CUCA ALONSO
Corrida interesante, divertida, de las que hacen afición. Reses bien presentadas con relación a la plaza de El Bibio, nobles; buenas para los toreros. El toro lidiado en cuarto lugar resultó el más difícil, ya que humillaba menos. Flojo el sexto, al perder los cuartos traseros.
El segundo y el tercero, abrochaos de pitones. Las cuadrillas, en general, bien; se mantuvo correctamente el orden de la lidia. Javier Conde, de terno vino y negro, como a la antigua usanza, fatal. Este señor tiene los brazos largos, las piernas largas, lo que le facilita formar un cuatro con el cuerpo y torear, mejor dicho esquivar, al toro desde su balcón. En su primero, el animal había tomado una buena vara, pero al llegar a la muleta el maestro anduvo como un saltimbanqui de acá para allá sin ligar absolutamente nada. Mató saliéndose de la suerte. Pitos. En el segundo, tras dos series de redondos vulgares, quiso intentarlo con la izquierda, y nada de nada. Estocada casi entera en lo alto y descabello al primer intento. Un aviso y más pitos. Mejor que no vuelva.
Y cuando en la plaza parecía cundir la desesperanza, apareció el madrileño Miguel Ángel Perera, inédito en El Bibio, el mejor con mucho de la tarde. Puso fuego en los tendidos con su toreo de capa; olés largos, sentidos, unánimes. Hizo un quite en los medios, precioso, tres chicuelinas sin despegar los pies del suelo, y un remate de lujo. Tras brindar al público citó de lejos, clavado en la arena, para realizar varios pases por delante y por detrás, y rematar de pecho, sin moverse. Dos tandas de redondos -música, maestro- antes de cambiar de mano. Espectacular su modo de arrastrar la muleta sobre la arena. Excelentes sus series al natural, siempre cruzándose muy con el pitón contrario. Lástima, dos pinchazos oscurecieron la gran estocada siguiente. Una oreja. En el segundo, muy bien de capa, elegante y ceñida. Ofreció un nuevo quite, sensacional, antes de iniciar la faena de muleta con estatuarios rematados de pecho; su tanda de naturales llevó el delirio a los tendidos. Metido entre los pitones del toro, ligó varios pases circulares con el cuerpo clavado. Una hermosura. Pese a pinchar una vez, hizo doblar al toro con una soberbia estocada. Dos orejas. Total, una gran faena. Y hay torero con mayúsculas, directamente encaminado a ser figura.
Morenito de Aranda tuvo mala suerte en el orden de la lidia; Miguel Ángel Perera le había puesto el listón muy alto. Toreó bien de capa en su primero, un animal blando, que apenas recibió un rasguño del picador. La serie de redondos y naturales y su gran estocada, ligeramente desprendida, le hicieron merecedor de una oreja. En el segundo, volvió a lucirse en la capa, pero, entre que el toro había tomado una vara muy trasera y que el maestro anduvo alargando con adornos la faena, se deslució el invento. Su estocada corta, delantera y perpendicular le hizo recurrir al verduguillo, con el que no tuvo suerte y el toro acabó cayéndose solo. Aplausos y vuelta al ruedo.