FRANCISCO GARCÍA
Cuando se es joven, no se tienen ojos para la oscuridad de boca negra del peligro y el riesgo se asume como consecuencia de cada controversia paterno-filial. Uno se vuelve prudente cuando le nacen los hijos, de manera que la osadía da paso a la serenidad de quien se siente responsable de otros. En la plenitud de la vida y en el fragor de la sangre no se acierta a divisar la silueta amenazante de la muerte, pero cada acantilado es el borde de un abismo, una frontera invisible que separa la majestad del horizonte de un cementerio de piedra afilada y húmeda. Dos familias lloran hoy, en Gijón y en Oviedo, a los despeñados del cerro de Santa Catalina; y se preguntan qué pudo pasar, qué circunstancia agitó los resortes de la imprudencia. La vida asemeja a una singladura llena de zozobras, con períodos de calma que un temporal inesperado destroza a dentelladas. Lo saben los padres que han perdido un hijo, y que el resto de sus días no logran ya aparcar el dolor de un cuchillo retorciendo su filo en las entrañas.