Abandonó la actuación porque se sentía «trasnochado y sin ideas», declaró ayer en Madrid Mel Gibson, en su regreso ante una cámara de cine con el thriller de Martin Campbell «Al límite», que termina con siete años dedicados en exclusiva a la producción y a la dirección. Parece desencantado con la industria en la que ha reinado desde hace años. «En Los Ángeles no pasa nada ahora, es muy caro rodar algo allí», lamentó la estrella estadounidense, que ayer mostró frágil atención, gesto compulsivo y verbo espeso, aquejado de «los efectos del jet lag».
«Campbell ha sido una de las razones por las que acepté actuar en la película, me hizo sentir confianza saber que él se encargaba de nuevo de la historia», defiende el actor. Como tiene claro que «dirigir es mucho más placentero que actuar», Gibson ya está centrado en la dirección de su nuevo proyecto, una película de vikingos de la que apenas ha querido contar algo más que sus temores a la hora de enfrentarse a este proyecto: «¿Alguien ha visto una película buena de vikingos? Yo, desde luego que no», comentó jocoso el actor.
Tras su experiencia en la dirección, Mel Gibson asegura haber aprendido «a tener más empatía como actor y ser más consciente de que un rodaje es un esfuerzo de colaboración. En cambio -apunta entre bromas el estadounidense-, ser director supone ser ladrón sin que te pillen. Estar abierto a todas las ideas posibles y si alguien tiene alguna buena, tomarla sin reparos».
No le importaría volver a involucrarse en proyectos pequeños como «El hombre sin rostro», su debut en la dirección en 1992. De momento protagonizará una producción «cien por ciento mexicana», lejos de la desangelada Meca del cine estadounidense. «Por cómo ha evolucionado todo, es una necesidad imperiosa volver a ser creativos», apunta, «aprender a rodar sin tantas ventajas y presupuestos ilimitados, algo a lo que nos ha acostumbrado la industria y que ya no sucede».