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El trasluz

Bajos que no saben inglés

 
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Bajos que no saben inglés
Bajos que no saben inglés  

JUAN JOSÉ MILLÁS Dejé al personaje del relato que acababa de comenzar a escribir a punto de salir de casa y me fui a comer con un amigo. Durante la comida, mientras prestaba una atención mecánica a la conversación, pensaba en el personaje de mi historia. Se trataba de un tipo de unos 40 años, completamente calvo y con 1,50 de estatura que todos los días de su vida se daba cuenta de que era bajo. De que era bajo y de que no sabía inglés. El hombre habría dado cualquier cosa por ser alto y por saber inglés. A veces imaginaba que se le aparecía un genio que le daba a elegir entre un deseo y otro. Por lo general, elegía ser alto en la idea de que lo del inglés podría remediarlo cuando le viniera en gana. Precisamente, yo lo había dejado a punto de salir de casa para acudir a una academia de idiomas.

De repente, y sin venir a cuento, el amigo en cuya compañía me encontraba almorzando dijo que acababa de iniciar un curso de inglés. Igual que un personaje mío, dije yo sonriendo, lo acabo de dejar en la puerta de su casa, a punto de salir para acudir a una academia de idiomas. Mi amigo preguntó si en la novela llovía. Llueve en algunas páginas, respondí, y en otras no. Él quería saber si llovía en el momento en el que el hombre bajo se disponía a salir. No había pensado en ello, la verdad, pero me pareció bien que tuviera que coger un paraguas, de modo que al regresar a casa provoqué en esas páginas de la novela una tormenta que creció hasta el punto de que el hombre tuvo que regresar al hogar sin haber llegado a la academia. Mientras se quitaba los zapatos, completamente empapados, tuvo un movimiento de desánimo, o de lucidez, y comprendió que lo de aprender inglés era tan inalcanzable como lo de ser alto. De modo que se puso el pijama y la bata, encendió la televisión y se sentó en el sofá, del que le colgaban las piernas.

Y ahí lo tenía yo desde hacía dos semanas cuando ayer por la noche, encontrándome en la cama, se me ocurrió que en lugar de ser bajo fuera cojo, y que, en vez de no saber inglés, desconociera por completo el rumano. Un cojo que no sabe rumano es mejor, para el arranque de una novela, que un bajo que no sabe inglés. Bajos que no saben inglés los hay a miles.

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