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l El Parchís
A principios de los años cuarenta, el Ayuntamiento de Gijón construyó unos jardines en el solar donde durante décadas se había asentado el mercado Jovellanos, derribado al principio de la Guerra Civil dentro del plan de reformas urbanas del Consistorio republicano que presidía el anarquista Avelino González Mallada. Esos terrenos fueron bautizados meses después como plaza del Generalísimo, en honor de Francisco Franco. Pero, como señala el historiador Luis Miguel Piñera, los gijoneses prefieren la expresión coloquial de «plaza del Parchís». El diseño del lugar tuvo la culpa, ya que las zonas verdes se distribuyeron como si fueran un gran tablero del conocido juego, con cuatro parterres en cada una de las esquinas y otro en el centro. Desde entonces, el emblemático enclave ha sufrido numerosas reformas -la última se lleva a cabo en la actualidad- e incluso ha cambiado su nombre oficial por el de plaza del Instituto. Sin embargo, ni lo uno ni lo otro ha impedido que, para el gijonés de a pie, el Parchís siga siendo el Parchís.
l «El Tostaderu»
En el diccionario del idioma «gijonesista», la palabra «tostaderu» significa algo así como «pequeño rincón de arena y rocas donde nunca pega el Nordeste y el sol calienta más que en cualquier otra parte de la playa». Este pequeño espacio del arenal de San Lorenzo, situado entre las escaleras 16 y 17 del paseo, es el preferido por los amantes de los baños solares. De abril a octubre, los cuerpos bronceados ocupan este pintoresco lugar bordeado por el río Piles y que marca el inicio de la parroquia de Somió.
l La Escalerona
Con el rimbombante nombre de «Escalera Monumental de acceso a la playa» fue inaugurada el 15 de julio de 1933 la escalera número 4 del paseo del muro de San Lorenzo. Sin embargo, desde ese momento pasó a ser conocida popularmente como la Escalerona. La idea de construir un gran acceso al mayor arenal gijonés había sido idea, meses antes, del concejal Valdés Prida, con el objetivo de evitar las aglomeraciones que se formaban en la bajada al arenal durante los meses de verano. El arquitecto José Avelino Díaz Fernández-Omaña recibió el encargo de diseñar una «escalera de abanico». Diseñó cuatro proyectos y, finalmente, el Consistorio se decantó por uno muy similar al actual. La Escalerona, la mayor de todo el paseo, se convirtió en una de las joyas del racionalismo gijonés y su reloj, su termómetro y la bandera que informan sobre el estado de la mar siguen siendo a día de hoy un referente para propios y extraños.
l «Las Chaponas»
La poética expresión con la que el conjunto escultórico «Sombras de Luz» fue bautizado oficialmente hace una década nunca fue del gusto popular. El gentío prefirió algo más terrenal y optó por denominar a las cuatro planchas de hierro colocadas en el Mayán de Tierra como «Las Chaponas». Estas láminas, situadas perpendicularmente, dos a dos, orientadas unos 45 grados respecto a los puntos cardinales y que presentan cortes interiores en forma de círculos, pretenden ser una especie de templo solar. O eso aseguró en su día su creador, el escultor salense Fernando Alba. Sin embargo, muchos gijoneses sólo acertaron a ver en ellas unas chapas oxidadas con agujeros tipo queso gruyère. Omnipresentes desde cualquier punto del paseo del Muro, el tiempo ha cicatrizado las heridas que su inauguración causó en el sentido estético de muchos.
l La cadena
El onubense José Noja vio satisfecho un sueño profesional cuando su escultura «Solidaridad» se ancló definitivamente en el parque del Rinconín en 1999. Esta monumental obra de acero inoxidable presenta, según la descripción oficial del día de su inauguración, «formas puras de cilindros anudados». Aunque de manera simplista se puede decir que aparenta ser una cadena que se sumerge en el césped de la ruta litoral hacia La Providencia. Así lo apreciaron numerosos paseantes, que no dudaron en darle ese nombre. A diferencia de otras esculturas locales, «Solidaridad» siempre fue del gusto mayoritario.
l La Acerona
El actual paseo de Palacio Valdés ocupa una parte del trazado de la antigua muralla, derribada en 1868. Tras su demolición, se abrió en este lugar un enorme espacio en el que, durante décadas, se celebró el popular mercado de ganado. Como señala Luis Miguel Piñera, a principios de los años sesenta, el Ayuntamiento decidió urbanizar este solar y el resultado fue una gran avenida con una acera de varios metros de anchura. El sobrenombre fue sólo cuestión de tiempo.
l La Plazuela
Más complicado es rastrear por qué a la plaza de Evaristo Fernández San Miguel se la llama la Plazuela. Los historiadores locales no se ponen de acuerdo a la hora de dar una explicación, aunque sí coinciden en señalar que este pequeño parque tiene una forma elíptica, poco habitual en el urbanismo gijonés y que, además, supuso el inicio del ensanche de la ciudad hacia el actual barrio de La Arena. Este diseño es del arquitecto Lucas María Palacio, en imitación de la Puerta del Sol de Madrid. Otro dato: el empleo del sufijo -uela no es muy habitual entre los gijoneses.
l Los Patos
Los patos que durante años anidaron en la pérgola de los Campinos de Begoña son los responsables del sobrenombre de este lugar, centro de las celebraciones por la traída de aguas del manantial naveto del Perancho, el 8 de diciembre de 1930. Reconvertida posteriormente en plaza del Alférez Provisional, el Ayuntamiento reconstruyó esta plaza hace unos años para devolverle su aspecto original.
l La Escuelona
Una escuela de dos plantas, con vivienda para el conserje y un amplio patio de recreo no era algo habitual en 1932; y menos aún en El Llano. Por eso, el actual Colegio Público Menéndez Pidal levantó, tras su inauguración, la admiración de todo el barrio y se ganó a pulso al piropo de ser la Escuelona, es decir, la escuela de escuelas de todo Gijón.