28 de mayo de 2017
28.05.2017
Ejercicio militar

Desembarco con el 'puño ofensivo' de la Armada

Así se vive desde dentro la evaluación de la Infantería de Marina a uno de sus batallones

17.06.2017 | 04:25
Desembarco con el 'puño ofensivo' de la Armada

Cada pocos segundos, la proa chata de la lancha de desembarco LCM-1E impacta contra las olas de metro y medio. El agua, pulverizada, rocía entonces toda la embarcación y penetra, por las torretas de sus ametralladoras Browning de 12,70 mm, en los Vamtac (Vehículo de Alta Movilidad Táctico) que transporta. Las cuatro alargadas LCM-1E (de 23 metros de eslora) avanzan, a unos 13 nudos y casi surfeando sobre el oleaje, hacia la playa de Barbate tras haber salido de las entrañas del buque de asalto anfibio ´Castilla´ (L-52), una de las joyas de la fuerza naval española.

La primera ´ola´ traslada a la costa a 80 de los 399 infantes de Marina y a parte de los 31 vehículos blindados (Hummer, Vamtac, un buldócer y camiones) que participan en la ´Operación Sword´.

Esa maniobra, que tuvo lugar el pasado 17 de mayo en esa extensa playa gaditana del Campo de Adiestramiento de la Sierra del Retín, está incluida en el riguroso ejercicio de evaluación de combate que, anual y rotatoriamente, pasa uno de los dos batallones reforzados de desembarco para comprobar su capacidad logística y operativa. Si aprueba, significa que se acredita su alta disponibilidad, es decir, que puede activarse antes de 48 horas en caso de que se requiera su intervención.

El Tercio de la Armada de la Infantería de Marina, a cuyo frente se encuentra el general de brigada ibicenco Antonio Planells Palau ya ha demostrado esa capacidad en operaciones desarrolladas en Líbano o en Haití.

El escenario imaginario donde se desarrolla esa operación es Blueland, un país ficticio que tiene un problema fronterizo con su vecino y que, además, recibe "la amenaza asimétrica" de un grupo terrorista, según explica José Ignacio Yáñiz López, teniente coronel comandante del Segundo Batallón de Desembarco de la Infantería de Marina, a bordo del ´Castilla´ poco antes de que comience el ejercicio por tierra, mar y aire. Una vez se asegure toda la zona mediante una «operación de limpieza y control», procederán a "transferirla" a las autoridades de Blueland. Si todo sale bien, reembarcarán a las 4 horas de la madrugada, de noche, y en Blueland reinará la paz.

Pero todo comienza muchas horas antes, cuando "al alba y con tiempo duro de levante, con fuerte levante", que diría Federico Trillo, despega de la base de Rota un SH-3D/W de la 5ª Escuadrilla de Aeronaves. A las 9 horas, esta ´Morsa´, como es apodada, despliega sus cinco palas, mientras sus dos turbinas atruenan en el aeródromo, en cuyo hangar, momentos antes, no sonaban a todo volumen marciales marchas militares, sino el bailongo ´Symphony´ de Clean Bandit.

El Sea King, igual al que, frente a las costas de Yemen, abordó al buque norcoreano ´So San´ en la ´Operación Socotra´ (en sus bodegas transportaba 15 misiles Scud), se eleva suavemente, para luego cabecear hacia delante y poner rumbo al ´Castilla´ siguiendo la costa de Cádiz. Pese al intenso levante, que mosquea a los paisanos del lugar, a los 35 nudos que baten esa zona de la costa, los dos pilotos posan dulcemente el helicóptero sobre la cubierta de vuelo (de 1.340 metros cuadrados). El mar está picado y dentro del buque, pese a sus 165 metros de eslora, se percibe el balanceo.

Justo en esos momentos, una veintena de infantes de marina, ataviados con uniformes árido pixelado y pertrechados con chalecos tácticos (protegidos con una delgada capa de kevlar), asisten en el hangar a una charla informativa sobre qué deberían hacer en caso de que el SH-3D/W amerizara (y girara 180 grados sobre sí mismo). "Se lo saben de memoria, pero forma parte del protocolo", señala el sargento 1º Francisco Javier Sánchez, responsable de explicar cada detalle del ejercicio de evaluación.

Sus cascos, ametralladoras Minimi y ligeros fusiles de asalto G-36E (cuando se mira a través de sus visores holográficos o se emplean sus punteros láser se tiene la sensación de jugar a ´Call of duty´) están arrumbados a un lado.

Los soldados que escuchan atentamente forman parte de una unidad de reconocimiento y adquisición de blancos (TAR), que será trasladada en breves minutos, de 15 en 15, para infiltrarse en Blueland a bordo de los ´Morsa´. Son la avanzadilla, los que informarán sobre las condiciones de la playa, el oleaje, la posición de las fuerzas enemigas... Entre ellos figuran tiradores de precisión, como los que en la 'Operación Socotra' y desde la fragata ´Navarra´ (que se divisa desde el 'Castilla' en el ejercicio frente a las costas de Cádiz) reventaron con sus disparos los cables que cruzaban de lado a lado el buque norcoreano. "El ojo se educa con adiestramiento", aseguran los del Tercio. Sus mandos aseguran que son «gente con temple, de bajas pulsaciones".

Foto: J.M.L.R.

Puño ofensivo, mano tendida

El 'Castilla', que fue el puesto de mando durante la 'Operación Romeo Sierra' de desalojo del islote de Perejil en julio de 2002, es como una ciudad flotante. Incluso dispone de un hospital con dos quirófanos, una UCI, sala de Rayos X y de infecciosos... Amaya de Mingo, capitán enfermera, recuerda con orgullo que dos bebés nacieron en una de sus salas durante la misión de ayuda humanitaria en Haití ('Operación Hispaniola') en el año 2010, tras el terremoto que asoló ese país. Decidieron que parieran a bordo debido "al peligro que corrían las madres". El 'puño ofensivo' de la Armada, como se conoce a la Infantería de Marina, también es una mano tendida.

Las 195 personas de la dotación del 'Castilla' y los 399 infantes de Marina que participan en este ejercicio, distribuidos en diversos sollados del buque, se rotan para comer el rancho: desde el comandante de la nave, Enrique Núñez de Prado, o el teniente coronel Yáñiz, hasta el último soldado raso, probarán el mismo menú: pollo asado, calamar guisado con patatas, judías verdes y macedonia de frutas. Y cada uno se sirve su propio plato.

El movimiento es incesante en todo el 'Castilla', donde hay apostados tiradores a ambos lados de los ajetreados puentes de mando y de vuelo. Los helicópteros SH-3D/W y Argo H-500 (estos de la 6ª Escuadrilla) despegan y aterrizan sin parar. Y las unidades de la Infantería de Marina que desembarcarán en la primera 'ola' se colocan casco y chaleco, recogen su armamento ligero y descienden a las entrañas del 'Castilla', donde les aguardan las cuatro lanchas de desembarco.

Las LCM-1E se encuentran varadas y abarloadas en un dique interior seco que, tras abrir el portón, se inunda poco a poco. En cuanto las cuatro barcazas comienzan a flotar, se golpean y rozan entre ellas y contra el casco, forrado, como el suelo, de madera para amortiguar los impactos. Los chirridos metálicos y ensordecedores retumban en esa amplia bodega mientras el 'Castilla' se escora de popa para rellenar el dique y se coloca de proa a las olas, de metro y medio, para evitar que batan en su interior.

Los soldados, ya pertrechados, suben a las embarcaciones por los portones delanteros, aún bajados, y se despliegan bien en el interior de los Vamtac o de los Hummer, bien en el espacio que queda en los laterales de la cubierta. "Está bueno", dice con sorna un infante a otro tras echar un vistazo, a través de un portón, al oleaje. El mar está picado, con olas de metro y medio. Al sur se distingue la afilada línea de costa de Marruecos.

Fuera del 'Castilla'

Las LCM-1E arrancan motores mientras se completa la apertura del portón del 'Castilla', a tiempo para que la bodega, en la que empiezan a masticarse los gases que emanan de sus motores, se ventile. Poco se ve desde el interior del blindado Vamtac, de pequeñas ventanillas, lleno de cables y protecciones y cuyo espacio interior apenas permite movimientos, más cuando se va equipado con casco, chaleco salvavidas y técnico. Al menos, los fusiles G-36E reposan en un armero de los asientos traseros.

Foto: J.M.L.R.

Las cuatro embarcaciones parten a la vez, pero dos de ellas deberán esperar en un punto de encuentro a que las otras dos, las situadas más a popa, vuelvan a adentrarse en el buque para cargar a más infantes de marina, que esperan en filas, y con el fusil, la ametralladora o los anticarros entre los brazos, a que llegue su turno.

Fuera, el estado del mar no es apto para quienes tengan tendencia a marearse. Las olas balancean las dos lanchas mientras aguardan, en reposo, a que lleguen las otras dos. Pero aún se agitan más cuando enfilan proa rumbo a la playa de Barbate y sus portalones impactan contra el oleaje. Las salpicaduras de agua salada penetran constantemente por la torreta superior del Vamtac (esa plataforma porta, además, dos Hummer) e impiden ver con nitidez a través de las ventanillas laterales, aunque los limpiaparabrisas facilitan la visión por delante. Las cuatro LCM-1E, en paralelo, avanzan hacia la costa para varar en la arena justo a las 15 horas. A la hora H.

El portón cae tras tocar playa. Pero antes de que los vehículos, ya destrincados, desciendan y se dirijan a tierra, un guía de la OMP (Organización de Movimiento en Playa, que orienta el desembarco) supervisa el entorno de la nave: es preciso saber si hay alguna poza en la que puedan hundirse los soldados o bien un camellón, una joroba en la arena producida por la sacudida de la LCM-1E al varar, que puede provocar el encallamiento de los Vamtac.

Al salir estos de las lanchas, el agua les llega a los faros. A los infantes de Marina, un 12% de ellos mujeres, casi hasta el vientre. Empapados, con casi 20 kilos de peso a sus espaldas (entre armamento, ordenadores, radio, armas, municiones y las raciones de combate), salen en cuanto pueden del mar y corren luego al trote hasta la cabecera de playa, para después desplegarse en medio del vendaval de Levante que azota Barbate.

Mientras, en Los Conejos, en el interior del campo de adiestramiento, el teniente coronel Xisco Guerrero Mayol dirige el puesto de mando, tres tiendas de campaña unidas por conectores (conducción de operaciones, planeamiento e inteligencia) y con forma de letra u, que está rodeado por una concertina. Si la fuerza bruta reside en el batallón reforzado de desembarco, el cerebro se encuentra bajo estas lonas, que cubren aparatos de comunicación vía satélite o por radio ("siempre hemos de tener alternativas para comunicarnos", explica el teniente Méndez, ingeniero de Telecomunicaciones) y ordenadores.

Aquí es donde "se piensa", donde el Estado Mayor de la brigada debe decidir, una vez analizada toda la información que les llega, los pasos que se darán. Guerrero, mallorquín del Port de Sóller, cree que esa información es crucial para actuar con cautela y evitar daños irreparables: "Una acción, cuanto más quirúrgica, mejor", sostiene. Al enemigo, añade, "se le debilita con inteligencia" y, de paso, "se evitan así los daños colaterales".

Foto: J.M.L.R

Guerra electrónica

La información les llega encriptada, de la misma manera que envían las órdenes a través de mensajes de texto. Un ordenador portátil se encarga de descifrarlos. Y hay algo que tienen muy presente en todo momento: de la misma manera que observan, pueden ser observados. La luz del interior de las tiendas o el calor pueden delatarlos, razón por la que usan medidas preventivas.

Los tiradores de precisión, los Chris Kyle de la Armada, proporcionan buena parte de esa información, pero además disponen de una herramienta que ya se ha convertido en indispensable: los drones, de alas fijas o rotatorias, sofisticados, algunos minúsculos, que manejan con tablets y que les envían señales en tiempo real.
Con un fusil G-36E en las manos el entorno parece un videojuego.

Pero el teniente coronel Guerrero Mayol juega realmente a la guerra electrónica con esos drones y con perturbadores, inhibidores, sensores, sismógrafos para detectar desde vehículos a pisadas humanas, cámaras térmicas e infrarrojos, útiles que "permiten seguir a personas y la huella electromagnética que dejan a su paso". Precisamente, en un par de horas dan un 'salto': abandonan el actual puesto y se dirigen a otro para no ponérselo fácil al enemigo. El juego, que en la vida real es a vida o muerte, no tiene fin, aunque en este ejercicio de evaluación concluye a las 4 horas, bajo la luz de la Luna menguante y con todos sus jugadores empapados.

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