17 de marzo de 2017
17.03.2017

Las vidas asturianas rotas por ETA

La banda terrorista ha asesinado a 18 asturianos y a otras doce personas vinculadas a la región desde 1974 - Publican la primera historia integral de las víctimas, obra de Rogelio Alonso, Florencio Domínguez y Marcos G. Rey

17.03.2017 | 14:27
Atentado de ETA en Gijón

«Vidas rotas», la primera historia general de las víctimas de ETA, obra de los especialistas Rogelio Alonso, Florencio Domínguez y Marcos García Rey, es un libro duro. La terrible sucesión de asesinatos no es apta para estómagos delicados, y la especial sinrazón de algunos crímenes terroristas despierta indignación y un hondo pesar. Aquí está contenida la vida y, sobre todo, la muerte de 857 personas, adultos y niños, a lo largo de medio siglo, y se analiza la historia de la banda asesina, desde su apogeo, a finales de los años setenta y principios de los ochenta, hasta su actual agonía. Como gran novedad, el volumen incluye como primera víctima de ETA a una niña de 22 meses, Begoña Urroz, que murió quemada vida al estallar una maleta bomba en la estación de Amara de San Sebastián, el 27 de junio de 1960. La banda había nacido el año anterior. Entre las 857 víctimas se cuentan un total de 18 que nacieron en Asturias, y otras doce que están vinculadas a la región de una u otra manera. Éstas son las vidas rotas que ETA dejó en Asturias.

El primero, un camarero

La que fuera considerada primera víctima de ETA, el guardia civil gallego José Antonio Pardines, asesinado el 7 de junio de 1968, tuvo cierta relación con la región, puesto que su primer destino al ingresar en la Benemérita fue Asturias. Sin embargo, la primera víctima asturiana propiamente dicha fue el camarero Manuel Llanos Gancedo, natural de la localidad de Villar de Vildas (Somiedo), aunque con seis años se trasladó con su familia a Villablino (León), donde su padre trabajó como minero. Llanos tenía 24 años y trabajaba en la cafetería Rolando de la calle Correo de Madrid, donde el 13 de septiembre de 1974 ETA mató de un bombazo a trece personas. La banda nunca quiso reconocer esta masacre, que sólo palidecería ante la matanza del centro comercial de Hipercor, en 1987.

Muerte en los albores de la democracia

Constantino Gómez Barcia era natural de Lugo, aunque fue enterrado en Oviedo por razones familiares. Al funeral acudieron más de 1.000 personas. Lo mataron el 13 de marzo de 1977, en Mondragón, con apenas 21 años, cuando regresaba al cuartel con otros compañeros y la novia de uno de ellos tras pasar unas horas en una discoteca. Era la primera víctima de un año, el de 1977, en el que nacería la Constitución democrática.

Un agente municipal

José Díaz Fernández nació en Asturias, pero llevaba veinte años en el Cuerpo de la Policía Municipal de Irún, en el que había ascendido hasta el grado de sargento. De 54 años, casado y con dos hijos, lo mataron en el portal de su casa en la tarde del 2 de noviembre de 1977. Los etarras utilizaron un taxi robado para desplazarse. El hijo menor de la víctima, José Díaz, señalaría a un periódico local una frase que luego se repetiría hasta la saciedad: «Quisiera que esto no pase a nadie más».

Dos jóvenes asturianos

ETA estaba inmersa en plena ofensiva contra la democracia naciente cuando el 9 de mayo de 1978 masacró a dos jóvenes guardias vinculados a Asturias. Juan Marcos González, de 20 años y natural de Llanes, aunque su familia vivía en Sarriá (Lugo), conducía un Land Rover que realizaba tareas de vigilancia en perímetro del cuartel de Inchaurrondo, en San Sebastián. En el vehículo iban otros tres guardias, entre ellos, Miguel Ángel Íñigo Blanco, con familiares aún en Asturias. Al pasar por el cementerio de Polloe dos etarras ametrallaron el vehículo. Marcos falleció poco después de ingresar en el hospital. Íñigo aún aguantó un par de días, con dos balazos en el cráneo. La madre de Juan Marcos se quejó amargamente de la falta de apoyo, siquiera moral. Eran los tiempos oscuros en los que las víctimas y sus familias tenían que tragarse su dolor ante una sociedad sorda y ciega. Un hermano de Marcos, Juan, falleció poco después, y su familia lo achaca al dolor por aquella muerte.

Matanza después del fútbol

Al guardia civil tinetense Luis Carlos Gancedo Ron lo mataron los etarras junto a otros dos compañeros en una calle de Guecho, cuando regresaba de un partido de fútbol que se había jugado en el campo de la localidad, en el que habían realizado las habituales labores de seguridad. En el sangriento asalto participaron seis etarras, dos comandos de ETA militar. Gancedo, natural de Buyando, tenía 28 años, estaba casado y era padre de dos hijos.

Masacre en el bar

El guardia Julio César Castillejos Pérez, villaviciosino de 22 años, se encontraba el 3 de noviembre de 1980 en el bar Aizea, en las afueras de Zarauz, en cuyo cuartel estaba destinado. Cinco etarras irrumpieron en el establecimiento sobre las doce menos cuarto de la noche y dispararon a todo lo que se movía. Con Castillejos murieron otros tres guardias civiles, uno de ellos, Ángel Retamar, también vinculado con Asturias. Y también un peluquero de la localidad, lo que provocó una ola de indignación y una jornada de protesta en Zarauz al día siguiente.

Trampa a las afueras de Rentería

Otra trampa, esta vez a agentes de la Policía Nacional. El agente gijonés Juan Seronero Sacristán estaba patrullando con otros cuatro compañeros en la mañana del 14 de septiembre de 1982. Subieron por la carretera del alto de Perurena hasta el caserío Franchilla, cerca de Rentería (Guipúzcoa), donde se comieron un bocadillo. De regreso, hacia las once y media de la mañana, seis miembros del «comando Donosti» ametrallaron los dos vehículos policiales. Sólo uno de los cinco agentes pudo sobrevivir. Seronero tenía 35 años cuando perdió la vida, estaba casado y dejó dos huérfanos.

Muerte de un legionario

El ovetense Ángel García Trelles, de 31 años, trabajaba como representante comercial en Bilbao, aunque de vez en cuando se ponía detrás de la barra del bar de la Hermandad de Antiguos Legionarios. Él mismo había sido legionario paracaidista. Sobre las ocho de la tarde del 9 de noviembre de 1983 García Trelles estaba hablando con el encargado del local cuando entraron dos etarras en el bar, en el que había una veintena de personas. Uno de ellos le descerrajó un tiro. Trelles estaba casado y tenía una hija.

Las risas de un funeral

El guardia civil avilesino Mario Manuel Leal Baquero encontró la muerte el 5 de diciembre de 1985, en el aparcamiento de la estación vieja de Mondragón (Guipúzcoa). Allí, de madrugada, cuando se encontraba en el interior de su coche, de paisano, fue acribillado por tres etarras. El avilesino recibió hasta siete balazos. Estaba pendiente de su traslado a Asturias. Su funeral, en la iglesia de Arechavaleta, ejemplifica la situación que se ha vivido en el País Vasco durante muchos años, como describe Ramón Jáuregui en «El país que yo quiero». La iglesia estaba medio vacía. Luego, a la salida, los vecinos del pueblo que estaban en la plaza miraban el cortejo fúnebre con total indiferencia, como si no fuese con ellos. Luego se oyeron algunas risas.

La plaza de la República Dominicana

La gran «hazaña» del terrorista Ignacio de Juana Chaos, que acabó de un plumazo con la vida de doce guardias civiles que iban a realizar prácticas de motocicleta. Eran las ocho menos cuarto de la mañana del 14 de julio de 1986. Entre los amasijos a los que quedó reducido el microbús de la Benemérita se le escapó la vida a un guardia gijonés, Andrés José Fernández Pertierra, de veinte años, que apenas llevaba tres meses en el Cuerpo. Su madre, María Pilar Pertierra, ahora residente en Málaga, aún guarda las cenizas de su hijo en el salón, como recordatorio de una vida rota de forma infame. En el atentado también murió Juan Ignacio Calvo Guerrero, de la Pola de Gordón (León), cuyo primer destino había sido el destacamento de Mieres y que acababa de llegar a Madrid.

Nueva masacre colectiva en Madrid

La última gran matanza colectiva en Madrid se produjo el 21 de junio de 1993, cuando una furgoneta militar conducida por un civil y ocupada por seis militares fue atacada con un coche-bomba en la calle Joaquín Costa. Los siete perdieron la vida por la metralla y sus cuerpos fueron devorados por las llamas, tal como recoge el volumen «Vidas rotas». Una de las víctimas era el sargento de la Armada José Manuel Calvo Alonso, natural de Asturias, aunque residente en Alcalá de Henares. Dejó viuda y tres huérfanos. ETA pretendía con esta masacre fortalecerse ante una eventual negociación con el Gobierno de Felipe González, ya en franco descenso.

Un especialista cazado a la puerta de casa

El inspector jefe Enrique Nieto Viyella era jefe, desde 1990, de la Brigada de Policía judicial de San Sebastián, y de la Unidad Territorial Antiterrorista. Este piloñés de Infiesto había logrado dar algunos golpes a los grupos de apoyo de ETA. Sin embargo, su rostro había salido en algunos medios de comunicación, pese a que había pedido expresamente que no se le identificase. El 8 de junio de 1995, cuando salía de su casa en la calle Sancho el Sabio de San Sebastián, el etarra Valentín Lasarte le disparó un tiro en la nuca. El asturiano, que fue intervenido quirúrgicamente, logró aguantar cuatro meses en coma, para morir el 19 de octubre. Lasarte fue condenado posteriormente a 30 años de cárcel por este crimen, que perpretó con la misma pistola que mató al dirigente del PP Gregorio Ordóñez.

En un restaurante, ante su mujer

El guardia civil José Manuel García Fernández, natural de San Esteban, en el concejo de Coaña, murió de un tiro en la nuca mientras cenaba con su mujer en un restaurante de Zuérbana, cerca de Bilbao, el 3 de mayo de 1997. Los terroristas tomaron algo en la barra, y con el restaurante lleno a rebosar. Luego uno de ellos se dirigió al agente y le disparó un único tiro a la nuca. Su mujer sufrió un ataque de nervios. Los dos autores fueron condenados a 16 años de cárcel.

Muerte al pie del Pirineo

Entre 1995 y 2002, es decir, siete años, ETA mató a cinco asturianos, tres de ellos guardias civiles. Uno de los asesinatos más impactantes fue el de la guardia civil Irene Fernández Perera, una agente de 32 años que prestaba servicio en el cuartel de Sallent de Gállego, en Huesca. Hasta ese pueblecito del Pirineo llevó la muerte la banda terrorista el 20 de agosto de 2000. La agente murió junto a su compañero, José Ángel de Jesús Encinas. Les habían colocado una bomba lapa bajo el todo terreno. La joven había nacido en Las Agüeras (Quirós).

El crimen de un etarra faltón

La muerte del concejal socialista de Orio Juan Priede Pérez, natural del concejo de Ponga, fue obra de Ignacio Javier Bilbao, el etarra que se hizo conocido por sus continuos insultos a los magistrados de la Audiencia Nacional. A Priede lo mataron mientras se tomaba un café en un bar cercano a su casa, sin escolta. Su asesinato se enmarcó en la suicida campaña de asesinatos de concejales de los partidos demócratas, que precedió a la ilegalización de su brazo político.

Una vil trampa

El guardia civil langreano Juan Carlos Beiro Montes fue víctima de una vil trampa que le tendieron en la localidad de Leiza (Navarra), el 24 de septiembre de 2002. Los terroristas dejaron una pancarta en la que podía leerse: «Guardia civil, muere aquí». Cuando Beiro fue a quitarla se activó el explosivo que había debajo. Hasta el año pasado no se instaló en la localidad una placa recordando el vil crimen, del que aún no hay responsables.

La última muerte

El 30 de julio del año pasado, una ETA cada vez más debilitada reapareció en Palma de Mallorca con el asesinato de dos guardias civiles con una bomba lapa. Uno de ellos era el burgalés Carlos Sáenz de Tejada, cuya abuela era natural de Llanes.

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