M. S.
A media mañana, Francisca Morales llega al Ateneo para cargar su tarjeta de Emtusa, la empresa municipal de transportes. Se planta ante el cajero ciudadano y empieza a pulsar los correspondientes botones. La máquina se resiste a engullir los cinco euros que Francisca deposita en la ranura de los billetes, y pide ayuda. Al final, consigue recargar la tarjeta. «Porque tengo que bajar al dentista a Gijón, que si no...», comenta.
Esta viuda, de 69 años «y uno más», va al Ateneo siempre que tiene que actualizar la tarjeta del autobús. El saldo suele cundirle, porque «yo sólo salgo de La Calzada cuando es obligación; aquí tengo de todo», subraya Francisca, cordobesa de nacimiento y gijonesa de corazón.