J. C. GEA
Me desperté unos minutos antes de la hora en la que el planeta padeció un calambre a la latitud y altitud de la provincia de Ciudad Real y no percibí nada. El único temblor que recuerdo haber notado a esas horas es el provocado por la lectura, aún en cama y entre telarañas de sueño, de algún pasaje de la nueva traducción de la poesía de Rimbaud en versión Casado/Muga (a falta de absenta u opio, a Rimbaud le vienen bien los duermevelas, incluso los mañaneros). Pero de terremoto, nada. Me enteré por llamada de mi suegra, que sí notó algún vaivén, y debo confesar que me sentí un poco fuera de la fiesta. Se conoce que estamos malacostumbrados a vernos parte de la vecindad global; a que una crisis de las hipotecas-basura, un misil averiado en el mar de la China o una mala noche del emperador nos afecten directamente. Así que, para una vez que algo tiembla de verdad, también nos hubiera gustado bailar con el resto de la vecindad. Y no.