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Qué gran sonido, si hubiese gran señor

 
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Interior del remodelado teatro de la Universidad Laboral.
Interior del remodelado teatro de la Universidad Laboral.  marcos león

JAVIER MORÁN Partimos de la idea de que el modernizado teatro de la Universidad Laboral -rebautizada ahora como Ciudad de la Cultura- constituye una soberbia pieza en materia de coliseos contemporáneos. Sin embargo, nos hemos atrevido a cuestionar el procedimiento según el cual las transformaciones operadas han alterado profundamente la pieza concebida por el arquitecto Luis Moya.

El pasado miércoles, cuando la nueva obra fue presentada a los medios de comunicación, la consejera de Cultura, Encarnación Rodríguez Cañas, fue conducida a uno de los palcos superiores del teatro y allí, mientras escuchaba las explicaciones de los profesionales que han ejecutado las transformaciones, pudo oír otra conversación lejana. En el centro del escenario, algunos técnicos hablaban entre sí en un tono normal de conversación, y, a poco esfuerzo que se realizara, desde el palco en el que estaba la Consejera se podían seguir sus palabras. Alguien pidió desde arriba que uno de ellos hablara hacia el patio de butacas y, en efecto, su voz fue todavía más perceptible y clara.

¡Ay del teatro donde esto no suceda!, porque se trataría de una ruina acústica.
Sin embargo, esto ya acaecía en el teatro de Luis Moya, hoy desaparecido en la Laboral. Fue uno de los aparejadores de la obra, Manuel de las Casas Rementería, habitual colaborador de Moya, el encargado de todo lo concerniente a la construcción y afinación acústica del teatro, aunque la estructura de la audaz bóveda de 16 arcos de ladrillo correspondió al ingeniero Luis García Amorena, responsable también de la mucho más intrépida cubierta de la iglesia de la Laboral.
De las Casas poseía cierta especialización en cuestiones de teatros y acústica porque se había empapado de toda la literatura francesa acerca de estas materias, cuando Francia, tal vez a causa del mítico edificio de la Ópera de París, era el país de referencia en en estas construcciones.

De modo anecdótico, se puede recordar que De las Casas Rementería tenía fama de padecer de un oído duro, de manera que en el catálogo de curiosidades acerca de la Universidad Laboral figura la afirmación paradójica de que un sordo fue precisamente el que creó el magnífico sistema acústico del teatro de Luis Moya.

Es cierto que tenía dificultades de audición, según nos han contado personas que le conocieron, pero no vamos a abundar en este dato porque, paralelamente a las obras de la Laboral, se ha venido danto un proceso de desmitologización cuya principal manifestación fue el alarde creado con motivo de que se hallase una factura de las butacas del teatro en la que se dice que su piel es de cabra, y no de camello, como se tenía admitido desde antiguo.

En el mismo proceso de desmitologización cabría incluir, aunque en otro sentido, la cubrición de los yugos y flechas falangistas del balcón exterior del teatro y también, por supuesto, la ocultación del mural de Enrique Segura Iglesias situado en el frontis del escenario. Pero sobre esto ya hablaremos.
A lo que íbamos es a que Manuel de las Casas, armado de sus conocimientos franceses, desarrolló el sistema acústico del teatro de la Laboral mediante una combinación de superficies reflectantes y absorbentes que, a la hora de demostrar su eficacia, resultaron enormemente acertadas.
El propio Moya dejó escrito, o dicho en alguna parte, que la finalidad acústica del teatro era que un orador colocado en el centro del escenario fuera perfectamente escuchado en cualquier punto de la sala. Pero, a la vez, el salón estaba preparado para que interpretaciones musicales o vocales obtuvieran la sonoridad adecuada.
La oratoria o la música eran géneros propios de la actividad docente a la que fue entregada la Universidad Laboral. Por tanto, Moya se limitó a cumplir el programa propuesto por los promotores del conjunto arquitectónico de Cabueñes.
En este punto hay que advertir que el teatro de la Laboral nace como un salón de actos de gran capacidad y calidad, pero no como un teatro dispuesto para toda actividad musical o dramática.
Por tanto, su actual remodelación lo ha transformado en un coliseo al completo, realizado a partir de un salón de actos limitado, pero estricto.

Fue necesario para ello construir una caja escénica inexistente, pues el fondo del escenario de Moya servía para poco más que las representaciones escolares del centro, además de los otros géneros ya mencionados.

La incorporación de la caja escénica parece una actuación razonable si lo que deseaba el Principado era contar con un coliseo de rango regional, aunque este concepto, enunciado por la consejera Rodríguez Cañas, resulta un tanto difuso. ¿Significa ello un teatro al servicio de Oviedo, de Avilés, o de localidades mucho más alejadas de Gijón? Ocasionalmente lo será, no lo dudamos, pero ahí está el ovetense Campoamor, próximo a una ampliación de su caja escénica; o las instalaciones que en su día contendrá el avilesino Centro Niemeyer.

En cualquier caso, ahí está la nueva caja escénica del teatro de la Laboral, sobre cuyo interior y servicio al coliseo nadie podrá durar, pero cuya estampa exterior golpeará con saña el ojo que observe la escurialense fachada norte del conjunto de Cabueñes.

Pero hablábamos de los interiores del teatro de Moya, buena parte de los cuales han sido profundamente alterados con la explicación del perfeccionamiento acústico del coliseo. Particularmente, una concha reflectante frontal es la que cubre el citado mural del escenario.

Podría conjeturarse que la configuración del teatro de Moya impedía toda instalación de modernos dispositivos sonoros, pero, según este supuesto, ningún teatro de cierto porte antiguo podría ser reformado sin graves alteraciones. Y esto no es lo que se observa en aquellos cuya reforma ha sido reciente. Para no ir demasiado lejos, basta recordar de nuevo la transformación realizada en el vecino teatro Jovellanos. De manera que, en efecto, la sonoridad del teatro de la Laboral será de nuevo excepcional, pero a costa de haber borrado la huella de ese señor de la arquitectura que fue Luis Moya.

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