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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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Después de una primera parte tan movida, a ratos interesante, la gente esperaba que su equipo pusiera la puntilla al Villarreal, que había dado una inesperada sensación de mansedumbre. Pero el segundo tiempo, al menos durante la primera media hora, salió rana. El Villarreal tiró de oficio para atar más en corto al Sporting. Y como ahora el equipo gijonés tampoco se descompone así como así, los dos equipos se anularon. Fue uno de esos ejercicios que tanto valoran los entrenadores y tanto aburren a la gente. Fútbol control, miedo a equivocarse y ni una sola oportunidad que llevarse a los ojos.
El partido se volvió áspero, farragoso, sin continuidad por las continuas interrupciones. Al Sporting tampoco le fue mal así, ya que Juan Pablo iba camino de tomarse la tarde de descanso, tras el trabajo a destajo de Chapín. Pese al parón, Preciado no se volvió loco. Tardó más de lo habitual en mover el banquillo y cuando lo hizo recurrió a un simple cambio de cromos: Bilic por Barral y a ver qué pasa. Bastaron siete minutos para comprobar que el cántabro sigue sembrado. Bilic peinó un envío largo para la carrera de De las Cuevas, que ganó la espalda a Gonzalo. Cuando iba a rematar, el central enganchó la pierna del sportinguista: penalti claro y expulsión de libro.
El destino le iba a hacer otro guiño a Bilic. Relegado por Rivera como lanzador, el croata tuvo la ambición y la habilidad para adelantarse a todo el mundo y aprovechar el rechace de Diego López. Pleno para Bilic, que rentabiliza como nadie los minutos que le da su entrenador esta temporada. Desatascado el duelo, el último cuarto de hora tuvo toda la intensidad y emoción que había faltado hasta ese momento. El Villarreal, obligado a arriesgar en inferioridad, contó con la calidad de Ibagaza, que protagonizó la única jugada de la noche digna del equipo de El Madrigal. Se fue de tres rojiblancos en el centro del campo y habilitó a Llorente, que se plantó ante Juan Pablo con ventaja. El delantero vasco no suele fallar esas ocasiones, pero se topó con un portero en estado de gracia.
Salvado el único momento delicado del partido, el Sporting se dispuso a sentenciar. Pudo hacerlo Diego Castro, que no llegó por poco a un balón centrado por Luis Morán con la puerta vacía. Y tuvo todas las papeletas Bilic, que volvió a ser protagonista por partida doble. Primero recibió un codazo de Eguren en la disputa de un balón en el área. Clos Gómez no lo dudó y volvió a señalar el punto de penalti. Esta vez Bilic tiró de galones, pero con la misma suerte que Rivera, ya que Diego López adivinó la dirección, sin que Carmelo llegase a tiempo de rectificar.
Poco después salía la tablilla del cuarto árbitro con un descuento considerable, cinco minutos, y la inquietud volvió a El Molinón. La gente temió perder en el último suspiro lo que se había ganado a conciencia. Pero hasta en eso se han cambiado las tornas. El Villarreal lo intentó a la desesperada y el Sporting respondió como lo que es en estos momentos: con firmeza, sabiendo jugar con las prisas del contrario. Lo suficiente para alcanzar el pitido final del árbitro y celebrar por todo lo alto una nueva victoria que acerca al equipo al objetivo básico y le permite soñar con algo más. Mientas mantenga ese nivel de eficacia, nada le está vedado a este Sporting.
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