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El verano llegó con Sara

La hija de Paula Suárez y Fermín Martínez fue un rayo de sol para la parroquia, que llevaba dos años sin registrar nacimientos

 
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Tamara Suárez juega con su perro en la finca donde se está construyendo un chalé.
Tamara Suárez juega con su perro en la finca donde se está construyendo un chalé.  pablo solares
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El censo de la parroquia llevaba casi dos años sin registrar un nacimiento cuando llegó Sara. La pequeña fue un soplo de aire fresco para la envejecida Baldornón. Como lo serán Tamara Suárez y su novio, de 27 y 28 años, cuando se muden a la casa que construyen en la zona. Al viejo bosque le han salido flores.

Miriam SUÁREZ

Para una población envejecida y menguada como la de Baldornón, el nacimiento de Sara llegó como un rayo de sol. Casi dos años llevaba sin nacer un bebé en la zona. Así que la primera hija de Paula Suárez y Fermín Martínez supuso una inyección de vitaminas para una de las parroquias del concejo que más necesita savia nueva.

Sara nació el pasado mes de julio. Con ella trajo tres kilos y medio de alegría. Desde el primer día, duerme como los ángeles y no llora salvo que tenga hambre. Se ve que la cría, una preciosidad de ojos grandes y oscuros, salió tranquila como Baldornón. En el barrio de Salientes, donde sus padres se hicieron una casa muy coquetona, de color amarillo, prácticamente no se oyen ni las moscas.

Los padres de Sara también nacieron y se criaron en Baldornón. Las nuevas generaciones parecen tirar más a la urbe que al monte. Pero a ellos, especialmente a Fermín Martínez, no hubo quien los moviera del terruño. «Es verdad que aquí dependes del coche para todo, pero tienes una tranquilidad que no hay dinero que la pague», alega. «Yo, con bajar a Gijón para ir a trabajar, tengo más que suficiente. Vamos, que esto no lo cambio por la ciudad», se reafirma.

Fermín es funcionario en el Ayuntamiento de Gijón. Su mujer, Paula, trabaja en el Hipercor. Los 13 kilómetros que separan Baldornón del casco urbano no representan ningún problema para este joven matrimonio. Ni siquiera cuando piensan en que «posiblemente a la cría no le guste mucho vivir aquí cuando sea chavalina». Pero ellos también fueron chavales en Baldornón «y nos arreglamos para salir por ahí perfectamente».

La cuestión es que Sara y sus padres le han hecho un ligero «lifting» a Baldornón, cuyas arrugas son cada día más profundas debido, principalmente, a las limitaciones urbanísticas que impone el Ayuntamiento. En la mayor parte de la parroquia no se puede construir. Si no se puede construir, difícilmente se instalarán parejas jóvenes en la zona. Una pescadilla que se muerde la cola y que trae de cabeza a este paraíso paisajístico.

En el año 2006, el Ayuntamiento concedió únicamente dos licencias de construcción en la parroquia. Uno de esos permisos de obras ya se ha materializado en vivienda unifamiliar. Es la casa de Tamara Suárez y Luis Alberto Álvarez, de 27 y 28 años, respectivamente. La pareja calcula que la obra estará completamente terminada -muebles incluidos- antes de que empiece el verano.

Tamara, empleada de Correos en La Felguera, es de Baldornón «de toda la vida». Su novio, contratado por una empresa de electrónica de Gijón, descubrió que «esto era el paraíso» en unas vacaciones. Tras su boda, todavía sin fecha, el censo de la parroquia será un poco más joven. «Tengo un montón de amigos y conocidos que también se vendrían a vivir aquí si dejasen construir. A mí, no me gustaría que esta zona se masificase, desde luego; pero tampoco me parece bien que quede tan sola como está ahora», señala Tamara Suárez, mientras enseña los interiores de su futuro hogar, en el que predominan los colores chillones y el diseño de vanguardia se aliña con pinceladas rústicas.

La joven confiesa que, inicialmente, ella y su novio tantearon la oferta inmobiliaria de la zona urbana. Pero los pisos «un poco curiosos» costaban una barbaridad y la pareja recurrió entonces a un plan B: «Mi padre me regaló este prao para que construyera una casa. Menos mal que está dentro del núcleo rural de Tarna y es urbanizable. Si no... no sé qué hubiéramos hecho. Porque, mira tú, mi güelu tiene ocho fincas y no le dejan edificar en ninguna».

El presupuesto que le dieron para la construcción de la casa fue de 180.000 euros. Pero esos «30 kilos se dispararon un pelín» cuando la obra se puso en marcha. Aun así, «¿dónde íbamos a poder tener una casa de 250 metros cuadrados, hecha a nuestro gusto, por este dinero?», pregunta Tamara. Una casa que ni ella ni su novio cambiarían por todo el oro del mundo. La tranquilidad suma como equipamiento de lujo. «Aquí, si no fuera porque no hay servicio de autobús, no nos faltaría de nada».

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