Teatro

La duda

12.05.2008 | 00:00

El escritor neoyorquino John Patrick Shanley, nacido en el Bronx, es un temperamento apasionado y rebelde, educado en los Hermanos Irlandeses y las Hermanas de la Caridad. Posteriormente fue expulsado del Santa Elena Kindergarten y posteriormente del Cardenal High School, y en la actualidad pertenece al cuerpo de la Marina de los Estados Unidos.


Realmente su obra original «The doubt», significa «La duda», si bien como título libre cabe «La sospecha», es evidente que no es igual dudar que sospechar. El propio autor hace del sentimiento de la duda el eje principal de su obra «la duda, tan a menudo sentida como una debilidad, exige más coraje que la certeza, y más energía: porque la certeza es un lugar de reposo, mientras que la duda es infinita, es un ejercicio apasionado».


La duda, como incertidumbre radical, es la piedra angular de la filosofía de Descartes, puesto que dudar es una actividad del pensamiento y quien duda... piensa; luego existe.


El tema concreto que subyace en la obra es una situación dramática en torno a un caso de supuestos abusos pederastas por parte de un sacerdote, pero en realidad lo que se propone es una obligada reflexión sobre la incertidumbre, los prejuicios en la educación, las convicciones religiosas... en definitiva, la razón frente a la fe. Es una excelente obra teatral que trata dicho tema con suficiente mesura para que el público la reciba al modo de una novela policiaca, en el sentido de que se ofrecen verdades distintas -mejor perspectivas diferentes-, según se manifieste cada personaje.


Buena interpretación de los cuatro actores, Pilar Bardem como protagonista en la Hermana Luisa y en una posición integral en sus convicciones, un tanto inquisitoriales, que le hacen incurrir en evidentes prejuicios. Por otro lado, la Hermana Jane simboliza una actitud inicial de ingenuidad ante la vida, propia de su juventud y que la hace no tener las ideas claras. El tercer personaje, el Padre Flynn, protagoniza el sector progresista de la Iglesia frente a las posiciones integristas, y por último el único personaje ajeno al colegio religioso, la Señora Muller, pragmática y madre del alumno supuesta víctima de abusos, representa la faceta más dura y cruel del barrio donde reside, el Bronx, que tan bien conocen ambos. En resumen, completan una excelente interpretación de todos ellos.


La dirección de Natalia Menéndez es acertada y sitúa la escena en tres planos: el púlpito, el despacho de la directora y el jardín del colegio, y en ellos se desarrolla toda la representación siempre ajustada, que traslada el sentir de los protagonistas al público que ve fluctuar sus emociones.


En resumen, una excelente representación teatral, que promueve la inquietud en los espectadores que llenaban el teatro Jovellanos y que así se reconoció al final con largos aplausos. Convengamos con Shanley en que «tenemos que aprender a vivir con la plena medida de la incertidumbre».

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