Historia de un malentendido

04.05.2008 | 02:00
Historia de un malentendido
Historia de un malentendido

En los cines, cuando termina la película, suelo quedarme un rato, para ver los títulos de crédito mientras suena la banda sonora del film. La mayoría de la gente se va. Es lógico: no le interesa el nombre de la persona que se ocupó del vestuario ni el del segundo operador ni el de la maquilladora... Cada vez interviene más gente en las películas. Por eso los créditos se ponen ahora, al contrario que cuando yo era joven, al final. Si quieres verlos te quedas; si no, te vas. Yo me quedo porque esos instantes me permiten asentar la película, tanto si me ha gustado como si no, en el lugar de la conciencia desde el que más tarde la regurgitaré para rumiarla. También me quedo por respeto al sinfín de operarios que han participado en ella y que aparecen en una letra pequeña y veloz. Imagino que uno de esos operarios es hijo mío. Cada uno tiene sus manías.


Mientras yo permanezco sentado, todo el mundo a mi alrededor se levanta y comienza a salir en medio de la oscuridad de la sala. A veces observo sus perfiles. Hace cosa de un año, me pareció distinguir entre esos perfiles el rostro de mis padres, cosa improbable, no ya porque estén muertos, sino porque iban poco al cine. Desde aquel día, indefectiblemente, los veo salir de los cines a los que voy. En cierta ocasión los seguí, pero al cruzar las puerta de la sala se convirtieron en los padres de cualquiera. El caso es que ya no voy al cine para ver películas, sino para ver a mis padres. Apenas comienzan a proyectarse los títulos de crédito, dos personas mayores -papá y mamá- aparecen en el pasillo dirigiéndose hacia la salida. Si es invierno, mamá lleva un chaquetón oscuro que le duró muchos años (como duraba la ropa entonces). Papá sale poniéndose el abrigo gris de toda la vida, en un gesto que era muy suyo y que ahora es muy mío, pues me quito y me pongo el abrigo con movimientos idénticos a los suyos.


Aunque me he acostumbrado a esta alucinación, siempre me sorprende, siempre la espero con ansiedad. En ocasiones, intento descubrirlos en las butacas de los alrededores, mientras pasan la película, pero lo cierto es que sólo se materializan en esos instantes finales. Siempre marchándose, papá delante de mamá. A veces, él la toma del brazo en un gesto de cortesía, como para indicarle el camino. A veces ella se vuelve y mueve brevemente los labios, como si le preguntara qué le ha parecido la película. Yo los espío desde la butaca, mientras por la pantalla desfila un número infinito de nombres de los que nada sé.


Se lo comenté a mi psicoanalista. Le dije que desde hacía un año veía a mis padres salir del cine y me preguntó si me molestaba. Molestarme no, contesté, pero me inquieta un poco; me pregunto si querrán decirme algo que no sé interpretar. Tal vez, dijo ella, intenta usted decirse a sí mismo algo que no sabe interpretar. No saqué nada en claro, pero esa noche soñé con mi padre. Me lo encontraba en una gasolinera, mientras yo ponía gasolina a mi coche y él ponía gasolina a su moto. Me acerqué, nos dimos un beso y le pregunté por qué iban a los mismos cines que yo, y a la misma hora. Me preguntó lo mismo que mi psicoanalista: que si me molestaba que viéramos las mismas películas. Le dije que en cierto modo sí. Ya no puedo ir al cine tranquilo, añadí, porque estoy más pendiente de vuestra presencia que de la pantalla. Se lo diré a tu madre, dijo, mientras cerraba el depósito de la moto con gesto de cansancio.


El siguiente sábado no aparecieron. Esperé hasta que terminaron de desfilar todos los títulos de crédito y se encendieron las luces de la sala, pero no los vi. Salí a la calle un poco triste. Imaginaba a papá diciéndole a mamá que habíamos coincidido en una gasolinera y que yo le había pedido que no fueran a los mismos cines que yo. Podía ver a mamá enfadándose. Pues si tanto le molesta vernos -habría dicho-, se acabó. Y se acabó de verdad, porque tampoco aparecieron al siguiente sábado, ni al otro ni al de después. La alucinación, en el caso de que se tratara de una alucinación, me abandonó. Le conté lo ocurrido a mi psicoanalista y me pidió que fuera yo mismo el que intentara interpretar aquellos hechos. Le di muchas vueltas sin alcanzar ninguna conclusión, pero lo cierto es que la historia me dejó en el pecho una suerte de congoja, de pena, que se ha quedado ahí, como un catarro mal curado. Siempre que pongo gasolina, observo a la gente de los otros surtidores, por si apareciera mi padre con su moto, para hablar con él y deshacer el malentendido. Pero es imposible, claro.

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