23 de mayo de 2010
23.05.2010
El trasluz

Estamos muertos

23.05.2010 | 14:10
Estamos muertos

Los periódicos disponen de una carpeta de necrológicas anticipadas. Obituarios de personas importantes de las que sólo sabemos una cosa cierta: que se van a morir. Se morirán Zapatero y Rajoy. Se morirán Sarkozy y Carla Bruni. Se morirán Alejandro Sanz y Vargas Llosa, y García Márquez. Se morirán el Papa y el Rey y el Príncipe. Usted y yo nos moriremos también. Las necrológicas anticipadas deben ser actualizadas de vez en cuando, para que no se queden antiguas. Si se muere hoy alguien cuyo obituario no se ha puesto al día desde hace diez años, mal asunto. Vienen las prisas, los gritos del redactor jefe, el trabajo mal hecho. La idea de la necrológica anticipada provoca cierta incomodidad. Resulta turbadora la idea de que en algún lugar esté confeccionada ya la noticia de la muerte de alguien a quien estás viendo, o acariciando en directo. Se trata, sin embargo, de un tipo de contradicción que ilumina la existencia (con una luz negra, para decirlo todo).


Alfaguara acaba de publicar «Retratos y encuentros», una antología de reportajes de Gay Talese, célebre periodista norteamericano que trabajó para «The New York Times» entre 1956 y 1965. Todas las piezas son buenas; algunas, obras maestras. Hay un reportaje muy curioso dedicado a Alden Whitman, el redactor de necrológicas de su periódico. Se nos relata en él cómo cada mañana, de camino al trabajo, Whitman repasa mentalmente la salud de los contemporáneos famosos cuyo deceso podría suceder en cualquier momento. Vemos al redactor de necrológicas llegar a su puesto de trabajo y repasar las biografías de quienes, en apariencia al menos, tienen ya un pie en la tumba. Nos llama la atención que las primeras necrológicas de los reyes se escriban cuando tienen apenas ocho o diez años.


La vida de las personas importantes, en fin, transcurre de forma paralela a la escritura de su oración fúnebre. La lectura del artículo de Talese produce cierta melancolía, como cuando la ciencia nos informa de que esa estrella que brilla en el firmamento está muerta desde hace siglos, aunque su luz continúa viajando por el espacio. Un poco así somos todos nosotros. Estamos muertos, pero nuestro fantasma sigue dando vueltas por aquí.

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