
Casi siempre, cuando el hombre del tiempo pronostica mal tiempo, acierta. Por eso aquellos nubarrones renegridos y la niebla cegando las sierras del Sueve y Cuera no permitían al día quitarse la noche de encima para estirarse con presteza. Tan sólo un resplandor luminoso cabalgaba sobre el mar Cantábrico cuando sobrepasaba Colunga; sobrevivió menos que un espejismo porque, en segundos, una granizada espectacular decoró de blanco la autovía. Qué pocas oportunidades tenemos de ver la nieve a nivel del mar, por eso el disfrute es aún mayor cuando nos sorprende en su cercanía y las gaviotas se difuminan con el níveo manto.
Un café en el centro de Ribadesella mientras amaina el chaparrón, cosa que hace en pocos minutos, aunque fugazmente. No me da tiempo ni a llegar a cualquiera de los aparcamientos que se topan en las inmediaciones del macizo kárstico de Ardines que alberga al menos diez cuevas utilizadas por el hombre en el periodo Paleolítico en torno al estuario del Sella. El grupo espeleológico Torreblanca -del que formaba parte Tito Bustillo, fallecido en accidente de montaña pocos días después y que da nombre a la cueva- la descubrió en 1968. Vale la pena visitarla, lo que exige hacer reserva previa, para conocer los conjuntos grabados a lo largo de sus galerías -renos, bisontes, caballos, cabras y representaciones fálicas-, obras datadas entre los 25.000 y 10.000 años antes de Cristo.
Poco después de la cueva citada y después de dejar atrás un polideportivo, cuando más arrecia la granizada, abandonamos la carretera por la izquierda, pateando un camino que pronto se convierte en senda, siempre arrimados a la vera de la ría, reserva de aves acuáticas, que atraviesa la vega de fructíferos pastos denominada La Mediana. En ella pasta multitud de ganado de carne, y el carrizal es disimulo de azulones, garcetas, garcillas, cormoranes, andarríos, gaviotas? que salpican el espejo de agua cuando, apresuradas ante nuestra presencia, aletean y se arrastran levemente sobre la superficie líquida, tostada por las lluvias y el deshielo. Dirigimos nuestro andar hacia unos invernaderos cercanos a la aldea de Alisal, pueblo que supo conjugar acertadamente nuevas construcciones unifamiliares con la arquitectura tradicional, tras cuyos muros repican las esquilas del ganado, en la que destaca un conjunto notable de hórreos. Si hasta aquí vinimos en compañía del padre Sella, ahora lo abandonamos prolongando la nueva y solitaria calzada que se empina entre un bosque de eucaliptos, atraviesa por debajo de la autovía del Cantábrico y pasa por la falda de la peña de las Torres (141 m) -recibe este topónimo porque en la cumbre observamos restos de un antiguo castillo medieval o torre de vigilancia (atalaya inmejorable desde la que se controlaba todo el término) probablemente construida en el siglo XI-. Retornamos de nuevo a la calzada y tras un breve descenso nos encontramos, casi de repente, en el umbral de un espectacular complejo kárstico: La Cuevona.
Dice el cartel que se encuentra en su inicio: «La Cuevona de Cuevas es una formación kárstica de unos 300 m de longitud que discurre siguiendo el cauce del arroyo de la Cueva al que debe su origen. La situación de aislamiento geográfico de la localidad de Cuevas, debida por una parte al farallón calizo que discurre en dirección noroeste-sudeste y, por otra, al cauce del río Sella, se rompe con el acceso natural creado por el arroyo de la Cueva que, atravesando las calizas, permitió que fuera utilizado secularmente como vía de tránsito, primero peatonal y ahora abierto al tráfico rodado por la carretera local RS-3, como ejemplo de que la integración y cooperación entre la obra de la naturaleza y las necesidades de comunicación de la gente no sólo es posible sino que, como es el caso, propicia un singular y magnífico, espectáculo». Precisamente su solemnidad es la que nos obliga a contemplarla sin prisa, con detenimiento para gozar de fantasmagóricos juegos de luces y sombras que se escurren mimosas entre oquedades borrosas y enjambres de untuosas estalactitas flameando en el lienzo del arroyo.
El Sella es pródigo en fértiles vegas y Cuevas, también denominado como Cuevas del Agua -al abrigo de los montes de Las Torres, La Pandiella, El Colláu, La Cuesta y las Roces- se aprovecha de una de ellas cuando el río, al estrellarse con el citado en primer lugar, da una voltereta mortal y forma La Vejal en el margen opuesto. Aldea con origen medieval: ya en 1147 Gontrodo Petri hace una donación de tierras al monasterio de San Vicente de Oviedo, en cuyo documento se cita a «Covas». Atravesamos el pueblo, perfectamente ensamblado en el paisaje, entre nuevos edificios, viviendas remozadas y vetustos hórreos, y dejamos a un lado la diminuta ermita de Santiago. A escasos metros un camino que, después de cruzar la vía del tren se desvía a la derecha y poco más adelante se dirige de frente al río y, por la orilla, alcanzamos el puente colgante del coto salmonero de Cueves que nos traslada a la otra orilla. Mientras contemplo la belleza del río y sus excelentes pozos, me explico por qué estos pueblos fueron vivero de sobresalientes pescadores de salmón. Claro, cuando éstos se cebaban en sus corrientes, aunque hay que esperar que, con la colaboración de todos, el plateado pez, buque insignia de nuestros ríos, retorne nuevamente a sus cauces.
Comenzamos a caminar por un tramo de carretera general por el que hay que ir con precaución. Dejamos a la izquierda el breve pueblo de Omedina que otrora hicieran famoso los famosos piragüistas hermanos Cuesta. Más adelante alcanzamos el lugar de Santianes, en el que hay muestras notables de arquitectura popular, y el Sella, por el meandro de la Vuelta de las Maderas, se arrima de nuevo al caminante. En un establecimiento hotelero que hay a la derecha en el final del pueblo hago un alto al alivio de una cerveza fresca y tropiezo con mi buen amigo Emilio Serrano; escritor y gran conocedor del concejo, además de ameno parlante.
Reanudo la marcha y me interno por un camino que lleva a los Campos de Oba, famosos por la multitudinaria fiesta campestre que se monta cuando finaliza el Descenso Internacional del Sella. A nuestra altura, al otro lado del río, tenemos una panorámica nueva de El Alisal. Proseguimos unos cientos de metros paralelos a la vía del tren, siempre atentos a su venida, y llegamos a la estación de Llovio. A partir de ella la vía que se dirige a Ribadesella está muerta, salvo el día de las Piraguas que circula el tren fluvial, aunque más cómodo es circular por el arcén hasta la entrada a la villa que tomaremos la senda peatonal que nos lleva hasta el puerto.
No sé a ustedes, a mí me dio pena contemplar un río que, a pesar de su fortaleza vital, en este último tramo va retraído, temeroso, cada vez más lento, embozado entre los carrizos parece que no quiere llegar al fin. Quizá sea sabedor que las fauces tenebrosas de la ría engullirán su existencia en breve.
Aproximadamente quince kilómetros de jornada placentera por un recorrido llano con unas panorámicas sobresalientes, en el que podemos emplear cuatro, cinco o seis horas. Siempre depende del número de fotos que hagamos, las charlas que realicemos con los lugareños o el día contemplativo que nos toque. Pero, un buen consejo, siempre sin prisa.

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