FRANCISCO GARCÍA
Nadie dude que las ciudades las construyen sus ciudadanos. De hecho no se denominan de tal forma por el hecho de habitar una ciudad; por el contrario, es la ciudadanía la que conforma la «civitas». Las personas determinan con frecuencia el paisaje urbano, más que los arquitectos y los sesudos urbanistas. Son las pequeñas cosas, los gestos menudos de muchos personajes sin nombre los que a veces engrandecen a la urbe soberana. En «Preguntas de un obrero que lee», Bertold Bretch escribe estos versos conmovedores: «La noche en que fue terminada la Muralla china ¿adónde fueron los albañiles? Roma la grande está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?» Uno, que llega de nuevas a Gijón, ciudad de estatuas de grandes hombres y de nombres importantes en el nomenclátor, se pregunta por los brazos anónimos cuyo esfuerzo ayudó a levantar las obras imponentes en el mar y en la tierra. Esta ciudad es de ellos, como las guerras son del soldado desconocido y no de los generales.