FRANCISCO GARCÍA
En el año 8 de nuestra era, el poeta latino Ovidio terminó «Las metamorfosis», compendio rimado de narrativa mitológica. Siglos más tarde, Benjamin Britten compuso una obra para oboe basada en el monumental poemario de Ovidio. Hoy y en el Gijón del siglo XXI, la metamorfosis de Ovidio Blanco da para una comedia de enredo, con idas y venidas al juzgado, o para una sinfonía inacabada en la mayor. La mayor cuantía posible, por supuesto. El poeta latino alude en su poema metamórfico al influjo de la magia; el arquitecto que fue del Ayuntamiento aplica la mágica metamorfosis a una finca de uso deportivo (por aquello del supuesto pelotazo) para convertirla en jardín de las delicias, hasta que llegó el caballo pegaso y se zampó las cerezas como si fueran ambrosía olímpica. Por lo demás, en lo único que se parecen el ex arquitecto jefe municipal y el autor clásico es que el romano se llamaba Plubio Ovidio Nasón y al técnico gijonés, si miente, el nasón le va a crecer como a Pinocho.