de Tejero. Parece que lo de «¡Se sienten, coño!» lo exclamó un guardia, no el jefe del asalto.

En el mismo grupito estaban el colaborador de mi revista, Lorenzo Contreras y, al lado, Txiki Benegas, diputado foral del PSOE en Guipúzcoa que se había quedado sin asiento. Nada que ver con el Txiki de ahora, pues se correspondía con el cariñoso apodo por su cara aniñada y su aspecto adolescente. No se parecía a mí, pero consideré que él corría peligro y yo no, así es que le deslicé mi DNI y el pase, por si colaba. Y coló, pues pudo salir junto a los liberados. Comprobé, con fastidio, que mi coche había desaparecido, por haberle indicado al chófer que lo quitara de allí, cuando llegaron las tanquetas de Tejero. Lo peor de aquel golpe o lo que fuera es que dentro estaba mi abrigo. Hice lo que no se me hubiera ocurrido nunca: parar un turismo, pues coincidía la hora de cierre de comercios y los taxis iban todos ocupados. El coche se detuvo para no atropellarme, abrí la portezuela y le dije al asombrado conductor: «Lléveme a la calle Sagasta (donde estaba la Redacción). Hay un golpe de Estado en el Congreso». Mi tono le impresionó y no me creo capaz de reproducirlo. Al llegar a Colón, rogó, con acento suplicante, que si no me importaba, tenía que dejarme allí, para no desviarse de su camino. Le pedí me que acercara hasta la esquina de Serrano, a Balmoral, mi bar preferido. Desde allí llamé al despacho. Estaban al cabo de la calle, lo habían visto y oído todo. Atendí a la mayor preocupación, que era la de que el mecánico me trajera el abrigo.

Es mi raquítico testimonio presencial. Todos vimos, después, la milagrosa secuela de la televisión, al dejar los operadores el tomavistas en marcha, que captó perfectamente aquel primer asalto político en directo. Por cierto, las cintas han sido escrupulosamente censuradas y, posiblemente, sustraídas porque faltan las secuencias del banquillo de la oposición, el cuerpo a tierra ordenado por Tejero. Se advierte la mole de Peces-Barba, ya muy rollizo, sobre Felipe González, a su lado. Y, al poco, la lenta y espectral aparición de las manos del líder socialista sobre el respaldo de los escaños gubernamentales. Las de Felipe se mantuvieron unos segundos y parecían dos liebres muertas. Luego, los rostros despavoridos de quienes dudan de seguir vivos mucho tiempo. Imágenes que se han esfumado.

Al día siguiente o al otro, no estoy muy seguro, había invitado a comer al general Sabino Fernández Campo, que siempre se portó conmigo de forma muy amistosa y nos reuníamos con frecuencia, aunque, al parecer, hacía lo mismo con muchos colegas de la Prensa. Llamé a su despacho y dije a la secretaria que transmitiera al general mi conformidad para cambiar la fecha del encuentro. Poco después me llama para decirme que don Sabino no alteraba los planes.

Así es que me vi con el hombre clave del proceso en el restaurante Jockey. Tenía, entre muchas, la cualidad de crear amistad y lealtad e infundía en el interlocutor -al menos en mí- el compromiso de no traicionar lo que no autorizaba expresamente. Nos referimos poco al asunto, pero me dijo y lo repitió, unas palabras que nunca reseñé estando en vida, por creer que el Rey era por completo ignorante del golpe y sorprendida su buena fe cuando los viejos generalotes le advertían de que aquello no podía seguir así, que había ruido de sables en los cuartos de banderas y esas cosas tan pintorescas que dicen los militares. Se van sabiendo datos hurtados al conocimiento público y cobran nueva dimensión las palabras del general: «El Rey me preguntaba, de vez en cuando: ¿No nos estaremos equivocando, Sabino?», palabras que ahora tienen otro significado.

Va tomando cuerpo que el 23-F no fue un golpe de Estado, sino el rigor de un militar a quien se le encomendó la toma del Congreso y fue tan cándido que cumplió con su papel de manera impecable. Creo que el único, porque en el Ejército se había operado una gran reforma, iniciada por el mismo Franco, que, conocedor de sus conmilitones, no estaba dispuesto a que le hicieran un 18 de julio y tuvo a los mandos mal pagados, con una cuota de corrupción discreta y una consideración social alta. El objetivo -que se ha escapado por la vía del Alzheimer- era Adolfo Suárez, hombre mediocre y solitario. Otro dato conexo y personal. Poco antes, mi revista «Sábado Gráfico» había publicado la repercusión que en España tuvo el escándalo de la Lockheed, con tanto eco en Holanda, Japón y muchos países, pringados los comités de compras de aviones de combate.

No había desaparecido el temor a las represalias del poder y, antes de publicarlo, recurrí a un buen amigo desde la infancia, el ovetense Emilio García Conde, que se había hecho aviador en la guerra y adaptó esta carrera. Acababa de jubilarse como Jefe del Alto Estado Mayor del Aire y era persona de la que me podía fiar, por su entereza y honestidad: me dijo tener noticias de que algunos jefes habían recibido regalos -«no de consideración, una mesa de ajedrez de jade, alguna bandeja de plata y quizás algo en metálico que no te puedo certificar»-. Aquello me bastó, pero no a los militares, que inmediatamente armaron gran revuelo y me plantaron una denuncia ante su propia jurisdicción.

El asunto iba en serio y recurrí a una vieja y querida amiga, conocida de Marbella y de reuniones sociales: Carmen Díaz de Rivera, hija de la marquesa de Llanzol, guapa, inteligente, cultivada, con un drama sobrevenido al juntarse su vida con la de un hijo de Serrano Suñer, cuñado de Franco; resultó que Carmen era hermana, por su madre, del muchacho del que se enamoró. Aparte de esta personal tragedia, su valía la llevó a ser la jefa de gabinete de Adolfo Suárez, cargo importantísimo para acceder al Presidente. La llamé con urgencia y me proporcionó para el día siguiente, a las 11 de la mañana, cinco minutos de la apretada agenda de su jefe. Fue la única vez que pisé un departamento de alto fuste.

Suárez, a pesar de que le habíamos creado dificultades en mi revista cuando era director general de Radio y Televisión, me recibió puntual y gentilmente. Delante de mí llamó al ministro del Aire para rogarle que me atendiera, expresando frases de elogio inmerecidas para mí. Percibí que la entonación no se correspondía con lo normal entre el jefe del Gobierno y uno de sus ministros, pero tras un breve forcejeo el interlocutor accedió. Reflejo esto porque tiempo después se aclara la situación de Suárez con los altos militares y enlaza con la idea de que un grupo del Ejército quería derribarlo. Otro dato: entre los comandantes y tenientes coroneles que no hicieron la guerra y brujulearon en la política llegaron antes al generalato los que se arrimaron al PSOE.

El Ministro me recibió. Se llamaba Franco Ibarnegaray y era pariente del Caudillo. Me llevaron por la calle de la amargura, pero me libré del calabozo. Son piececillas del puzle del 23-F no resuelto, como tampoco se sabe fijo quién organizó el atentado de los trenes de Atocha, ni se ha restablecido que alejar al petrolero «Prestige» fue acertado, ni tantos misterios propios de una corte zarista o en manos de un florentino Maquiavelo.

Del 23-F los únicos que saben algo son los que aún no han escrito un libro sobre el 23-F.

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