FRANCISCO GARCÍA
Cada noche, después del cierre del periódico, al filo de la medianoche, atravieso la plaza Mayor. Cualquiera que transite a esas horas por el ágora municipal, tras uno de los conciertos festivos de Begoña, se encontrará el lugar lleno de vidrios desperdigados y cascos rotos, con riesgo de llevárselos puestos en la suela del zapato. Y le llegará a la nariz un olor sulfúrico a mezcla de sidra, cerveza y otros brebajes de alta gradación alcohólica. Con diligencia, los operarios del servicio de limpieza del Ayuntamiento pasan la escoba y empuñan la manguera, pero al día siguiente se encuentran con idéntico escenario de displicente nocturnidad y alevosía. Los que procedemos de la generación del botellín no llegamos a comprender el gusto desorbitado por el botellón. O al menos por los hábitos menos cívicos de esta práctica, cuando interfieren en el ámbito de lo común. Contra el exceso no existe mejor medicina que la moderación. Al comedido le basta con lo suficiente. Incluso al beber.